Bellas Artes

0
8

Una enciclopedia que reúne bellamente lo insólito del mundo.?Bellas Artes?
Luis Sagasti
(Eterna Cadencia Editora, 2011, 112 pág.)

?No me he sentido nunca tan aferrado a la vida?
Vigilia. Giuseppe Ungaretti.

Leer el libro de Luis Sagasti es como escuchar hablar a un gran amigo: estamos conversando. La voz del narrador no suelta su registro oral y deja colarse hasta el tono en que se enfatizan los hechos.

Bellas Artes es un libro que abre, o mejor dicho, que despega. Es casi como subirse a una nave espacial, nos eleva. Los astros circundan y el cielo se abre como una boca. Dice el autor en una entrevista: Cuando era chico, soñaba con ser astrónomo y contemplar las estrellas ?que huyen de nosotros desde un principio?. Entonces pienso que Sagasti ejercita el acercamiento. Que este atender a las estrellas, lo debe haber citado largas noches bajo el cielo, quizás hasta oír de ellas sus más escondidos secretos.

Quien escribe parece saber de lo justo del tiempo, y se arriesga a transformarlo, eterniza el instante. Como si todo ocurriera cada vez por primera vez. Como la tierra donde crece lo real. ?La boca se abre siempre cuando es la primera vez. Reproduce el abismo helado que distancia las estrellas?, leemos al final del primer capítulo, titulado Luciérnagas. La magia de lo primero, como tesoro. Eso retoma Sagasti, ese es su frío, que alcanza las luces lejanas, que guarda la génesis.

Un primer interrogante inaugura el relato: dónde está el inicio, si es que hay inicio. El mundo es una gran madeja de lana a la que hay que encontrarle la punta. ?El mundo cabe en el cuerpo y una vez que lo ocupa por completo, explota contra el suelo y sale un grito?. Ese grito se vuelve la parte indivisible de lo real. Un reflejo del cuerpo, que se desglosa en forma, espacio y tiempo.

De las historias hiladas en la madeja, parecen nacer preguntas a los secretos. ¿Cuáles? ¿Habrá que saberlos? Bellas Artes despliega curiosidad y muestra una increíble selección de aconteceres del propio mundo, respuestas de la historia. Los personajes que reviven han habitado la tierra, y en un desafío a la ficción misma, Sagasti trae esa otra cosa, lo casi inverosímil, lo casi fantástico. El frío congela eso otro que se escapa, y lo vuelve visible.

El libro está dividido bajo ocho capítulos que funcionan como focos. El ovillo comienza a despegar algunos hilos y aquellas puntas perdidas se alumbran, hay una luciérnaga en la noche.
Uno de los personajes es Joseph Beuys, quien afirmaba haber piloteado un avión durante la Segunda Guerra, haberse estrellado en Crimea, y haber sido rescatado por los tártaros. Éstos, que parecen vivir en el frío más frío que podamos imaginar, le salvan la vida cubriéndolo con pieles. Y quien escribe se acerca tanto a los acontecimientos, que hasta vemos los ojos de Beuys, que ?son de un azul intenso, parecen quebrarse?. Veinticinco años después ?Beuys se convierte en uno de los artistas más influyentes del mundo?, realiza la obra: Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta, en 1965.

Metáfora quizás, de lo inexplicable del arte. De lo no decible del mundo, de lo que lleva consigo la miel, de lo secreto. Es que, dice Sagasti, ?como la miel, el grito no tiene historia. La antecede o la sucede, pero ante todo es detenimiento. Siempre se grita por primera vez?. En este juego del tiempo, lo universal y lo particular se cuestionan casi al unísono.

Bellas Artes es entonces como una enciclopedia que reúne lo insólito del mundo. Como el vuelo del chancho aerostático de Pink Floyd o del cura brasilero Adelir da Carli, ambos perdidos en las alturas. O como la increíble historia de tragedia y muerte de Barón Biza, quien se suicida saltando de un piso 12, cuando sus padres y su hermana también fueron suicidas. Y respecto del salto, Sagasti se detiene a pensar en el momento de la caída. ?¿En qué tonalidad se pega el último grito? Un tren que se aleja parece. La boca bien abierta entonces para que el cuerpo caiga lleno de luz.? En este sencillo acto poético, se trastoca lo real en su estado crudo.

Lo mismo ocurre con la historia del piloto Horst Rippert, quien confiesa haber matado al escritor de El Principito. Luego se saberse culpable por la muerte de Saint-Exupéry, Rippert dibuja corderos, cientos, miles. Y su mujer le pregunta el porqué, y él, como en clave bartlebytiana, prefiere decir: ?Sólo dibujos corderos mujer?. Prefiere el espacio del grito, del silencio, de la primera vez. Porque entonces no son miles de corderos, sino que siempre es uno.

El relato avanza hasta el estudio minucioso de la forma. En la aparición de Matsuo Basho, el gran escritor de haikus de Japón, aprendemos que un haiku se compone de 17 moras. Y moras, es en lingüística, la medida de los segmentos de sonido que componen la sílaba. En las traducciones, cada mora se traduce fonéticamente en una sílaba. Entonces, el narrador le pregunta a la forma, la suelta como la caña al agua: ?¿Son las diecisiete moras la medida del presente??. El lenguaje parte del tiempo. Y el poeta amigo Mario Ortiz responde: ?la mínima parte posible del lenguaje es azul ?, por eso Bellas Artes mira al cielo.

En la percepción de cada estrella, una nueva pregunta: ?¿Hasta dónde se puede decir algo que tenga sentido??, hasta dónde el sentido, o lo sentido. La búsqueda de los límites, o del vacío que da nacimiento. Con la boca abierta, se lee: ?Quién habrá sido el primero en mirar hacia la noche sin la intención de buscar nada?. Sagasti construye casi un relicario. Y no cabe agregar otra cosa más, que un grito primero.

Publicado en Leedor el 14-09-2011