Roberto Arlt va al cine

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Crítica constructiva para este prolijo trabajo que explora la relación entre Arlt y el cine.Roberto Arlt va al cine o… el cine y esos libritos.

El autor de Roberto Arlt va al cine, Patricio Fontana, ha realizado un cuidadoso rastreo en toda la obra de Arlt y lo primero que se descubre es que el escritor mentía. Esto no es extraño en el rubro creadores. Así, su afirmación ?Rarísima vez voy al cine? queda desmentida a lo largo de este libro.

Arlt iba al cine con mucha frecuencia. Tenía sus actores favoritos ?el más venerado parecería ser Emil Jannings y tampoco oculta sobre aquellas películas que le brindaban la posibilidad de instalarse imaginariamente en lugares exóticos. El fichaje de Fontana en este aspecto resulta inmejorable. De este modo, cualquier lector que quiera sacar conclusiones por su cuenta tiene a mano el listado de la novelística de Arlt y de sus siempre bien recibidas Aguafuertes porteñas.

El teatro se mantiene aparte ?también los cuentos- aunque los sueños de los oficinistas de La isla desierta resulten también cinematográficos, al menos desde nuestra perspectiva.

El problema con este libro prolijito reside en las hipótesis o conjeturas que nada hacen por saber algo más sobre Arlt. En la página 14, cuando se trata de resolver si la prosa de Arlt tuvo o no vinculaciones con el expresionismo se nos informa que ?Son sin embargo rarísimas ?y quizás inexistentes- las oportunidades en que Arlt nombra las películas más paradigmáticas del expresionismo? Fontana supone que Arlt las vio pero que no hay constancia alguna.

En el capítulo I, que lleva por título el nombre de la diva italiana Lyda Borelli, también tenemos que suponer que esta señora le servía a Lucio, el de El juguete rabioso, para sus actividades masturbatorias. El verdadero trabajo de investigación pasa más bien por la actividad cinematográfica del Buenos Aires de la década del 10 del siglo pasado Es en este aspecto en que Fontana merece respeto.

La sonrisa burlona que despiertan los aguafuertes ?Soy fotogénico?? y ?Me parezco a Greta Garbo? son utilizadas por Fontana para disquisiciones más bien anodinas. Lo propio ocurre con ?Viendo actuar a Emil Jannings? donde jamás se nos aclara por qué razón este actor alemán causaba semejante impacto en Arlt, quien en segundo término colocaba a Charles Chaplin..

En el capítulo 4 descubrimos que Arlt admira El expreso de Shangai aunque para averiguar por qué este von Sternberg-Marlene Dietrich lo deslumbra hay que tropezar con el argumento del film que nos cuenta Fontana. Y estas digresiones, que son abundantes, causan en el lector una no deseada proclividad al tedio. En la mención de Hallelujah, la de King Vidor, va por suerte al punto de manera directa: sirve como chispa para la fértil imaginación arltiana. Aunque, por supuesto, el escritor se encuentre viajando por un lugar tan exótico para él como el Chaco argentino.

Como si tuviera alguna importancia y en varias ocasiones, Fontana propone la cercanía o el alejamiento de Arlt desde y hacia Borges en el terreno de la imagen en movimiento.

No sabemos hasta qué punto esto tiene alguna relevancia, a no ser que se considere a Borges como un teórico del cine. Se ve la necesidad de revalorizar a Arlt comparando sus opiniones con las del vate internacional.

Que Arlt sabe que el cine encarna la modernidad está expuesto, nos dice Fontana, en varios escritos, aunque especialmente en El cine y estos pueblitos. Sin embargo, el entretenimiento de la imagen ?también para el escritor-, al menos la mayoría del cine, tiene en las mujeres el más feroz de los destinatarios.

En el capítulo 8, Marruecos, vemos a Arlt en su viaje por África. Y aquí comprueba la superchería del cine de Hollywood. Si bien se siente atraído por el magnetismo de su barbarie, no puede menos que ocuparse del casamiento y del matrimonio en lo que él supone es todo el continente. A estas alturas vale la pena preguntarse dónde ha quedado el cine.

Mejor es el capítulo 9, El cesante. Aunque Fontana aprovecha el aguafuerte El cine y los cesantes para referirse a la crisis y al desempleo. Suponemos que los datos que allí figuran ?la diferencia entre los cines de primera línea y los ?baratieri? pueden resultar de algún interés para los muy jóvenes ?Fontana nació en 1975-.

Quien desee enterarse de cómo el escritor veía ciertos productos tipo el primer Mayerling, haría bien en recurrir directamente a las críticas recopiladas.

En el 11, Cine argentino, Fontana deduce que a Arlt no le interesaba el cine nacional por la abundancia de gauchos. Aquí lo curioso es que él enseña en la Universidad del Cine y que debiera saber que Manuel Romero, el factotum de los años 30, dirigía un cine por completo urbano y que los finales felices, si tenemos en cuenta a Prisioneros de la tierra o Una mujer de la calle no se daban de manera matemática. Arlt, con el prejuicio habitual de algunos intelectuales de la época, podía darse el lujo de la ignorancia, pero Fontana a estas alturas, ya no. Es imposible confundir al gaucho con los mensúes, algo que le parece plausible o que no aclara. Por otra parte, esto de los finales felices, ¿no era acaso patrimonio del cine de estudios en el mundo de Occidente, a imitación de Hollywood? Peor aún, Hollywood insiste con el asunto en 2011.

En el capítulo 12, Aquel gaucho, el autor indaga en la ambivalencia de Arlt para con aquel mito que se llamó Rodolfo Valentino. Mucho se ha escrito sobre este símbolo sexual de los años 20 del siglo pasado. Por lo tanto, no sabemos a qué vienen las páginas que se dedican a la vida y muerte del actor. Más interesante resulta el análisis de las dos fotografías en donde puede verse cómo Arlt imita a Valentino ?aunque tiene hacia el actor un sentimiento de ambigüedad no deseada-. El testimonio de Petit de Murat sobre Arlt como posible guionista ya se conocía. Y lo extraño es que una de las fuentes citadas lo remonte a 1931 cuando Petit se inició en el cine como co-guionista en 1939. Por otra parte en 1931 el sonoro argentino tal como lo conocemos era inexistente.

El libro tiene una escritura diáfana y entretenida. Su impresión es inmejorable y se espera que en las reimpresiones corrijan en la página 73 el ya trasegado error: no es Katherine sino Katharine Hepburn. Desde los años 60 del siglo XX es ya muy abundante la literatura crítica sobre este verdadero creador. Se aguarda que a los lectores el texto de Fontana les otorgue una dimensión arltiana que faltaba.

Publicado en Leedor el 2-06-2011