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Esta novela no es para todos ni para pocos. Una experiencia diferente que supone un ejercicio profundamente intelectual.Declaro desde el inicio que la tarea de reseñar la ?hasta el momento? última novela del escritor y dramaturgo uruguayo me excede. Dada la impunidad que otorga la frase precedente, procederé a explicar las razones e intentar alguna aproximación a esta inclasificable obra que tiene infinidad de parientes reconocibles pero una identidad única y palpable.

El resumen de la premisa es más o menos el siguiente: nuestro narrador ?un tipo que enseguida encontraremos poco confiable, por decir lo menos? es el sujeto de un experimento que consiste en la aplicación de unos lentes ?inversores? que anulan el trabajo de la retina y por lo tanto hacen que vea todo al revés. Es decir: patas para arriba. Las sonrisas se transforman en muecas desagradables y cuando cree que levanta la mano izquierda en realidad está bajando la derecha. He ahí el argumento que el libro propone de entrada: una distorsión de la realidad a modo de experimento, y, podemos concluir, sus consecuencias. Pero enseguida, esta premisa empieza a parecer un McGuffin (elemento de suspense que hace que los personajes avancen en la trama, pero que no tiene mayor relevancia en la trama en sí. Es una expresión acuñada por Alfred Hitchcock y que designa una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma; un ejemplo de McGuffin en cine es aquella cosa que reside dentro de la valija en Pulp Fiction). Voy a hacer hincapié ?de forma intencionadamente abstracta? en que el juego de las apariencias dentro de la novela va transformándose con el pasar de las páginas y más de una vez lo que parece relevante no lo será y lo que parecía floritura pasará al primer plano.

En esta caja de sorpresas hay una serie de juegos, que Rehermann introduce dentro del verosímil de la novela y luego usa de manera metatextual. Por ejemplo: el protagonista guarda en una mochila que prepara ante un inminente viaje un libro de un tal Bickham que habla de ?Los 38 errores más comunes en la literatura de ficción y cómo evitarlos? y otro titulado ?16 argumentos?, de Alejo Murillo (este último expone tal cantidad de argumentos que el autor sospecha imposibles de llevar a la práctica). Pero se encuentra más de una vez actuando en su vida de un modo que Bickham desdeña (y entonces lo remarca) y nos son presentados los 16 argumentos del libro de Murillo, intercalados con la narración.

¿Suena caótico y pretencioso? Nada de eso. Rehermann escribe con claridad: son las escenas las que se vuelven turbias, no su prosa. ?180? tiene un primo cercano en el ?Auschwitz? de Gustavo Nielsen: una historia imprevisible, morbosa, con un narrador despreciable pero a la vez adictivo. En el caso de Nielsen, el odio y la fobia a todo y a todos lo volvían caricaturesco y estéticamente irreprochable: una ?Naranja Mecánica? criolla. En Rehermann, el virtuosismo en la digresión del narrador hacen que el personaje despierte una simpatía por puro enlace intelectual.

Si la premisa de los lentes da un resumen de contratapa, al comienzo encontramos un clima extraño, un protagonista que no entra a escena sino que ya estaba allí, esperándonos, esperando al lector. Hay continuas referencias a un posible acto criminal que tal vez haya cometido y el autor nunca nos deja olvidar esta cuestión paralela. ¿Otro McGuffin? ¿O cuál de ellos es el McGuffin? Por supuesto que el libro se encarga de deshacerse a sí mismo y desnudarse para presentarnos buena cantidad de evidencia, sobre todo en la segunda mitad, de modo que podamos sacar nuestras conclusiones. Nos revela su construcción, pero siempre tiene un nivel de lectura por debajo del que nos acaba de revelar.
En el camino de esta novela siempre en tránsito, el sexo es la temática dominante. El narrador excita y se excita fácilmente. Hay generosa cantidad de escenas ?cada vez más retorcidas, cada vez más extrañas? explícitas al respecto y Rehermann demuestra su habilidad para describir cada momento repitiendo situaciones y creando nuevas sensaciones, reflexiones y atmósferas en cada iteración. Lo más sorprendente es la cantidad de veces que podremos encontrar pequeños momentos de identificación, siempre que como lectores nos despojemos de ciertos pruritos y accedamos a la orgía literaria.

Aquí y ahora hay que decir por qué es imposible reseñar ?180?: o bien se habla muy superficialmente (basta entonces un párrafo que explique lo del experimento con los lentes y alguna observación sobre su estructura) o se mete uno de lleno en el barro y entonces tiene que pelar todas las capas que tan cuidadosamente el autor ha superpuesto. Y arruinar entonces en diez párrafos un libro entero y una experiencia que no tiene par.

Alguien podrá preguntarse ?bueno, sí, todo muy simpático, pero? ¿al final la novela es buena o qué??. Algo está claro: ?180? no es una novela decimonónica. Ni siquiera tiene la estructura palpable de la mencionada ?Naranja mecánica?. Es tan parecida a sí misma que no debiera juzgarse por lo que no es. Por lo tanto, se trata de un trabajo superlativo y virtuoso que encontrará eco en su lector ideal y dejará probablemente afuera al lector casual de verano. Dice el ahora tan en boga Bernhard Schlink (?El lector?) que la novela experimental realiza su experimento no con los argumentos o los personajes sino con el lector. ?180? definitivamente podría definirse mediando esa frase y por eso el lector es tan importante, no de forma supuestamente activa, no estamos hablando de ?Rayuela?, sino porque el grado de voluntad y entrega de quien lee la novela (y su bagaje cultural) es parte fundamental del pacto. Lo cierto es que con toda su carga de tripa y morbo desaforado, es un ejercicio profundamente intelectual. Su goce más pleno supone la conjugación del erotismo y el hipervínculo erudito.

Novela ni para todos ni para pocos. ?180? es una experiencia diferente. Bien por el autor y bien por editorial en la intención de seguir abriendo nuevos caminos para literatura.

Publicado en Leedor el 14-07-2011