Gran Torino

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Walt Kowalsky, recientemente viudo, vive en un barrio medio de una ciudad norteamericana “invadido” en los ultimos años por los hmong, un grupo étnico de origen chino que proviene de distintas montañas del Asia: de Tailandia, China. De tradiciones ancestrales y tribales, los hmong rodean a esta casa impecable donde flamea una bandera de EEUU. Ese “blanquito”. Esas “ratas de pantano”. Kowalsky, un norteamericano medio (de apellido polaco) racista y nacionalista, se corta el pelo con un peluquero italiano, lo recibe una enfermera con velo, lo atiende una médica coreana. Pandillas de chinos, de negros, un constructor y un cura irlandeses

La película de Clint Eastwood es muy importante. Todas estas capas raciales, nacionales y étnicas aparecen, se superponen o rechazan, se destruyen, se reinventan, constituyen lo aparente de un cruce mucho más profundo: ¿en qué se basan las relaciones humanas?
¿Qué valores son los correctos? ¿Los morales, los religiosos, los que están basados en lazos familiares, los de conducta, los de costumbre, la tradición, los que se obedecen?.

Todos estos conceptos aparecen encarnados por cada uno de los personajes de Gran Torino, como si respondieran matemáticamente a este reloj que impone un Clint Eastwood milimétrico, obediente a las reglas fordianas (esa fábrica donde Kowalsky trabajó toda su vida bien podría ser un guiño cinéfilo). Según esas reglas de representación del cine de Hollywood, las películas deberían ser entre otras cosas especulares: de principio a fin.

Velatorio en la secuencia inicial, velatorio en la final. En la primera escena se lanza el motivo que sostiene la película, en la última escena se resuelve. Tan sencillo y terriblemente difícil como eso. En medio de un cine que estetiza la indefinición y la imprecisión, Eastwood, con sus casi 80 años impone su verdad absoluta: su cine pasa por acá: plano más plano, montados imperceptiblemente, más heroe redimido, más música descriptiva de los matices del alma, más obstáculos a atravesar, más personajes que se modifican.

Kowalsky peleó en Corea en 1952. Los hmong fueron empujados de sus montañas originales del sur de China y el suroriente de Asia primero hacia Vietnam, Birmania, Tailandia, a Laos. Luego a los EEUU. “La culpa la tienen los luteranos” dice Sue, que es la que se encarga de informarnos sobre este pueblo. Pero en realidad, la historia cuenta que fueron entrenados por la CIA para rescatar pilotos americanos en Vietnan, y luego abandonados a su suerte y masacrados durante la invasión comunista.
Si el cine puede hacer algo, esta traición histórica también tendrá su redención en Gran Torino. Título que también tiene varias lecturas: el modelo que saca Ford en 1972, reluciente objeto de deseo, una metáfora poderosa de lo que fue y lo que los otros quieren tener. Premio final.

Gran Torino tiene, como todo cine clásico, estereotipos que cumplir: tal vez eso pueda no convencer, los hijos materialistas que quieren sacarse de encima al viejo solo, la nieta “demasiado moderna” y tan materialista como los padres, los chinos malos, los chinos buenos. El castigo y la compensación hacia el final. Sin embargo, y para compensar, hay otros personajes construidos a partir de matices mucho más sutiles: el cura joven e inexperimentado, el joven Thao, la joven Sue.

El plano final con el auto recorriendo la costa mientras se va escuchando la canción “Gran Torino” cantada por el propio Eastwood termina por conmovernos definitivamente.

Fecha de estreno y publicación: 5-03-2009


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