Agua viva,de Clarice Lispector

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Un trabajo desde la palabra que rinde cuenta del mundo.

Es el símbolo de un espíritu
que ha llegado a la serenidad
por los caminos del dolor.

Atahualpa Yupanqui.

Comienzo a leer ?Agua Viva? y me pregunto: ¿es novela? ¿Es ficción? ¿Un manifiesto? Y a medida que continúa mi lectura comprendo que en todo caso es todo junto y que en todo caso no importa. Me animo a decir que lo que hace Clarice en su literatura es dar registro de su tránsito por el mundo de manera doliente. Pero este ser doliente es el ser que duele porque se sabe vivo en el ahora. Hay un ejercicio de la conciencia en lo absoluto. Un trabajo desde la palabra por permanecer en la atención completa. Ella se está ocupando del mundo. En ese ocuparse le rinde culto.

?Agua Viva? surca como olas en una especie de monólogo interno donde una pintora toma la palabra como quien saca de las profundidades del océano un tesoro: ?Escribir entonces es el modo de quien tiene a la palabra como carnada: la palabra pescando lo que no es palabra ?. Este es casi un manifiesto de existencia. Aquello otro que no es palabra puede ser entonces un todo vacío, que es fuente de origen, con el tinte de lo que no se nombra. Eso que no se nombra es a lo que Lispector refiere con tanta precisión, y esa es su magia.
Las palabras tienen en ?Agua Viva? el enorme poder de detener el tiempo. Quien narra detiene el mundo para restituirse en él. Quien escribe está vivo, ella viva, ella que es Clarice, que es una pintora, o es todos nosotros. Como deja ver en su obra póstuma ?Un soplo de vida?, ella es lo personal y lo impersonal: el personaje, el lector y el autor. Ese es el gran corrimiento de la obra de Lispector, en el acto de la escritura está su trascendencia.

El agua está viva y entonces es necesario abrir las compuertas y dejar que entre todo lo que el agua trae. Así es ?Agua Viva?. Un libro que llega a mis manos casi por azar. Ahí donde se construye nuestra contingencia. ?Mi palabra estalla en el espacio del día?, dice Clarice. Y ese dejar estallar la palabra se vuelve una especie de reafirmación de libertad. Quien escribe lo hace en una especie de acto de sanación. Se cura se extirpa los dolores los deja salir por la yema de sus dedos que escriben cada pulmón que se infla, cada pulmón que se desinfla. El mecanismo humano de la respiración en cada letra.

Al mismo tiempo, en el pulsar el instante, hay un goce, un regodeo en el acto de conciencia. Es la pulsión de la escritura. Late el corazón y en la lectura podemos escucharlo. Lento late, un tun tun, un camino abierto. Una estela en el horizonte dentro de la ventana. ?Agua Viva? se transforma en el cielo entero. Y en lo justo.

Es el ir y venir entre la mente y la liberación. Su mantra de presencia es vibración que compone cada palabra: ?lo que estoy escribiéndote no es para ser leído, es para que sea ?. Ese ser es el instante que trasciende. Y en el acto de la pregunta, sostiene la unión entre filosofía y literatura, que comulgan en un juego que desentraña secretos de una subjetividad que puede ser universal. Dice quien narra: ?Quiero la palabra última que también es tan primera que se confunde con la parte inalcanzable de lo real ?. Lispector escribe y aprehende. Escribe y crea. En la pregunta por lo real nace esa dolencia que deja ocurrir a la muerte porque la muerte es ciclo y la sucede un nacimiento.

La autora que está ?detrás de lo que queda detrás del pensamiento ? toca los puntos más internos de nuestra existencia.

Publicado en Leedor el 15-08-2011