Independencia, de Raya Martin

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Incaa TV incluye esta película en su programación de junio. Una joya.Lo primero que tengo que decir de Independencia es que llego a ella sin haber visto nada de la anterior obra de Raya Martin, director que según la presentación del ciclo es “autor de una de las filmografías más originales, radicales y rigurosas del cine contemporáneo”.

Hubo antes de estas proyecciones continuadas de Independencia un ciclo retrospectivo de largos y cortos (no perder de vista que Raya Martin tiene 25 años). Una idea que felizmente la Fundación Cinemateca Argentina comienza a instalar junto con la Asociacion Doc Buenos Aires. (Ya anunciamos la proyección de La danse, el Ballet de la Ópera de París, de Frederick Wiseman.)

Con capitales europeos (es coproduccion filipina con Holanda y Francia) la película de Raya Martin es, para el espectador, una experiencia que se presenta como nueva, pese a que gran parte de sus recursos revisitan el catálogo de formas del pasado primigenio: lo mas notorio, cámara fija, blanco y negro, escenarios y telones artificiales, coloreado de fotogramas en alguna escena hacia el final, preeminencia del plano general.

(Lamentablemente la copia en dvd de la proyección no le hace mérito a estas intenciones expresivas de la fotografía, que aparece bastante borroneada.)

Precedida por Una película corta acerca del Indio Nacional(2005), sobre la invasión española en Filipinas, le seguirá otra sobre la invasion japonesa. Independencia es la segunda parte de una trilogía que promete trabajar sobre la historia de las tres invasiones de las potencias colonizadoras (España, EEUU y Japón)

En el prólogo de Independencia, en una fiesta popular un grupo de gente conversa en un mercado, de pronto se escuchan bombas: la invasión está dando comienzo: “Pronto van a llegar” dice uno de ellos.

En la siguiente escena, al más puro estilo del modo primitivo, una madre y un hijo huyen a la selva. “Vamos a vivir acá” dice la madre, convirtiéndose en fundadora de una especie de “casta salvaguardada”, es el refugio de la naturaleza, omnipresente, ruidosa. Las papas son el alimento “hay que trabajar la tierra”, dirá. La choza que se convierte en el hogar había sido dejada por los españoles (remite a esa intencionada trilogia histórica).

A esos personajes abandonados a su suerte les queda soñar por la noche, globitos sobre sus cabezas muestran el sueño, la cámara se mueve por única vez buscando el centro de la viñeta.

Hasta ahi, los planos se suceden conformando escenas centradas en sí mismas. Animándose también al montaje narrativo, aunque menos evidente. Esa época experimental de fundación del cine de Hollywood. ¿Es Hollywood o lo primitivo lo que busca en el pasado el joven Raya Martin?. También hay lugar para la irrupción del documental, como en “El ciudadano“, o como si fuera Mother Dao, esa maravilla de Vincent Monnikedam que trabaja sobre los archivos de los documentales de la dominación holandesa en Indonesia, como si fuera Buñuel en La edad de oro ¿por qué no?: la pedagogía del invasor se basa en que el delito debe ser castigado: el soldado que dispara al niño. Justificado: el niño estaba robando. Hay una edad de oro que busca Independencia: el escape a la selva, sabemos de su inutilidad.

No es una película fácil, es lo más nuevo que ofrece el cine contemporáneo y además, es la mirada del oprimido, una mirada apocalíptica, salvaje, virgen, revelada, que puede no tener salida, pero que tiene un simbolismo de abrumadora belleza. Entre estos símbolos, hay dos que son fundamentales: la tormenta central que ocupa varios minutos hacia el final de la película y que opera como la afirmación de que es la naturaleza la que mata, tanto como el hombre, tanto como el extraño. El otro simbolismo: el niño que parece escapar finalmente de los “cazadores”, inmediatamente después el cielo se tiñe de rojo.

Publicado en Leedor el 18-07-2010