Baby Jane

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Nada tiene que ver esta buena versión rosarina del clasico de Robert Aldrich, con la decepcionante obra que hace poco se presentó en la Calle Corrientes de Buenos Aires.
Dicen que las comparaciones son odiosas o, por lo menos, antipáticas. Las haré igual porque, en definitiva, la simpatía nunca ha sido en mí un rasgo característico.

El pasado fin de semana tuve la oportunidad de ver, en el marco del festival de Teatro de Rafaela, Baby Jane, una producción del grupo teatral rosarino Hijos de Roche. La puesta está basada en aquel éxito cinematográfico de 1962 Qué pasó con Baby Jane de Robert Aldrich, al igual que (perdón pero aquí es donde empiezan las comparaciones) Las estrellas nunca mueren, versión que formó parte de la cartelera porteña meses atrás.

Se dice (lo escuché en charlas de café, no sé cuánto de verdad habrá en ello pero valga para este relato) que cuando el grupo de Rosario comenzó a buscar sala para traer el espectáculo a Buenos Aires se encontró con que la versión de Tortonese y Poncela les había ganado de mano. Imposible competir con una superproducción montada en calle Corrientes, con actores reconocidos, etc,etc.

Todos los que tuvimos la oportunidad de ver la obra en el Paseo La Plaza sufrimos la decepción que nos dio la mala costumbre de otros tiempos, cuando Tortonese y Poncela supieron ser irreverentes y transgresores. Nada de esa antigua condición se reflejó en este trabajo que resultó pobre y aburrido. Dos hombres haciendo de mujeres y diciendo una que otra grosería ya no escandaliza a nadie si detrás de ello no hay, por lo menos, una idea y una buena dirección. La obra era lenta, desprolija, no tomaron ninguna decisión bien (en caso de que hubieran tomado alguna) y el espacio escénico era incierto. Todo resultó ser un gran interrogante que nadie tuvo ganas de hacerse (nadie, nadie).

Así como no deberíamos comparar tampoco deberíamos hacer leña del árbol caído, de la obra caída de cartel. Pero es imposible no pensar en eso si queremos tratar de entender la lógica (alguna lógica, si hubiera alguna) para montar ciertos espectáculos más allá del negocio y de la promoción de ciertos nombres ya reconocidos. Supongo, si sigo pensando, que no la hay. Pero entonces, ante la nada, nos queda (por lo menos, gracias al teatro) hablar de Baby Jane, la versión de Romina Mazzadi Arro, que tiene que poder verse pronto en Buenos Aires.

Para quien no conoce el argumento diremos que Baby Jane (la Elvira de Tortonese) era una niña prodigio que supo triunfar en el mundo de la canción infantil. Su hermana Blanche (la Flor de Poncela), en cambio, era una niña triste y retraída que nunca logró captar la atención de su padre. La crueldad del tiempo hizo que las cosas cambiaran y los roles se invirtieran: Blanche logró ser una gran estrella de cine y Jane fue despreciada y echada en el olvido. Una noche, en un confuso accidente automovilístico, Blanche queda postrada y Jane carga con una oscura culpa. Cada una con su cruz, viven recluidas en el caserón donde transcurre la escena.

Cabe destacar que la versión rosarina (la última versión, de la única que vamos a hablar en lo que resta de la nota) se realizó en una casa (incluso la versión que pudimos ver en el festival fue montada aprovechando las escaleras, las ventanas y puertas y otras dependencias de la CC municipal Sala Sociedad Italiana) y las actrices aprovechan ese espacio, se despliegan, reptan. Nótese que el taconeo de Jane (subiendo y bajando escaleras, abriendo y cerrando puertas y ventanas, prendiendo y apagando luces) marca el ritmo de la obra, domina la tensión y la atención, mientras que Blanche se desliza en las muletas (gran detalle haber reemplazado la silla de ruedas por las muletas que permite que Paula García Jurado se luzca incluso más que la excelentísima Elisabet Cunsolo), se arrastra lentamente como indicando otro tiempo, otra cadencia que se opone a la de su hermana.

Baby Jane es un drama intenso, de mucha violencia física y mental (las palabras matan). El cuerpo juega un papel central en la relación entre sometido y dominador, el espacio ahoga, da palpitaciones, no deja respirar. Es la historia de la decadencia familiar y personal. No podemos distinguir a cuál de las dos le duele más, cuál hiere más a la otra, cuál ha perdido más, cuál sufre más o peor; una recrea canciones del pasado glorioso, la otra recorta noticias sobre un ciclo de cine que la homenajea. Imágenes muertas, agua pasada.

Entre tanta violencia y crueldad hay lugar también para el humor encarnado sobre todo en el personaje de Cunsolo. Hay lugar pata los detalles que dan distinción: la escenografía un tanto antigua, el vestuario, todo tiende al blanco y negro y junto, con las frases y palabras en inglés, nos dirigen casi sin querer (pero queriendo) a la película. Bette Davis y Debbie Burton están aquí, no ellas pero algo de ellas. Y en eso radica la nobleza de esta propuesta, en lo que desliza a través de ella, en lo que percibimos hermoso, en los pequeños detalles. Obviamente que la excelente dirección, las actuaciones, la seriedad en el trabajo y el respeto por el público suman. Hay quienes no lo saben. Hijos de Roche, por suerte, fueron dotados de sentido estético e inteligencia.

Ojala, para alegría de ustedes, gente de Buenos Aires y de otros lares, pueden disfrutar alguna vez de esta pequeña joyita. Y qué viva el teatro.

Publicado en Leedor el 20-07-2011