La felicidad según Mabel…

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Cuando la felicidad es una pregunta incómoda.


?Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo.? S. Freud

Mabel Riviere ha decidido ser feliz. La felicidad puede significar muchas cosas o casi nada, ser todo o nada a la vez. La felicidad tiene colores, matices, recovecos extraños, cierta ceguera, autoengaño, senderos luminosos y callejones sin salida. La felicidad casi siempre es un deseo frustrado, una mano que no llega, un sueño irrealizable. Mabel Riviere no lo sabe, cree o dice no saberlo. Por eso la busca, la espera, la acelera, la circunda, la define: ?La felicidad se resume en la felicidad de los hijos?. Y resuelve, finalmente, darle forma.

Nadie que se siente a la mesa de Mabel y su familia, cualquier mañana, en cualquier desayuno, creerá que la felicidad los roza ni siquiera de soslayo: gritos, peleas, apuros, desconciertos, ruido (tanto ruido) son su moneda corriente. Pero Mabel ha decidido hacerse la idiota.

Se pinta una sonrisa ante un espejo que no hace más que mentirle, como todos. TODOS se mienten. Mabel sale de las paredes que la oprimen por el consejo malsano de su terapeuta. Sale al afuera para resolver el adentro (familiar, físico, espacial y, sobre todo, mental). Pero del afuera arrastra consigo la verdad (la verdad de todos y de cada uno y también la verdad del pasado que vuelve porque ya no puede ser negado) y todo se diluye, le explotan en la cara los pedazos rotos de su espejo interior.

La acompañan (más bien la dejan sola, empeñados en lograr sólo su propia satisfacción), sus hijos, que conforman un claro muestrario (quizá algo estereotipado) de los grandes conflictos existenciales de este siglo. Un padre y un esposo, que construyen sus propias fantasías, completan el universo cotidiano de esta mujer de 52 años que va a ser feliz de cualquier modo y a cualquier precio, llevando su deseo (o el deseo de los otros) al límite de la locura y el delito.

La felicidad es una palabra que Mabel Riviere decora a gusto, una pregunta incómoda que ninguno de los integrantes de la familia (ni tampoco ningún espectador) se animaría a responder: ¿Son ustedes felices? Porque todos aspiran a la normalidad, a volver a la normalidad y a la armonía familiar, lejos del dolor que los abruma y los corroe en silencio.

Este es, a grandes rasgos e intentando no adelantar lo que cada uno debiera descubrir o experimentar, el bello argumento de La Felicidad según Mabel Riviere. Aunque la felicidad es insondable, inasible, Jorge Acebo, su director, nos presenta un punto de vista individual y a la vez totalizador, extremo. Es una lectura absurda pero colmada de realidad, en la que cada espectador podrá sentirse reflejado aunque eso le de miedo o rabia.

A pesar de toda su densidad trágica, la obra tiene grandes momentos de humor, negro, por supuesto. Es ese tipo de humor que nos provoca risas nerviosas y atolondradas. Morir de risa para no llorar de impotencia.

Con la gran actuación de Mirta Sclavo (¡Qué apellido tan acorde con su personaje!) y un elenco (casi parejo) que intenta seguirle el ritmo, La felicidad? se presta a varias interpretaciones en las que debemos suspender el juicio y preguntarnos sinceramente qué seríamos capaces de hacer por un poco de felicidad.

www.lafelicidadsegunmabelriviere.blogspot.com

Publicado en Leedor el 28-03-2011