El campito

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El barrio es el punto de inicio en esta novela de Juan Diego Incardona porque para él toda historia parece gestarse en las veredas.?El Campito?
Juan Diego Incardona
(Literatura Mondadori, 2009, 256 p.)

?La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño” F. Nietzsche

Se abre El Campito. Juan Diego sale a la calle, pasa por el almacén de la Juanita, se cruza con Leticia y el Moncho, se sientan en la vereda. En seguida se le hace al lector un lugar en el cordón. El espacio entero se transforma. Estamos viajando. El conurbano bonaerense es cualquier rincón de nuestro barrio de infancia. Es esa otra ciudad, que conserva aún lo particular del encuentro con el otro. En los relatos de Incardona, ese es el valor. El encuentro con quien es parte de nuestro cotidiano, tanto que nos constituye. Eso hace el autor, constituirse en el encuentro.

Entonces El Campito se puebla de confluencias. Quien lo lea, disfrutará de la cercanía al cuerpo del relato, que es el cuerpo de las vivencias. Cada personaje se asoma para engrosar la escena, en donde el clima de Villa Celina-el primer libro de Incardona- se intensifica. Es que el barrio es el punto de inicio, porque en Juan Diego, toda historia se gesta en las veredas. Esta, es la importancia del territorio, que es pertenencia sostenida por un sentimiento casi patriótico.
En El Campito, La Matanza se transforma en un universo de fantasía que parece abrirse como un árbol y dejar crecer sus ramas al infinito. Quien escribe parece ser una fuente inagotable de historias, como si tuviera al alcance todos los mundos posibles. Al mismo tiempo, es esta una escritura de la memoria. Se atesoran los momentos de la vida que entonces devienen más reales: su niñez y adolescencia. Juan Diego viaja a otros mundos, pero siempre cuida permanecer en casa.
La novela está dividida en cinco grandes capítulos en los que se despliega la aventura. Quien narra la historia del campito, será Carlitos ?el Ciruja?, que aparece caminando por la vereda, cantando. Es que los personajes de Incardona, no dejan de cantar, no dejan de llevar consigo el ritmo de un andar. ?Late un corazón, déjalo latir?, cita el autor las sabias palabras de Homero Expósito que parecen ser, una especie de motor generador de todo lo demás.
Se oyen los sonidos de los corazones latiendo. Y en la voz de Carlitos, se encuentra la niñez que narra cada detalle de su fantasía. La grandeza de Incardona, está en encontrar ese punto justo de lo infantil que cada uno guarda. Dice Juan Diego: ?Fui a la cocina y abrí la lata de galletitas, despacio, para que no me escuchara mi vieja. Me llené las manos de bizcochitos y salí a la calle?. Así recrea ese espacio de niño, ese disfrute íntimo que se entrelaza con la emoción pura por el relato. Ese es su encuentro. Esa es la puerta que abre y despliega la potencia de la mirada maravillada del niño.
En la escritura de Incardona, todo el tiempo hay sorpresa, ese es el valor: no se ha perdido el deleite por el juego. Conserva una particular velocidad de la imaginación, esa es su luz extra.
Parte del gesto de quien escribe, es ese registro de la oralidad casi como vicio. Captura aquello del cotidiano que es todo lo real. El campito se puebla de voces, y esta es, a su vez, su marca peronista. Carlitos cuenta su historia a los oídos atentos de los vecinos, él posee la sabiduría de lo vivido, y dará cuenta de esto, en el emotivo relato de sus extraordinarias aventuras alrededor del río Matanza, por lugares que rápidamente se transforman. Ocurre una especie de mutación que deviene en espacios que son atmósferas del futuro. Se trata de un viaje constante por los mundos que parecen ser oníricos, pero que se nos vuelven palpables. Vemos y escuchamos cada cosa que ocurre en la historia.
La voz de Carlitos, guarda a su vez, pequeños senderos de poesía: ?Para ubicarme siempre miré las estrellas. Jamás necesité otra cosa. No hay como el cielo para que el hombre sepa en qué lugar de la tierra tiene los pies?. Es este el héroe desplegando sus sentencias.
Los demás personajes que van apareciendo, reúnen una especie de selección de aquellas ficciones propias de nuestra historia. El Gato Montés, Riachuelito, El Esperpento, son algunos de los seres que se condensan en esta operación que los vuelve, en un punto, atemporales. Entonces Incardona desafía al tiempo: todo confluye, es un círculo. La historia vuelve, los ciclos se repiten.
El paisaje del campito en este devenir, mantiene sin embargo el referente real. Todo fenómeno extraño, rosas de cobre, criaturas, monstruos, ríos de fuego; se justifican y legitiman con argumentos que poseen un correlato casi científico. Parece tratarse de un apocalipsis anunciado. Este es el paisaje del futuro que rodea El Campito.
Durante toda la novela, Incardona retoma el gesto de lo común, que es lo compartido, la comunidad, lo posible. Lo que une. Luego de una batalla que se despliega por todo el Mercado Central, dice Carlitos: ?Los enanos, El Cantor y yo nos sumamos y formamos una ronda íntima entre todos, con las cabezas hacia adentro. El gato montés se metió en el medio.? Esta es la ronda íntima que pone de manifiesto este valor de lo común, este primer plano de la fuerza de la amistad.
Al final del libro hay un glosario. Cada personaje, cada espacio, cada oralidad, es retomada por alguna especial pertinencia. Se desglosan aquellas particularidades para acercarlas en sus definiciones. En la última página, vemos un mapa que ilustra el recorrido que la historia de Carlitos transita. El dibujo refuerza el carácter lúdico que se vuelve más corpóreo a medida que avanza el relato. Parece ser que quien escribe, siempre da un paso más en esta cercanía.
Y ahora, El Campito ha dejado crecer las Estrellas Federales, próxima novela de Incardona, que dicen, cerrará la zaga de Celina, aunque no la escritura de historias que se cuentan, con el corazón de un niño.

Publicado en Leedor el 29-10-2011