Umberto Eco: confesiones

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Confesiones de un joven novelista es el nuevo libro de Umberto Eco. Enterate por qué podés dejarlo pasar.Confesiones de un joven novelista
Umberto Eco
(Lumen, 2011, 224 págs.)

Dice la contratapa del último libro del autor de ?El nombre de la rosa?: «Eco cuenta cómo se acercó a la ficción siendo ya un reconocido ensayista, cómo prepara cada una de sus novelas antes de ponerse a escribir, cómo crea sus personajes y la realidad que los rodea (?) ¿Por qué en general no lloramos si un amigo nos cuenta que la novia lo ha dejado y en cambio muchos nos emocionamos al leer el episodio de la muerte de Anna Karenina? Como broche final, una reflexión sobre la pasión de Eco por las listas, que explica su peculiar manera de ver el mundo. Todo en este delicioso texto son preguntas que Eco plantea y respuestas ingeniosas que él mismo propone, con ese aire socarrón que lo distingue y convierte cada anécdota en una lección de vida.»

Parece el libro ideal para el joven escritor que está dando sus primeros pasos. O para el amante de la literatura que ha disfrutado con la obra del autor y se interesa por la ?cocina? detrás. Ese ?aire socarrón? que convierte anécdotas en lecciones de vida tiene que ser una invitación cínica a un humor desopilante a costa de las problemáticas de la escritura.

«Un libro para todos y para nadie».

El subtítulo del Zaratustra de Nietszche le cabe perfectamente al último libro publicado por Lumen del autor italiano. El texto de contratapa está diseñado para atraer a cualquiera de los lectores antes mencionados, pero resulta que ?Confesiones de un joven novelista? no tiene mayor relevancia para un autor que da sus primeros pasos, ya que la mayoría de sus ejemplos y trucos rara vez sorprenden a alguien que tenga una mínima idea de los procesos de escritura (investigación sobre los elementos en juego, sobre todo cuánto más específicos, como en la novela histórica; el intentar conocer los lugares geográficos donde transcurre la acción para tener una idea visual previa a la redacción). Tampoco parece ser la lectura que cualquier amante de ?El péndulo de Foucault? hubiese estado esperando: aquella novela misma dice más sobre los procesos literarios que éste volumen, del que apenas se rescatan algunas anécdotas interesantes (como la procedencia de la epifanía de la trompeta en el final de ?El péndulo??), que de cualquier manera, terminan muchas veces en ampliaciones de algo tan simple como que básicamente era una imagen personal de la infancia del autor. También hay ejemplos de cómo se utilizó tal o cual procedimiento, pero el calado es demasiado superficial, parece un rejunte de anécdotas de blog. Por último, quien encuentre lecciones de vida en este libro seguramente no dista demasiado del lector ideal de Paulo Coelho.

El libro, en realidad, no es una mala lectura (al menos en sus primeros tres apartados. La sección final, ?Mis listas?, merece un comentario aparte). Simplemente se trata de un libro que fue concebido como un rejunte de una serie de conferencias que Eco dio en los Estados Unidos. Oralmente, es probable que funcionaran y fueran entretenidas. Como libro es un esfuerzo menor que sólo tendrá difusión y será debatido porque lleva el nombre de un best-seller (además de un título engañosamente sugerente).

Los mejores momentos están en las primeras cincuenta páginas. Allí se abre el juego sobre los diferentes tipos de lectura que permite una obra, dependiendo de la competencia del lector, y desde luego, del autor, además de que para cada uno existe un contrario Modelo y otro Empírico. El ejemplo de una posible interpretación marxista de ?En busca del tiempo perdido? y cómo ésta habría puesto los pelos de punta a Proust, sin por eso dejar de ser válida como lectura, es un ejemplo de color bastante logrado. El relato sobre el poeta francés Lamartine, que decía que su mejor poema le había llegado como una súbita inspiración de principio a fin, y ya muerto, se descubrió en su estudio gran cantidad de versiones previas, es otro momento ameno. Hasta aquí, sin ser gran cosa, el libro funciona y uno espera que venga lo mejor. Error: lo mejor acaba de pasar.

En la página 39 encontramos una parrafada de antología acerca de la doble codificación. Explica cómo éste sistema de escritura, que incluye referencias intertextuales o metatextuales que no son necesarias para un disfrute básico de la novela pero añaden un placer extra para el lector culto, puede ayudar a impulsar en el lector novato una segunda lectura más informada del mismo texto. Luego, algunos de los mejores ?consejos? son bastante fáciles de suponer sin que medie este volumen (?Si dominas el tema, las palabras vendrán solas?) y sólo pueden servir para reafirmar sensaciones que un escritor primerizo ya probablemente tenga a medio pulir.


«El discurso vacío».

Tomando prestado ahora un título de Mario Levrero, podemos resumir el resto del libro de Eco. Por momentos se vuelve un tratado semiótico para principiantes, y volvemos al eterno significado-significante envuelto por tres o cuatro ejemplos reiterados ad infinitum. Como no tiene una gran profundización en la temática ?no sea cuestión de perder el interés del lector casual?, la mención termina siendo infértil, y para quien ya conoce estas temáticas, insuficiente y aburrida.

Párrafo aparte para la sección más autoindulgente que se haya leído en mucho tiempo: el apartado ?Mis listas?, que cierra el libro. Se trata de más de 80 páginas en las que el autor explica su fascinación por las listas (de objetos, de cosas, de conceptos, con o sin lógica, tanto en su función práctica como puramente estética) en la literatura. Incluye ejemplos de Homero, Rabelais, Rimbaud, Whitman, Joyce, Pynchon y otros. En ningún caso dice algo que no sugiera ya la obra original y el ejemplo más divertido justamente es el de las listas de Borges (en ?El Aleph? y particularmente en ?El imperio celestial del conocimiento benevolente?, la enciclopedia de animales inventada por el autor de ?Ficciones? que juega con la paradoja señalada por Russell respecto de los conjuntos), pero el placer del ejemplo citado es básicamente el mismo que provoca leer los textos de Borges, ya que Eco no añade más que la admiración por el escritor argentino, cosa que probablemente comparta con cualquier otro lector.

Peor es que todas estas listas no sean mucho más que una excusa para poder citar largas parrafadas de cada una de sus cinco novelas (aún no se había publicado ?El cementerio de Praga?) que forman listas descriptivas utilizadas con diferentes fines en cada una.

Lo más triste del caso aquí presentado como ?Confesiones de un joven novelista? ya no es la decepción propia del lector de Eco para con el libro propiamente dicho, sino que se termina saliendo de éste con la sensación de que el autor tampoco es en realidad tan buen novelista como uno suponía, que gran parte de la arquitectura de sus novelas no es más que trabajo de investigación apuntalado por una gran cultura general, pero que la inspiración más arrebatada poco tiene que ver con la obra de Umberto Eco.

Quien haya disfrutado con ?Baudolino? o ?El péndulo de Foucault? probablemente se haga un favor a sí mismo dejando pasar este libro, salvo que sea un creyente en las recetas de escritura, por lo que también le sería más aconsejable emprenderla con lo último de John Grisham o Dan Brown.

Publicado en Leedor el 12-10-2011