El secuestro de Isabelita

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En esta obra, Dalmaroni logra lo mas difícil: hacer humor con piedad.La obra parte de un equívoco que se revela en la primera frase pronunciada en el escenario: “Yo no soy Isabel Perón.”

A partir de ahí, los personajes transitan entre la tragedia y la locura, el heroísmo y lo ilusorio.

Lejos de cuestionar los ideales de la lucha revolucionaria, la obra pone foco en el orden de la creencia: la fe revolucionaria frente a la posible confusión con una fe religiosa.

“La fe revolucionaria de los secuestradores de Isabelita no forma parte de una estrategia para la lucha por el poder real, sino una pura creencia que se transforma en delirio. Así los revolucionarios ejercen rituales que no entienden del todo, en los que diluyen su propia identidad personal y su voluntad, sumidas en un ideal que los excede y cuyo alcance no pueden precisar.”(1)

Si bien pueden encontrarse desajustes en la puesta, la propuesta da balance positivo. Una pieza teatral inteligente y humana que señala las debilidades de los supuestos “fuertes” y nos reabre en forma amable y respetuosa un capítulo de nuestra historia que merece ser genuinamente revisado.

En esta obra, Dalmaroni logra lo mas difícil: hacer humor con piedad.

(1) Texto del programa.

Publicado en Leedor el 20-8-2011