Viaje de invierno

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Si la perfección verdadera necesita de al menos un componente imperfecto, deberíamos imaginar qué ingredientes son infaltables en una novela excelsa.A menudo se debate si es posible la perfección, primero, en cualquier forma artística. Luego, en la literatura, y ya vencida esa valla, el premio consuelo ante la negativa a las preguntas anteriores es si es posible escribir un cuento perfecto.

Se suele llegar a la conclusión de que la brevedad del cuento admite la posibilidad de la perfección. Cada aficionado a la literatura, así como cada escritor, tiene su puñado de ejemplos del cuento perfecto. La novela, en cambio, por su naturaleza más digresiva y los altibajos en ritmo y tensión en los que debe incurrir, es imperfecta por naturaleza. Del mismo modo, es más fácil encontrar una canción perfecta que una sinfonía de éstas características.

La nueva novela ?o nouvelle, si se quiere? de Amélie Nothomb es un disparo a la cabeza a este viejo e interminable debate. Si, como algunas corrientes sugieren, la perfección verdadera necesita de al menos un componente imperfecto, deberíamos imaginar qué ingredientes son infaltables en la novela excelsa. ¿Un argumento atrapante? Bien. ¿Manejo del ritmo en la puntuación, pero también a nivel estructural, con las elipsis justas? Lógico. ¿Una prosa pulida, articulada, capaz de proponer ideas complejas, pero dotada a su vez de cadencias de una belleza singular, dejando a su paso la estela de frases memorables? ¿Personajes trascendentes, dotados de una humanidad palpable? ¿Ideas que permanezcan como huella indeleble e incluso germinante en la mente del lector? Finalmente, ¿tal vez la impronta de una percepción sensible e inteligente que pueda captar los detalles necesarios para que todo sea a la vez verosímil, sorprendente, cohesivo y coherente?

Bueno, ?Viaje de invierno? cumple con todas las premisas antes mencionadas. No sé si de esto se trata la novela perfecta, pero ciertamente es muy difícil decir que se puede estar más cerca.
El libro arranca con una premisa potente, a lo Paul Auster: un hombre sube a un avión decidido a estrellarlo a medio vuelo. No es un terrorista, no busca una redención religiosa ni un paraíso después de la muerte. Nuestro protagonista va a hacer explotar ese avión lleno de pasajeros por amor.

Por supuesto que este disparador enseguida vuelve sobre sí para contarnos cómo el narrador ha llegado a esta situación. Quién era, cómo conoció a la mujer que lo ha llevado a semejante precipicio, qué características peculiares interfirieron entre ellos y mucho más de lo que uno puede imaginar en las primeras páginas. Lamentablemente, en la contratapa se cuenta un poco más de lo que es recomendable saber. Exhorto a los lectores de esta novela a que eviten tal lectura y se metan de lleno en la novela.
«Algunos cometas no vuelven a pasar nunca más»
?Viaje de invierno? es el desarrollo de esta historia, pero es mucho más que eso. El ritmo de la novela es tan ameno que parece que Nothomb jamás hubiera trabajado una palabra, que simplemente improvisó sobre el procesador de textos y le quedó lista de una sentada. Ese es el truco de todos los grandes artistas, por supuesto: hacen que parezca sencillo aquello que es sumamente intrincado. Quién sabe cuántas revisiones le habrá llevado a la autora dejar su libro en forma semejante, logrando un poder de síntesis que sólo es posible si cada frase dice, sugiere y apunta mucho más de lo que normalmente se lee en una simple oración. Lo que es indiscutible es que el lector no podrá dejar de pasar página tras página, y aquí no hay fórmulas a lo Grisham ni a lo Brown. La novela es adictiva sin caer en ningún recurso comercial facilista. Por su extensión, la lectura será intensa y breve. Dos noches máximo.
A su vez, se desprenden del estilo y la inteligencia de la autora cantidad de frases memorables. Algo que no todos los grandes escritores manejan. Estos son algunos ejemplos contundentes elegidos justamente por lo que sugieren, pero en realidad el libro es una enciclopedia de ellos cuando se los busca más sutiles:

«A los quince años, existe un ardor de la inteligencia que es importante retener: como algunos cometas, no vuelve a pasar nunca más.» (p. 19)

«Soportar el discurso de los bienpensantes ya resulta difícil de por sí, pero se vuelve insoportable cuando descubres la amplitud del odio oculto tras ese catecismo.» (p. 23)
«Hay intentos de consuelo que multiplican el dolor.» (p. 94)

«No existen ejemplos humanos de atentados contra la fealdad. No es lo bastante apasionante como para justificar tanto esfuerzo. Lo extremadamente feo sólo suscita una indignación estéril. Sólo lo sublime monopoliza el ardor necesario para su degradación.» (p. 99)

«Las mujeres siempre aman a contratiempo.» (p. 113)

Por supuesto que más de una, y en particular la última de estas frases, puede ser leída como una provocación, una boutade. Pero en su contexto son indiscutibles: no porque posean un valor de verdad mesurable, sino porque la potencia de la narración impregna de su fuerza cada ocurrencia. Y queda en el lector elegir qué valor le asigna a cada una.

Rara vez me ha tocado reseñar una novela evitando a la vez contar mucho más de la premisa. Pero el argumento, que existe y resuena, es la vasija que contiene todo aquello que antes mencionábamos, todo lo que se le exige a la novela perfecta.
Quizás este discurso sea tramposo. Una nouvelle de apenas poco más de cien páginas está en cierto punto equidistante del cuento largo y la novela típica de cien mil palabras. Tal vez Nothomb haya entregado una nouvelle perfecta y si incluso ni siquiera eso fuera, ¿qué importa? Los méritos hablan por sí solos, del mismo modo que ni Proust ni Joyce ni Nabokov ni Borges (ni la literatura argentina completa, para el caso) pierden una pizca de su valor literario por no haber obtenido jamás el Nobel de Literatura. Amélie Nothomb acaba de añadir otro excelente tomo a la Biblioteca (¿de Babel?) de la Gran Literatura Universal. No es poco.

Leé más notas de Juan Manuel Candal, aquí

Publicado en Leedor el 10-06-2011