Dioses, ritos y oficios…

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En Fundación Proa, hasta enero, se puede ver esta exposición de arqueología mexicana que nos devuelve el conflicto entre representación y síntesis.DIOSES, RITOS Y OFICIOS DEL MÉXICO PREHISPÁNICO
Proa / octubre 2011-enero 2012

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Exposición organizada por la Embajada de México en la Argentina, con la colaboración del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Fototeca Nacional del INAH, el Museo de Antropología de Xalapa y la Universidad Veracruzana.

Curada por David Morales Gómez -autor de numerosas publicaciones especializadas, profesor de la Universidad Veracruzana y director de Museos de Veracruz-, la exposición cuenta con una interesante selección de piezas arqueológicas pertenecientes a los grupos culturales prehispánicos del Golfo de México.

Representación y síntesis

Las culturas prehispánicas de la costa del Golfo de México reflejan en sus piezas arqueológicas una de las cosmovisiones más caras a la historia de América.

Piezas que en el presente cargan con el peso de ser objetos únicos. Sin embargo, ciertos rasgos plásticos, caracterizados por la síntesis y la claridad, dan cuenta de posibles convenciones tenidas en cuenta por los artesanos a la hora de elaborar las imágenes de sus dioses. Estos rasgos tan particulares, tendrían su anclaje en la función de la pieza, y no estarían respondiendo a una falta de habilidad representativa mimética.

Es sabido que las culturas que poseen una economía agrícola tienden a vincular sus dioses y mitos con la naturaleza, ya que dependen de sus ciclos para subsistir. De este modo, los dioses adquieren el aspecto del ciclo vital, natural y humano, uniendo el cielo, la tierra y el inframundo. Suelen estar asociados al agua, la lluvia, el sol, la luna, los astros, el rayo, entre otros fenómenos naturales.

De esta manera la representación de las deidades va a estar condicionada por su carácter. Como ejemplo se puede citar al señor desollado Xipe Totec, que simboliza la renovación vegetal, se presenta vistiendo la piel de un cautivo desollado. La condición de renovación de la piel, con un claro sentido tributario de la fertilidad, a su vez es indicador de los sacrificios que practicaban estas culturas.

La lectura en este sentido es compleja, ya que si nos enfrentamos a las piezas sin ninguna información extra la organización de las formas se vuelve distante. Sin embargo, la huella ritualística es tan profunda que formamos parte de ella en cuanto nos detenemos a observar y a recorrer con la mirada los detalles de su estructura.

Esto es posible a pesar de que no se trate de cuerpos proporcionados a escala humana, sobre una tendencia realista. La imitación del natural no es algo que preocupe a estas culturas a la hora de configurar sus efigies. Sí importan algunos rasgos distintivos que completen la referencia a la que aluden. El antropólogo Franz Boas, al referirse al arte primitivo, afirma que ?cuando el artista desea veracidad realista, es perfectamente capaz de conseguirla?, lo que Gombrich retoma para concluir que la ?habilidad representativa depende de la función que vaya a tener la imagen. Sólo cuando se exige ilusión los artistas se molestarán en adquirir la habilidad necesaria para crearla?.

Al observar las deidades femeninas, a simple vista pareciera que sólo los pechos dan cuenta del género. Sin embargo, la impronta de su condición femenina es tan potente que no necesitamos reparar sólo en el pecho para identificarlas.

Cabe destacar que en el arte prehistórico, en cuanto a la representación humana, ha sido la figura femenina la primera en tomar forma. Asociadas a la fertilidad, la Gran diosa madre, es nombrada en occidente como Venus paleolítica, de esta manera gana entidad de diosa. Esta figura se presenta de dos tipos: esteatopigia o claviforme. En ambos casos lo que se destacan son los atributos femeninos en relación a la fertilidad: pechos, glúteos y abdomen prominentes en el caso de las esteatopigias, pechos y zona pélvica en el caso de las claviformes. En sus tesis acerca del desnudo en el arte de occidente, Kenneth Clark hace mención a estas Venus como ?Afrodita Vegetal y Afrodita Cristalina?, las cuales proveen cierta noción abstracta del cuerpo femenino a la mentalidad mediterránea. Dos concepciones que se complementarán y darán inicio a una larga tradición de representación femenina en la forma de Venus.

Podemos afirmar que desde tiempos prehistóricos la representación femenina estuvo asociada a la fertilidad, y sus atributos femeninos destacados como indicadores de ello. Retomando las imágenes del México prehispánico, nos encontramos frente a figuras con sus atributos femeninos destacados en referencia a la fertilidad, a pesar de que la mayoría del panteón mesoamericano refiere a la fertilidad-ciclo vital, como así también a otras condiciones femeninas, como el parto por ejemplo. Esta deidad sedente, aparece ataviada solamente con una falda, la cual está sujeta a su cintura por dos serpientes; animal venerado por su condición de renovación, de resurrección, de dualidad vida-muerte tan determinante en estas culturas. Lleva el pecho descubierto y un tocado con un murciélago.
Los rasgos distintivos de estas figuras dan cuenta de su condición de deidades protectoras, en este último de las parturientas. Gombrich considera que ?Los lingüistas llaman ?rasgos distintivos? a los elementos que nos permiten reconocer una palabra o un fonema. De manera similar, el escultor utiliza ?rasgos distintivos? en su tarea de transformar su medio en una imagen o un modelo que se aproxime a la realidad en la medida deseada?.

Para que los ?rasgos distintivos? funcionen de esta manera deben presentarse de manera clara y sencilla. No debe haber grietas en la lectura. Estas piezas arqueológicas conllevan en sus formas la síntesis y la claridad. La forma troncocónica del cuerpo femenino se une a una falda que presenta la misma línea. Los tocados se abren hacia el espacio de forma simétrica. Los brazos indican una situación ritual, la función de la pieza, como así también los adornos y el color con el que están pintadas algunas de ellas.
Para el Tlaloc, anteojeras y/o colmillos. Los jugadores de ulama con su parafernalia. Los ojos desorbitados para sacerdotes en transe. Y así, cada uno con su atributo. Pero a diferencia de otras culturas, aquí los atributos se mantienen, lo que cambia es la figura.
De este modo, las convenciones quedan entendidas como condicionantes para dotar a las figuras de la claridad necesaria para que la lectura de la imagen sea inequívoca.

La síntesis, la reducción formal, la simetría, el detalle en su medida justa, la presencia del material, el juego de luz y sombra. Todo en función a la cualidad intimista de las piezas. Figuras que se cierran sobre sí mismas. No hay riesgo, la imagen pura en toda su presencia, no vacila en el mensaje.

Dotadas de un sentido mítico-vital, las vemos apoderarse del espacio. Están allí para ser leídas, contempladas, admiradas. Para transportar al espectador a otro tiempo y hacerlo participe del rito.

Publicado en Leedor el 8-11-2011