Festival, de César Aira

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Una novela editada por BAFICI que habla ácidamente sobre un Festival de Cine Independiente.Además de la enorme cantidad de películas que se proyectaron en BAFICI este año, y de las múltiples actividades gratuitas, se presentaron tres nuevos libros que, en ediciones de pequeña tirada, se pudiern encontrar en los diferentes stands del Festival.

“El cine y los géneros: conceptos mutantes”, “Kijû Yoshida: el cine como destrucción” y “Festival” son los tres títulos que se publicaron

Los dos primeros son una serie de ensayos sobre los géneros cinematográficos y sobre un autor y su obra. El último es una novela escrita por César Aira, la única ficción de la trilogía. De ella nos ocuparemos en esta nota.

En el 2010, cuando César Aira fue invitado a participar como jurado de la 12° edición del festival, un interrogante cundió rápidamente por los pasillos: ¿Qué novela escribirá Aira sobre el BAFICI? Su prolífica obra, la idea de que siempre tiene algo para decir y de que lo que dice, casi siempre, tiene que ver con lo que le pasa, avalaban la pregunta. Sabemos que las experiencias no se traducen en nada y menos en una ficción. Pero lo cierto es que, meses después, “Festival” era un hecho?un texto.

Si bien su estímulo, su germen primario fue una experiencia personal en el BAFICI, la novela no habla del BAFICI, no transcurre en Buenos Aires ni recrea, en forma de crónica periodística o ensayo, las vivencias que algún cinéfilo puede llegar a experimentar en estos días. Nada de eso. No intenten, entonces, (y este consejo corre sólo por cuenta del escritor) trasponer nombres, intercambiar actitudes ni forzar interpretaciones malintencionadas.

“Festival” constituye una ácida mirada sobre un festival de cine independiente, podemos decir, ficción mediante, sobre cualquier festival de cine independiente (o alguno, incluso el BAFICI). Esa es una de las mayores virtudes de la novela (junto con otras varias que trataremos de, por lo menos, insinuar aquí), la posibilidad de una distancia máxima que permite un acercamiento microscópico a ese mundillo un tanto alucinado y delirante.

El puntapié inicial de la novela es la llegada al país (a algún país posible) del prestigioso cineasta belga, Alec Steryx, que sería la máxima atracción del festival. A su figura estaba dedicada la retrospectiva de ese año. Su extensa obra, compuesta por films de ciencia ficción clase B, que había logrado entre sus seguidores la construcción de una mitología futurista, sería proyectada íntegramente durante los días del certamen, del que, además, el director era su principal jurado. Alec Steryx tenía un halo de misterio que lo hacía más atractivo. El misterio se convierte en intriga y espasmo cuando llega acompañado por su madre nonagenaria. La comitiva que va a esperarlo al aeropuerto (integrada por el director del festival y por su fiel admiradora y especialista en su obra, Perla Sobietsky) vive esa jugada como un escándalo, no por el hecho mismo sino por lo que suponía: el genio no se reducía a su obra, había un abismo, un punto ciego compuesto quizá solamente de situaciones cotidianas, que escapaba a sus fanáticos y los hundía en la más profunda oscuridad.

La relación de Steryx con su madre (una vieja gruñona que se queja por todo pero no quiere perderse nada) se convierte en la comidilla del certamen y desata, en la novela, una serie de situaciones tan absurdas y disparatadas como divertidas. El centro se desplaza desde la pregunta sobre la obra y el estilo del autor al porqué llevar a una madre fastidiosa y cercana a la muerte a un festival, donde todo es juventud y vértigo.

En medio de los enredos el narrador despliega una serie de reflexiones, cargadas de ironía, sobre los estereotipos que abundan en todo festival de cine independiente (los cinéfilos natos, los infiltrados, los snob, etc.), sobre los intereses que provoca, sobre estilos, copias y formas de filmar, sobre la construcción de un reconocimiento público, sobre los alcances de un fanatismo. Todo exacerbado al extremo, a esos extremos a los que Aira nos tiene acostumbrados.

Puede ser que lo más logrado de Festival sea el despliegue que hace de la noción de tiempo como una percepción personal, sectaria o cinematográfica. Porque hay varios tiempos en la novela. El tiempo vertiginoso de la competencia, del querer verlo todo se enfrenta al tiempo aletargado de la madre de Steryx que vive cada minuto como si fuera el último (estirándolo, temiendo perderlo). Nos dice el narrador: ?Madame Steryx se aferró al brazo del hijo y caminó, lo hacía con la mayor lentitud, exasperante en grado sumo para cinéfilos en medio del torbellino de actividad que es un festival internacional de cine independiente?. ?Rápido? y ?lento? aparecen en dimensiones separadas, en la lentitud ocurren hechos velocísimos y, por el contrario, en la rapidez puede no ocurrir nada.

El tiempo marca también la obra de Steryx. Situadas en el futuro, sus películas construyen tiempos dispares y oníricos que, hacia el final, parecen trasladarse al relato que va virando hacia un tiempo indefinido.

Difícil es saber qué lugar ocupará “Festival” dentro de la vasta producción de Aira (personaje que despierta elogios e insultos en la misma y ferviente proporción) pero afirmamos, sí, que es una buena novela, llena de fina ironía. Unos pocos hechos reales le permitieron al autor hacer estallar un cúmulo de tics ?festivaleros? en una ficción que merece ser leída. Todo lo demás es pura coincidencia.

Publicado en Leedor el 5-07-2011