La imagen fue un fusil…

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Arlt en el mundo de Severino: La imagen fue un fusil llorando¿En qué piensa un ser humano ante el umbral de la muerte? ¿Qué fantasmas lo acechan? ¿Qué recuerdos, qué sensaciones le impiden vivir el presente? ¿Qué terrores lo aprisionan? ¿Cuáles son las imágenes inenarrables que no puede sacarse de la cabeza aquel al que le ha tocado en suerte ser testigo del horror? ¿En qué habrá pensando el Roberto Arlt periodista que fue a cubrir el fusilamiento del imponente anarquista expropiador Severino Di Giovanni?

La crónica periodística, el amarillismo de la prensa (y del morboso público lector), la miserable economía del escritor, la pobreza conceptual de una clase media acorralada entre el deseo de ser algo más y el temor de abismarse hacia la parte más baja de la pirámide social, la agobiante vida familiar, que sólo sirve para acorralar las pasiones y destruir los desbordes creativos, la política, la nación, la anarquía… todo esto y mucho más, tanto más, es lo que aborda La imagen fue un fusil llorando, la impactante y maravillosa obra de Julio Molina, extraordinariamente interpretada por Gabriel Fernández, en un ejercicio de caracterización formidable (a tal punto que pareciera que estuviéramos en presencia del mismísimo Arlt).

Apenas ingresamos en la sala y ya nos descubrimos en ese mundo: Roberto Arlt nos interpela sosteniéndonos la mirada. Penetramos en la cárcel, en ese mundo de adoquines y grilletes que confinan al anarquista de origen italiano, justo apenas unos momentos antes de ser asesinado. El relato de Molina, la precisión de la imagen, el desgarramiento de la bala que penetra el cuerpo y desgarra los tejidos vitales, nos ubican ahí, del lado de los periodistas, de la sociedad toda: porque en esta instancia social o se es fusilado o se está del lado del pelotón de fusilamiento. No hay término medio. No puede haberlo jamás. El relato del magistral Roberto Arlt que compone Gabriel Fernández nos lo deja bien claro. Estamos del lado de los asesinos. Pero cómo vivir con eso. Cómo hacer como si nada hubiera pasado. Cómo continuar con nuestra vida de todos los días. Es justamente lo que nos plantea esta pieza, tan contundente como quirúrgicamente precisa en sus planteos y en sus resoluciones.

La tensión se respira en el aire de la sala. Y el teatro, como lenguaje expresivo que apunta justo al centro del sistema nervioso central, da en el blanco. Funciona casi como nunca. Mejor que nunca. Qué más se puede pedir. Qué más puede haber. Qué otro tipo de conmoción, más intensa, mas duradera, puede asaltarnos en esta vida de todos los días, en la que estamos sumergidos, por la que pasamos casi sin darnos cuenta. Sin dejar rastros. Pocas obras como esta ofrecen hoy una enorme, inconmensurable densidad de la experiencia. A disfrutarla. A gozarla. A vivirla en plenitud. A dejar que nos penetre, para que al fin, por qué no, tomemos coraje y seamos capaces, de una vez por todas, de replantearnos todo.

Publicado en Leedor el 14-06-2011