Catedral

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Carver, el llamado creador del realismo sucio, despliega en su escritura un material que rompe el género. Haciendo un culto de lo mínimo.?Catedral?
Raymond Carver
(Editorial Anagrama, 1992, 208 p.)

Parece que la cosa más sensata
que una persona puede hacer es
estar sentada con una copa en la mano.

Charles Bukowski.

Abordar la escritura de Carver es difícil. ¿Puede agregarse algo a aquello que parece no necesitar más nada, ni una sola palabra?
Carver, el llamado creador del realismo sucio, despliega en su escritura un material rotundo que rompe el género y obliga al corrimiento. De eso se trata, del culto de lo mínimo que se expande.

?No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta ese momento?, resume en el cuento que otorga nombre al libro ?Catedral?. Este relato, no casualmente el último, pareciera condensar algo. Como una intención que subyace en la escritura, en lo que se enumera con minuciosidad.

Quien narra está esperando la llegada del amigo de su mujer a su casa. Ella había trabajado para Robert, que es ciego, como leedora durante un verano. El trabajo de leedor ya nos sitúa en una extraña singularidad, o en lo singular que constituye al extrañamiento mismo. Ella y Robert habían forjado una amistad que continuaron a lo largo de los años. Se enviaban cintas de voz grabadas, cartas sonoras. Como un tesoro, el diálogo que se vuelve objeto, que se guarda como registro del acontecer. Carver retoma aquellas cosas que merecen ser registradas.

En el devenir del relato, el narrador diluye cierta ajenidad con el ciego, y entabla con Robert una cercanía. La mujer se duerme en el sillón, el televisor está encendido y muestra una catedral. Quien narra relata al ciego lo que ve. Expone – como la mayoría de los personajes de Carver – a través de un veloz monólogo interior, la presión de describir una catedral, la presión por contarle a quien no ve, aquello otro que no es lo visible.

Eso hace Carver, como si volviera a contar el mundo. O como si lo contara desde una óptica que no ve con los ojos. Aunque, paradójicamente, su escritura atienda mucho a lo visual, guarde cierta fidelidad hacia las cosas.
Entonces Robert propone dibujar juntos una catedral. Lo hacen, una mano sobre la otra, el vidente cierra sus ojos. Ahí sucede, lo que no se parece a nada hecho antes.
Y eso es un poco lo que ocurre en cada relato de Carver. Esas cosas que no se parecen a nada. Ese espacio-tiempo del cotidiano que puede ser generalizable hasta el punto ese en que ya no hay referente.
?Plumas? es el primer cuento de Catedral. Desde el comienzo, se rompe el parámetro esperable, algo de la estructura se trastoca. El narrador va con su mujer a cenar a la casa de su compañero de trabajo, Bud, quien vive con su mujer Olla y su hijo pequeño. A medida que el relato avanza, lo cotidiano comienza súbitamente a volverse incómodo. Los diálogos son torpes, por momentos incongruentes. Todo parece hostil, y hasta lo insólito se vuelve parte. Bud y Olla tienen un pavo real en su casa. Y a esto se suma que el niño, resulta ser feo, muy feo, algo que el narrador no omite resaltar. En medio de este clima, quien escribe sentencia: ?aquella noche me sentí a gusto con casi todo lo que había hecho en la vida?. Los personajes de Carver no dejan de reflexionar en el presente mismo y en ese ocurrir. Y lo particular es que, incluso con el tono de la ironía lapidaria, algo de tales sentencias conmueven.

En los relatos siguientes, ?La casa de Chef? y ?Conservación?, Carver atiende al movimiento. Cada acción de los personajes parece ser desarticulada en sus partecitas, para dar cuenta de una magnitud. En la pequeñez del detalle está la grandilocuencia de cada relato. Descompuestos los movimientos, desmenuza las escenas para darle esa cercanía que el lector experimenta como enumeración puntillosa.
A su vez, el punto y aparte reiterados vuelven al relato una hermosa prosa poética: ?Se levantó de la butaca y fue a la ventana. Permaneció en pie mirando al mar y a las nueves, que se iban extendiendo. Se daba palmaditas en la barbilla con los dedos, como si estuviera pensando algo. Y estaba pensando?. En esa acción, da cuenta del punto justo de los momentos mínimos en que el mundo se desvanece, o se expande.
En el gesto de la descomposición de la acción, está también la precisión de lo automático. Los personajes están viviendo, haciendo, pero dentro subyace un sutil desespero. Me animo a decir entonces, que Carver es también un escritor de los sentimientos. Hay un atraernos a lo profundo de cada sentido, sin siquiera nombrar alguno. Es que Carver no nombra. Todo se muestra, nada se dice.
El narrador no siempre es parte de la historia. A veces parece ser un testigo cercano que es parte de la supuesta normalidad de las cosas. Qué es lo normal y qué lo rompe. Todo se describe tan nominalmente que parece volverse asfixiante.
En la escritura de Carver parece no pasar nada porque justamente pasa todo. En Catedral se despliega una suerte de calma chicha que parece guardar adentro suyo los peores desenlaces, esa es una de sus genialidades.

En ?El Compartimiento? un padre viaja en tren al reencuentro con su hijo. El viaje condensa a su vez hasta los más mínimos – o pertinentes para quien escribe- pensamientos. El vaivén entre lo interno y lo externo. El padre no tenía ganas de ver a su hijo: ?No quería estrechar la mano de su hijo, la mano de su enemigo, ni darle una palmada en la espalda mientras charlaban de cosas sin importancia.? Sentencias como esta, tan crudas, tan rotundas y a la vez tan posibles, son las que llevan la marca de Carver. Lo elemental se vuelve tan elemento que roza el gesto violento de la cosificación del mundo. Lo mínimo en sí mismo contiene todo el sentido. Lo superfluo es en realidad lo profundo. El padre no se encuentra con su hijo. Esto nunca se dice, esto simplemente ocurre.

?Parece una tontería? es uno de los relatos más fuertes de Catedral. Los extremos se cruzan. Una madre espera ansiosa el pastel de cumpleaños para su hijo. El niño muere luego de un accidente, nunca llegan a festejar su cumpleaños. En la tragedia, la confluencia de cuestiones tan aparentemente lejanas, se unen en la llanura de la realidad. El pastelero llama diariamente por teléfono, insiste en entregar el pastel encargado casi en un gesto psicótico. En medio de la muerte del niño se cuela la insistencia tenebrosa del pastelero. Carver muestra ese costado temible del hombre. Finalmente los padres van a ver al pastelero. La extrañeza se vuelve absurda, y por eso genial. El pastelero les ofrece algo de comer. ?Les sirvió bollos de canela recién sacados del horno, con la capa de azúcar aun sin endurecer.? Carver se detiene necesariamente, obsesivamente en el detalle, que completa cada acto, que focaliza, acerca. ?Sobre la mesa puso mantequilla y cuchillos para extenderla. Luego se sentó con ellos a la mesa. Esperó. Aguardó hasta que cogieron un bollo y empezaron a comer.? Lo mínimo irrumpe constituyendo. Es la confluencia de lo distante.

En otro de los relatos, ?El Tren?, la vista recorre: ?Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo?. En Catedral, todos los relatos contienen este gesto de quien se detiene. Este gesto de lo que es a la vez, veloz y absurdamente lento. El valioso gesto de quien retoma las historias que se expanden en su ineludible minuciosidad.

Publicado en Leedor el 26-11-2011