Cuidado… desvío

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Vayan a ver esta comedia divertidísima entre el grotesco y el realismo que pone su mirada sobre los años 90. ?En el mundo del bien no se puede pensar porque ya se fue lejos de nuestro alcance.? Fogwill

Los 90 ya lo hicieron? y por eso quizá somos lo que somos hoy. Siempre pensé que haber sido adolescente en los 90 me dejó una secuela, real pero imperceptible, en el cuerpo; algo así como un dejo de melancolía, un ardor en el estómago, una sensación de vacío, un leve desgano, algo que persiste a pesar de los años, de los sucesivos gobiernos, de los vientos de cambio (o no). No sé por qué pero eso está ahí como marca indeleble de una generación (y también, a su modo, de todas las generaciones). Una década como tantas pero parecida a ninguna otra por sus niveles de frivolidad, de individualismo, de mascarada estúpida, de sinsentido; tanto espejismo inútil de un uno-a-uno descarado, tanta ficción nefasta.
Sobrevivimos para contarlo. Y la literatura pudo mejor que nadie. Vivir Afuera, la novela que Fogwill escribió en 1998, tal vez sea el retrato mejor logrado (nunca buscado porque Fogwill no buscaba, atropellaba, arremetía, lastimaba) de una sociedad en transformación, en su camino hacia la nada. Pero no hablaremos aquí de Rodolfo Enrique (aunque sea inevitable), ni de sus manías ni de su palabra clarividente (si gusta lea la novela o, recomiendo también, el poema ?El antes de los monstruito? que aparece en el libro Lo Dado), sólo diremos que, entre otras tantas cosas (en serio, lea este libro), la novela trabaja de modo corrosivo (y no moralizante) muchas problemáticas que hicieron o, mejor dicho, deshicieron y arruinaron la década, entre ellos, la expansión de los cultos evangelistas en el conurbano bonaerense. Esa es una marca de un tiempo viciado: la ficción de la fe, creer para no reventar, para salvarse a toda costa, creer para ganar como en el bingo, para mentir y mentirse.

Cuidado?desvío, desde otro registro, retoma el tema de la fe como negociado, en una comedia que oscila entre el grotesco y el realismo pero que, a su vez, está cargada de metáforas para leer una época que nos persigue y que no termina de irse del todo.

La historia comienza cuando un desvío municipal, en alguna calle cercana (de algún lugar del conurbano a fines de los años 90), deja al bar de Luis (Gabriel Fernández) y a su esposa Elsa (Patricia Durán) sin la clientela de antaño, aquellos obreros que salían de las fábricas. Sólo conservan a Billinsky (el genial Carlos Kaspar), un inmigrante ucraniano, ateo y comunista, que poco tiene para ofrecerles, salvo su presencia no deseada. Luis vive atormentado por su nueva condición pero la fe (ciega y sorda) y el fervor religioso de Elsa hacen que pacten un singular emprendimiento con el pastor del barrio (Luis Gianneo) y su esposa (Silvina Alfie): bajo las reglas del neoliberalismo el bar se convierte en ?Templo-bar? y la fe en un negocio que produce grandes dividendos y convence, así y por eso, hasta a los más incrédulos.

Lo más interesante de la obra comienza una vez que el conflicto y los personajes quedan presentados pero eso no lo contaremos aquí. Vaya a verla (en serio, vaya). La manifestación del desvío se hace presente en cada quien, incluso en la piadosa Elsa que peca de ingenua por creer demasiado, por tragarse cada letra de la ficción religiosa que se convierte también en una ficción familiar. Es notable la transformación de cada uno los personajes (de los engañados que a su vez se engañan) en el transcurso de la obra, transformación que se refleja en los gestos, en las palabras, en los movimientos corporales y en el cambio de vestuario (que es la puesta del disfraz). Sobre todo en Luis se destaca ese pasaje de la triste miseria a la opulencia desmedida. Todos creen o dicen ser lo que no son, algunos porque basan su ser en el tener, y otros porque lo centran en un más allá de acá, también inexistente. Espejismos.
El término ?desvío? tiene una evidente significación religiosa por eso de las ovejas descarriadas que se alejan de la buena senda. Pero creo que la obra trabaja los matices del término y no tiene una lectura moralizadora del problema. Así, los personajes se desvían de sus creencias políticas, ideológicas, de vida para tender al materialismo sin escrúpulos, sin ley (o con la única ley imperante, la del dinero). Sólo Elsa y su fe parecen salvarse de esa lógica pero dios no existe y quizá ya estemos todos condenados.

La tercera acepción que nos ofrece el Diccionario de la Real Academia Española del término ?desvío? nos habla de esquivez, frialdad e indiferencia. Lo vemos en el pastor y su esposa que representan el individualismo imperante, la falta de solidaridad, la fachada. Cualquier semejanza con personas reales no es pura coincidencia sino deliberada intención de llegar, desde el humor, a las secuelas que nos dejó la crisis, la falta de ética y el consumismo.

Cuidado?desvío es una comedia divertidísima pero no por ello menos profunda o intensa. Sus personajes son caricaturas que nos reflejan como sociedad. Actuaciones brillantes, escenografía representativa de una época, olores, todo, colabora con el buen resultado final.

Para pensar en lo que fuimos y en lo que ya no queremos ser, para preguntarnos si, dado un nuevo contexto, hay salida o si, como pensaba Fogwill, el mundo del mal nos ha vencido.

Publicado en Leedor el 18-10-2011