Comedia cordobesa

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Lo maravilloso de la obra, más allá de sus diez minutos iniciales, es la contradicción: es una joyita y una piedra sin pulir, es crítica y banalidad, es arte y política, es reflexión y pasatiempo, es ficción y realidad. Comedia Cordobesa no es una comedia cordobesa. Permitir ese enunciado quizá sea la primera provocación de la obra. El nombre descoloca, genera expectativas en algunos eventuales espectadores, dudas en otros; se suma además, si alguno conoce los antecedentes de Gonzalo Marull (cuenta en su prolífica obra con títulos como Yo maté a Mozart, Medieval, Tantalegría, Maldita Afrodita, Pelotero, etc.), la certeza de no poder salir indiferente de la sala después de la función.

Comedia Cordobesa es para todos los públicos posibles (el popular, el erudito, el pasatista, el desinteresado, el crítico, el visionario) pero también para ninguno. Permitir este enunciado es otra provocación pero también una invitación a verla de todos modos, si lo que se pretende, en definitiva, es no salir ileso de lo que un hecho teatral nos pueda provocar.

En la contradicción radica la belleza, la esperanza (alguna posible). Ahora, sabiendo esto, comenzamos a hablar de la obra:
La idea surge de la experiencia teatral Córdoba te quiero en la que marull había participado. Allí conoció a los actores que luego serían parte de este proyecto. Al mismo tiempo, la lectura del dramaturgo y poeta austríaco Thomas Bernhard estaba haciendo mella en la conciencia del director cordobés. Le impresionaba la relación de amor-odio que Bernhard tenía con su ciudad natal, el teatro y las políticas vigentes, ese andar sin querer estar y ese silencio sin poder dejar de decir. Ambos hechos confluyeron en un espectáculo que indaga en las entrañas del teatro y en la política de Córdoba.

El argumento es simple (y no tanto): Un director porteño (Gonzalo) llega a Córdoba para dirigir el elenco oficial de la Comedia Cordobesa. El autor (Marull) le propone descubrir Córdoba y se da cuenta de que la ciudad es la verdadera comedia. Ni a Shakespeare se le hubiese ocurrido nada mejor. Gonzalo trae en su valija críticos, actores, aplausos (representados en escenas por tomates que entran y salen de la valija, se estrellan en el suelo, se pudren) pero se van muriendo por el camino. Por eso recurre al autor cordobés con quien tiene conversaciones muy fuertes sobre el medio teatral (de Córdoba pero también de todos lados), no se salva nadie y eso da la posibilidad de pensar en serio (más allá y acá de la comedia) sobre qué es lo que se pone en juego en el teatro, los intereses, las pasiones, el poder.

Marull le escribe a Gonzalo una especie de show televisivo en el que tres políticos hacen cualquier cosa con tal de conseguir un voto, hasta lo más humillante como revolcarse en bosta de vaca. En el programa de juegos participan el gobernador, el intendente y un político opositor.

No hay investidura que se salve de la crítica, ni los críticos, ni los actores, ni los directores, ni los políticos. Sin embargo, la segunda parte de la obra (la metaobra, la obra escrita por Marull-personaje) pierde efectividad. Es como si se diluyera el procedimiento (lo que puede ser una gran virtud) y solo quedara el exacerbado mundo banal del espectáculo. Desespera ver ese dilatado show, infinito show y uno desea que todo termine porque se ve en él ese mundo cotidiano de los medios de comunicación. Pero tenemos claro que a algunos ese show les puede gustar ( a algún sector del público parece que les gustó).

Lo maravilloso de la obra, más allá de sus diez minutos iniciales, es la contradicción, esa que insinuamos al comienzo de esta nota: es una joyita y una piedra sin pulir, es crítica y banalidad, es arte y política, es reflexión y pasatiempo, es ficción y realidad.

Quizá la política no le quede demasiado bien a Marull (al verdadero) pero vale la pena esta obra que se constituye como reflexión sobre el teatro, la creación, el público y los actores, un mundo sobre el que todavía queda mucho por decir. Y Gonzalo Marull lo sabe.

Publicado en Leedor el 25-7-2011