La cámara en la cartera II

0
7

Recientemente editado por Un amor cayó del cielo el segundo libro dedicado a mujeres fotógrafas reúne los trabajos de 4 jóvenes latinoamericanas.La cámara en la cartera – mujeres fotógrafas 2
Autoras: Maia Astrid Croizet, Lujan Candria, María Luisa Santos Cuéllar, Marita Sampedro.
Sello editor: Un amor cayó del cielo.

Las vidas ajenas están para ser espiadas. La vida propia también. Pero el abismo entre el chisme y lo sublime cotidiano sólo puede zanjarlo un don: el de encontrar la grandeza de un minuto cualquiera. En las páginas que siguen el azar pudo sumarlo todo. Instantes, miradas, cámaras: ahí está la magia de cuatro mujeres rabiosamente curiosas y sueltas por el mundo.

El mundo las interpela; ellas no pueden dejar de preguntar por los gestos que develan la humanidad: ¿se puede estar ante el otro sin verlo? ¿Y amar un objeto para hablar a otro ser humano? La intención amorosa descubre los pliegues de la ropa, la vida de la piel que a veces calla la mirada, el peso de la presencia de un desconocido. Los retrata. En la extrañeza de esos otros, tan diferentes, tan ajenos, quizá descubra algo de sí.

Avanza como un desierto, como un mar. La oscuridad está alrededor y tiene límites difusos, pero sin embargo la luz la detiene. Luján está ahí para verlo porque, ¿cómo decirlo?, sin haber sufrido un accidente ni tener a Hitchcock dando órdenes, espía a los vecinos desde una ventana secreta. En esas horas, desembozada y paciente, descubre las semejanzas donde creemos que somos todos tan diferentes. La computadora se volvió uno más en el ambiente compartido. Los sueños apenas quedan enmascarados en las lámparas que se repiten de un piso a otro, en los balcones convertidos en jaulitas involuntarias para el ocio. Los rostros están, pero no importan. Son, ¿o somos?, muñequitos playmobil con movimiento propio.
Maia descubre que los hombres grandes juegan a los autos. Lo hacen con el ceño fruncido y concentración impenetrable. Se sirven de camiones, micros, inventan carpas: ese universo tiene la escala de los adultos que se vuelven trashumantes, que comparten con sus familias la belleza precaria. No sabemos dónde, cuándo, por cuánto tiempo. Ignoramos todo excepto la pasión y los cielos infinitos. Los detalles son lo de menos y también son todo: la cámara se consume en la actitud, en la minucia de una madrugada que podría ser un atardecer, en un descanso del trajín. No sabemos si lo comparte; sí que los entiende. El amor que derrama sobre esas escenas alcanza a cubrirlas de ternura y ofrecerlas, con sus colores impactantes y sus luces, a las miradas ajenas. Quiere contagiar.

Quizá no haya un otro más apabullante que una misma. Sin embargo María Luisa lleva el gesto al extremo: arma sus propias cámaras, negocia su propia humanidad en autorretratos. Juega a las escondidas, tal vez para encontrarse desprevenida. Puede estar y no estar a la vez. Es un fantasma, una sombra, un rastro del tiempo encerrada en su casa. El autorretrato es íntimo, tanto que no traiciona los rasgos de la retratada. Hay rutinas, hay minutos, objetos, huellas que desconocemos: ¿alguien más pasó por la superficie de la foto en medio del revelado?, ¿quién puso la cámara para registrar la siesta? ¿Qué se lee de noche a la luz del televisor? El encuentro con ella misma es puertas adentro, con la excepción del único exterior real: el auto que, a su vez, está encerrado.

El amor a primera vista existe: Marita lo encontró. Sobre esas ruedas que cruzan el paisaje urbano mientras transcurren instantes de otros -lo comprendió y nos lo hace comprender- circulan vidas enteras. Basta mirarlas un segundo para querer saberlo todo. Sólo una dulzura profunda puede ver, volver reales esas artesanías mínimas, esas arrugas, esas dignidades construidas a fuerza de trabajo. Las épicas anónimas hacen de las bicicletas instalaciones, para comodidad de quienes se ganan el pan con ellas; visten de falda a una señora mayor sobre ruedas; permiten que unos niños escapen del túnel del tiempo. Las épicas también conmueven cuando se dejan encontrar en la serenidad de una mirada que roba tiempo al día, que posa ante una cortina metálica y se enorgullece de su firmeza. Son imágenes de ahora, de ayer, quizá lo sean de mañana.

Es el mundo.

La muestra fotográfica con las imágenes del libro se puede visitar durante todo el mes de septiembre en la Librería Fedro, de lunes a sábados, en el horario de 12 a 21 hs. -Informes al tel. 4300-7551-

Breve descripción sobre los ensayos fotográficos de ?La cámara en la cartera – mujeres fotógrafas 2?

Maia Astrid Croizet
Buenos Aires 1987
Un caja llena de autitos. Inmersa en un mundo de hombres: las carreras de autos, las imágenes capturan espacios y momentos de peculiares espectáculos automovilísticos que se desarrollan en la Argentina, para mostrar un lado sensible de ése ambiente que desde pequeña acompañó a la artista.

Luján Candria
Buenos Aires 1971
Hogares encendidos. Imágenes a través de la observación de las presencias lumínicas en la noche que recrean un universo perceptivo en el que adentrarse. Como todo brillo manifestándose en la oscuridad, estas imágenes nocturnas lo hacen al límite de la visibilidad para luego sintetizarse hasta la abstracción.

María Luisa Santos Cuéllar
Oaxaca, México 1978
Acciones cotidianas. Autoretratos realizados con una cámara estenopeica que indagan sobre el sentido del tiempo, espacio y movimiento en la vida cotidiana de la artista. En las imágenes compuestas por capas temporales a partir de exposiciones largas, están los rastros de las acciones cotidianas, junto a la naturaleza estática de los objetos del entorno enfatizada en contraste con la movilidad. Todo detalle e instante lleva a conformar la identidad.


Marita Sampedro

Mar del Plata, Buenos Aires 1974
Bicicletas. Retratos de personas junto a sus bicicletas. A través de las miradas y los gestos de los protagonistas, la artista expresa lo que es la vida misma: esa sucesión de pequeños y cotidianos acontecimientos.

Publicado en Leedor el 19-09-2011