Máquinas de dibujar

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Esta obra de Ana García, que se exhibe en la Fundación Klemm, dispara reflexiones sobre la Teoría Institucional del Arte y nuestra posibilidad de ser artistas. Caminando por las calles de Buenos Aires, recorriendo diferentes espacios de exposición de arte, sucede, de vez en cuando, que los visitantes asiduos -y también los transeúntes esporádicos-, cambian su rol de espectadores por el de ejecutores de verdaderas obras de arte por medio de un gesto quizás inconsciente para ellos, pero de ninguna manera inintencionado en su razón inicial.

¿Cómo es posible ese pasaje de público a artista que, por sólo un instante, se realiza tan mágicamente? De manera inmediata, sencilla y accesible, todos podemos convertirnos en productores competentes.

Esa es la propuesta de la artista cordobesa Ana García con sus Máquinas de Dibujar. Validando cada hoja de papel con la inconfundible estampa: ESTO ES UNA OBRA DE ARTE, quienes son convidados con esta experiencia, estarán contentos de ser artistas avalados realizando obras de arte legitimadas. En lo que a factura, técnica, belleza, tiempo o dedicación respecta -valores que suelen ser más apreciados por el público general-, la mayoría de las obras estarán pobremente hechas, pero nada tendrán que envidiar a sus pares colgando en los muros de los más renombrados museos, ni a las ejecuciones de cincel sobre mármol, o las fotografías mejor valuadas. No habrá duda del rango, del status de estas pequeñas hojitas con rayones de colores. Después de todo, el sello en el dorso así lo certifica. ¿Estamos todos de acuerdo?.

Son múltiples los espacios dedicados a la exposición de lo que común y popularmente es llamado ?Arte?. Y digo es llamado porque hoy en día es moneda corriente poner en cuestionamiento la oferta artística. Ante la vasta cantidad y calidad de obra disponible, más de una vez nos hemos preguntado ?¿es esto arte??. Las dudas abundan, y son de todo tipo: ?¿qué es??, ?¿por qué es arte, según quién??, ?¿qué hace esto aquí??, mismo ?cualquiera podría hacer esto? o bien un inadmisible y rotundo ?esto no es arte?. Sin pretender dar una respuesta zanjada en cuanto a estas sanas y críticas preguntas respecta, podemos encontrar una ayuda teórica para hacerles frente y, quizás, disfrutar un poco más del próximo evento artístico al que se asista.

Abordemos uno de los aspectos de la teoría institucional del arte propuesta por George Dickie, basándonos más que nada en su segunda reformulación. El autor propone la existencia de un mundo del arte, es decir, un conjunto de personas o grupo de personas dedicados a la producción, consumo y legitimación de obras artísticas. Éstas, por su parte, son consideradas como tales debido a su status. Es en parte, por tanto, una teoría contextual. En una primera instancia, Dickie propone que dicha característica se adquiere por la conferencia de candidatura para la apreciación, lo que, en otras palabras, quiere decir que será arte todo aquello que un agente del mundo del arte denomine como tal. Más tarde, Dickie reniega de esta definición amplia, y restringirá la posibilidad de ser arte sólo a aquello que ha sido modificado de algún modo por agente(s) del mundo del arte, ya sea en el plano físico o conceptual, con tales intenciones.

Dickie denomina a esta transformación artefactualidad. De este modo, cualquier elemento que haya sido objeto de la intervención de una persona con miras artísticas, trátese de una hoja de papel con crayones, un mueble, un retrete o una tabla de planchar y un paraguas, tendrá status de obra de arte porque tiene un trasfondo institucional (que es precisamente el mundo del arte) que avala su artefactualidad. No es complicado de pensar, de hecho, el autor nos ayuda mucho a entender una gran parte de las propuestas estéticas de nuestros días al plantear que será obra de arte todo aquello que haya sido concebido y modificado para tal fin y expuesto en el ámbito correspondiente.

Con esto en mente, volvamos nuevamente a las Máquinas de Dibujar de Ana García. La artista creó una serie de cubos desmontables en cuyo interior se colocan hojas de papel que serán soporte de nuestra creación. La cara superior de los cubos tiene orificios con distintas formas: estrellas, círculos, cuadrados, líneas rectas, a través de los cuales es posible meter un lápiz de color y marcar sobre las hojas del interior los contornos de las formas prefijadas en la tapa. Cuando nuestro genio creativo se siente satisfecho, se retira la hoja de papel desde una ranura en un lateral del cubo y? voilà! Somos artistas consumados con una obra de arte en nuestras manos, certificada en su dorso con la leyenda ESTO ES UNA OBRA DE ARTE.

El ejercicio de artefactualidad opera a dos niveles. Por un lado, Ana García es la creadora ?intelectual o real- de estas máquinas por medio de las cuales nosotros, por otro lado, producimos nuestras piezas. Ella es artista, modificando hojas y maderas para dar vida a sus piezas. Y cual plantilla industrial de modelo de producción seriado, se originará una nueva obra por cada postulante a artista, por cada nuevo usuario, que sin embargo será un objeto diferente y único.

Será una obra de arte. No es nada menor saber que las máquinas están emplazadas en un ámbito de exposición de arte, puesto que la cadena de conferencia de status de obra de arte se perdería de otro modo. Como un círculo vicioso, el carácter artístico de las piezas de Ana García y las de los espectadores-productores se ven mutuamente respaldados por el contexto en que se hallan, y por quienes sustentan dicho espacio.

Con Dickie, no pensamos ya en juicios estéticos que sólo contemplan la calidad, la armonía, el esfuerzo, la originalidad, o demás criterios aplicables sólo a una élite productora, sino que se vuelve un tema más bien sociológico. Asimismo, vemos el campo artístico como un ambiente amplio, donde los límites del arte y del mundo comienzan a desdibujarse en modificaciones mutuas, interrelacionadas.

Para la mayoría de nosotros, es santo remedio. La próxima vez que salgamos a caminar y ver arte, sabremos que nos enfrentamos sin duda alguna a obras legítimas porque hubo alguien que modificó una serie de elementos o conceptos con el fin de que sean considerados como arte en un espacio dedicado a ello. Y con suerte, hasta podamos convertirnos nosotros mismos en artistas.

Publicado en Leedor el 14-7-2011