Destruyendo mitos

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De la evolución y de las concepciones equivocadas al respecto, reflexiones de un antropólogo inquieto ante el sentido común. Desafiando al rito, destruyendo mitos

?Soy un profanador?, comenzaba diciendo aquella canción de Soda Stéreo, El Rito y así estamos, con ese ánimo desafiante. Nuestro enemigo es el sentido común, aquel tan bien ponderado pero tan escaso, según dicen. Siendo más justos debemos decir que no es un solo oponente al que batallamos sino que son miles. Nuestros enemigos son los mitos que genera el sentido común, sin más prueba que el propio discurso, al que tampoco se lo somete, dicho sea de paso, a una prueba formal.

Esta práctica de destruir mitos es muy habitual en la antropología, ya que al toparse con la diversidad no pudo menos que deslumbrarse y comprender su propia ignorancia. Hoy vamos a combatir contra la idea vulgar de la evolución.

Esta palabreja tan en boga como una boga, encierra una serie de prejuicios y malos entendidos que es necesario remover.

Hemos escuchado señores de traje diciendo cosas como: – ¡No creo en la teoría de la evolución y en esas tontería acerca del mono!. Primer error. En la ciencia no hay que creer, ¡para creer está la religión, señor del traje!. En la ciencia sólo existe la posibilidad de refutar hipótesis, de demostrar que todo es falso. Lo que no pudo refutarse, se sostiene hasta tanto no llegue una prueba que lo demuela. Por lo tanto no se puede ?creer en la teoría de Darwin?; a creer y a llorar se va a la iglesia. Segundo error. En ninguna teoría evolutiva se sostiene, ni se sostuvo nunca, que el hombre desciende del mono.

Las hipótesis indican que los monos y los seres humanos tienen un antepasado común, en todo caso somos primos. Nadie duda de nuestro carácter de mamífero o de vertebrado, pero cuando de primates se trata, saltan los gorilas enloquecidos. Somos primates, así como también somos homínidos, mamíferos, vertebrados y animales. Esto último dicho sin segundas intenciones al señor del traje.

También hay voces que claman, sin que se les mueva un pelo, que tal país es más evolucionado que cual. O, para peor, sostienen inmutables que tal persona es más evolucionada que otra. La evolución no es una carrera en donde, merced al paso del tiempo, las cosas mejoran. Ninguna teoría de la evolución moderna sostiene que un velocirráptor es menos evolucionado que un ser humano, por más que el primero se haya extinguido hace 60 millones de años. La confusión proviene de varias fuentes. Por un lado de lo que se denominó en la edad mediay perdura en las mentes vetustas, ?La gran cadena del Ser?, que no era otra cosa que un orden religioso en donde Dios ocupaba el lugar más alto y a partir de allí se establecía una cadena jerárquica, donde el hombre ocupaba el lugar más alto entre los seres vivos.

Por otra parte el siglo XIX, tan victoriano él, en Europa Central fue muy proclive a considerarse a sí misma como el punto cúlmine de la civilización y la humanidad. Esta situación por cierto es muy común a todos los grupos humanos, que tienden a considerar bárbaros a todos aquellos que se alejan de las normas culturales propias, es decir que ningún gramo de originalidad hay en esa vanagloria decimonónica.

Para desilusión de los creyentes, desde la ciencia no hay ningún objetivo, ninguna meta, ningún gol en la trayectoria de la naturaleza. En la cultura sucede que los hombres tienen objetivos, metas y goles, pero esas finalidades no garantizan de ningún modo que el mañana es mejor que el ayer. Las ponderaciones en todo caso pueden darse de manera puntual, en el pleistoceno no había contaminación ambiental; en el siglo XX se descubrieron los antibióticos. Pero las generalizaciones son peligrosas, sobre todo si en su imposición eliminan lo más hermoso que tiene el universo: la diversidad.

La evolución biológica y la cultural poseen claras diferencias. La primera funciona según el esquema de variabilidad + selección o como gustan decir algunos azar + determinismo. La segunda funciona, ¿funciona?, según la unión de voluntades contradictorias, en donde si la sociedad está dividida en clases, el mango lo poseen pocos y la sartén, muchos.

El señor evolucionado se cree mucho por ser miembro, no demasiado destacado, de la sociedad. Y piensa en su corta torpeza que lo lejano de su propia norma es un claro signo de barbarie.

Piensa eso mientras con su mano izquierda lleva un alimento a su boca y el musulmán que se encuentra a su diestra ensaya una arcada.

Publicado en Leedor el 16-6-2011