Julia y la fotografía

0
11

Compartimos la columna de Lorena González en El Nacional de Caracas, a propósito de la fotógrafa chilena Julia Toro.E ra sábado en la mañana. Hacía frío y llovía cuando conversábamos en la última sesión de aquel encuentro. Las palabras iban y venían, los enlaces se agolpaban en la penumbra y las secuencias ataban cercanías tras los telones. En mi mirada ya plena de resonancias, la imagen continuaba revolviéndose inquieta; a ratos me veía de frente, indagaba, me preguntaba por una fotografía que necesita la escaramuza, que quiere saberse, sentirse, tramar su destino y sus verdades en un mundo abrasado por la reproducción iconográfica sin límites, sin parámetros, sin consecuencias.

A comienzos de la tarde el clima mejoraba mientras entraba en pleno el inicio de la fiesta. Libres ya del compromiso corrimos al mar, ansiosos por una bruma que desatara los vínculos y completara el nexo. Sin embargo, algunos asuntos nunca se cierran cuando las preocupaciones vagan por entre los resquicios. Así, en una mesa donde celebrábamos el final de partida, el azar sentó a mi lado a la artista chilena Julia Toro, fotógrafa de reconocida trayectoria que vino a potenciar con el compromiso de una vida dedicada al arte un vasto universo de consideraciones.

En sus manos llevaba el libro Amor X Chile, una extraordinaria recopilación de 30 años de labor que, en edición bilingüe, presentó durante marzo en Santiago, junto con Ocholibros editores. Mientras lo contemplábamos, algunas reflexiones sobre su obra se insertaban en los reveses de una charla amena y sencilla, cargada de la profundidad de aquel que ya es en sí mismo lo fotográfico. Sorprendida por la fuerza poética de cada imagen, reparé en el ejercicio que esta mujer ha llevado adelante para completar un cuerpo de trabajo a un tiempo consciente y desprendido, que no sólo problematiza las posibilidades autobiográficas del género sino que, al mejor estilo del conceptualismo latinoamericano de los años setenta, evidencia los abismos, las metáforas, los logros y los desatinos de una sociedad entera, de una época, de un país.

En un momento le pregunté si todavía seguía haciendo fotografía. Con cierta picardía dijo que no pero que sí. Al ver mi desconcierto, me confirmó que aún no se acostumbra a lo digital, que no es lo mismo, que necesita el peso de la cámara en la mano, que ya no puede salir a la calle sola, que la pueden robar… “Sin embargo, todas las imágenes están en mi cabeza, las veo en la calle, en las esquinas, en los gestos, en el tránsito de las cosas y de la vida. Ellas están conmigo, están allí. En mi archivo viven y respiran todas las fotografías que no he podido tomar, están guardadas aquí”.

Luego de esta frase un respeto profundo por la obra de Julia me asaltó. De pronto la fotografía surgía nueva en ella, distante y disímil, inédita, confrontada con sus variables, advertida desde los peligros de su tiempo, siendo una y siendo todo más allá de la máquina. Bajé la mirada. El libro estaba abierto en el final de su propio texto: “Cuando disparo no pienso en nada, no especulo, si lo hiciera, el momento decisivo ya habría pasado. Disparo desde la emoción, no interpreto; por eso mi primera exposición incluía la famosa frase de Gertrude Stein `Rose is a rose is a rose is a rose? (…) Quisiera vaciar un mensaje”.

Publicado originalmente
EL NACIONAL – MARTES 06 DE DICIEMBRE DE 2011 · ESCENAS/2. Artes visuales. Esto es lo que hay.
Caracas, Venezuela.

Publicado en Leedor por gentileza de la autora