La historia de las palabras

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Entretenido y accesible, un libro para saber sobre la materia prima de los libros.
A Daniel Balmaceda se lo conoce como historiador, nos ha contado historias ?turbulentas? (?Romances turbulentos de la historia argentina?) e inesperadas (?Historias inesperadas sobre la Argentina? donde se habla de personas que se hablan desde Belgrano hasta Silvina Ocampo. En ellos, se habla de personajes que van desde Belgrano hasta Silvina Ocampo.

En su último libro, ?Historia de las palabras?, ya no se utiliza las palabras para llegar a los personajes sino que los personajes se utilizan para conocer a las palabras. Se pone en el centro de la escena la materia prima con la que están hechos los libros ya que advierte una suerte de magia detrás de cada palabra que cotidianamente usamos sin dar cuenta de su verdadero significado o al menos lo que comenzó significando. El trabajo que se realiza es, por un lado, de paleontólogo: descompone las palabras como si fueran pequeños fósiles y en la unión de sus partes reconstruye su historia. Pero por otro lado, como se presenta en la contratapa, a veces no basta con saber la etimología latina o griega para poder entender el significado. Entonces pasa de ser paleontólogo a ser un curioso y casi un chusma ya que se mete en reuniones privadas, casas ajenas o en la vida de los otros, como pasa con ?abatatado? cuya historia se encuentra en una quinta del Partido de Tigre de Daniel María Cazón a la que asisten gente como Bernardo de Yrigoyen, Miguel Cané y, gracias a nuestro entrometido escritor, nosotros.

Hay varias estaciones que se recorren en este viaje de palabras. La primera parte se ocupa de la jerga de batallas o guerras que nos brindan palabras que hoy utilizamos sin saberlo. Por ejemplo, no damos cuenta de que ?armario? era el lugar en el que se guardaban las armas, en vez de ropa, y que para llamar a su concurrencia se gritaba ?¡al arma!? que derivó en ?alarma?. Luego de una interesante recopilación de términos bélicos, se pasa de las pistolas a las armas blancas. Allí encontramos los epónimos, nombres derivados de personas que designan lugares u objetos, donde se nos cuenta la conocida historia de ?Gillete? que desplaza a ?maquinita de afeitar? y la no tan conocida sobre Charles Cunningham Boycott, que da lugar a ?boicot?. Pero los epónimos no sólo nos brindan la historia sobre los nombres de los objetos sino que también sobre los sustantivos propios que otorgan su nombre a zonas geográficas. Muy pocas personas se preguntan el porqué del nombre del lugar en el que habitan y Balmaceda nos cuenta la historia que origina Argentina, América, Europa, entre otras. Otro asunto son los malos entendidos que generan un chistoso origen. En este punto es interesante las varias anécdotas que se cuentan a partir del encuentro de los conquistadores españoles y los habitantes nativos de América. Por ejemplo, en el año 1525 desembarcan del río Pacífico unos exploradores españoles y le preguntan, en español, a un nativo quechua cómo se llamaba la región. El nativo, sin entender les dijo ?Berú?, que era su nombre y ?Pelú?, que significa río y era el lugar donde Berú estaba pescando y ?entonces, los españoles bautizaron la zona con la voz de Peru?. Se aprovecha también para atender a las palabras del quechua y del mapuche, entre otras, que dan lugar a muchas de hoy en día como por ejemplo chocolate (xocoatl), caco (cacáhua), tomate (tomatl), Bariloche (vuriloche) y locro (ruqru).

Un proceso de formación de palabras que es evidente es la yuxtaposición donde se juntan dos palabras para crean una nueva como cumple-años, gira-sol o y ciem-piés. Pero hay otras palabras en donde no es tan evidente como artimaña (arte-maña) o menoscabar (menos-cabo). Pero menos evidente aún son los acrónimos. Varias veces se nos presentan como palabras enteras y cuando nos enteramos que son abreviaciones de varias palabras que nunca logramos acordarnos de lo que significa. Por acortamiento, es fácil distinguir Sr. (señor) o Lic. (licenciado), pero cuando se esconden más palabras es más difícil de recordar OVNI (Objeto Volador No Identificado), INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudeaorum, Jesus Nazareno Rey de los Judios) o LASER (Ligth Amplification by Stimulated Emission of Radations) y más aún cuando se utilizan más de una sigla por palabra como Radio (Radio Detection and Ranging) y les dejo para pensar, antes de que lean el libro, el acrónimo de Mona Lisa.
Sin intención de arruinar todas las historias, me limito a invitar a reflexionar sobre la amplitud de las palabras. Están en todos los ámbitos, así desciendan del latín o el griego o de un lenguaje artificial utilizado para un campo específico, de onomatopeyas, de la interacción que dan lugar a nuevos términos. Muchas datan de muchísimos años, pero a su vez, el carácter innato de comunicación permite que su paso por los siglos no sea invariable sino que la misma perpetuación instala la paradoja de exponerlas a las diferentes épocas que las apropian para actualizar sus significados. Así, el viaje es espacial y temporal, revolvemos los siglos para remitirnos a términos del presente, salimos de la cocina y, pasando por sustantivos abstractos como la sinceridad, nos meternos en la vida de Carlos II de Inglaterra para volver a los mitos de Roma.

?La historia de las palabras? es tan entretenido como accesible, se puede leer de a poco en el colectivo ya que los capítulos son cortos y sin relleno y también es ideal para los curiosos que pueden atragantarse de anécdotas e historias que pueden ser muy útiles y divertidas para compartir en alguna conversación futura.

Publicado en Leedor el 11-08-2011