Hamlet el señor de los cielos

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Cien minutos para la reflexión sobre el teatro y sobre los descarnados gobiernos neoliberales de los 90 que, bajo la mascarada del libre mercado y de una falsa moral, fueron cómplices y ladrones.La obra nace de una historia verídica que devino luego leyenda urbana: Amado Carrillo Fuentes se había convertido, durante la década del 90, en el rey el narcotráfico. Después de la caída de Medellín y Cali, el cártel de Juárez, el que gobernaba Carrillo, pasó a dominar el negocio de la droga.

?El señor de los cielos? (así llamado por poseer una flota de aviones Boeing 727 con los que movía la cocaína desde lo más alto) era un hombre discreto, poco se sabía de él, nadie podía precisar ni su rostro (salvo por alguna vieja fotografía) ni su edad. Sabía que no le convenía mostrarse ni alardear. Se tejieron entonces sobre él innumerables historias que empezaron a construir el mito: Carrillo pasó cuatro veces más cocaína hasta los Estados Unidos que ningún otro narcotraficante en la historia, se comportaba como un niño, compraba autos y propiedades como caramelos pero también ayudaba a los pobres.

Carrillo, se decía, contaba con el apoyo de políticos y militares. Cuanto el apoyo se esfumó, supo que corría riesgos. Argentina fue su lugar elegido para empezar una nueva vida, quizá lejos del negocio, cuando ya Estados Unidos había pedido su cabeza. Pero este sueño de libertad no llegó a cumplirse: Carrillo muere en el Distrito Federal mexicano tras someterse a una cirugía estética que le cambiaría el rostro.

Es allí donde se termina de conformar su leyenda: las razones de la muerte nunca fueron esclarecidas, se dice que murió por mala praxis aunque en el aire flotaba y convencía más la idea del asesinato. Los médicos, que podrían haber aclarado la situación, murieron también en circunstancias extrañas. Otros muchos dicen que el rey de los cielos no murió. Fue entonces cuando los narcocorridos (aquella versión narco de los corridos mexicanos) pasaron a exaltar su figura y a negar su muerte.

Rubén Pires se apropia de estos documentos periodísticos y construye con ellos una ficción, cruzada con el clásico shakesperiano. Uno, dos o tres personajes están inspirados en estos sucesos, todo lo demás está hecho de la materia de los sueños, es puro cuento, ficción, magia literaria.

Hamlet, el señor de los cielos es una propuesta super jugada (como siempre debería ser el arte) porque corre muchos riesgos. El principal está en la mezcla: de ficción y realidad, de tiempos y espacios (actuales y remotos), de tragedia y comedia, de la estructura dramática brechtiana y el teatro isabelino. Y el resultado sólo puede ser extremo: o estamos ante una genialidad o un bodrio sin sentido. Por suerte (para el teatro, para el público, para todos) nos encontramos con una pequeña obra maestra.
Hablábamos algunas notas atrás, en relación a
Caer en amor, de la dificultad que supone adaptar a estos tiempos una obra del gran dramaturgo inglés, por su lenguaje, por su lirismo y también por su temática. En este caso, se logra con creces. Así, Dinamarca y Escocia pasan a ser el Cártel de Juárez y el del Golfo, Gertrudis, Ivonne, una mujer sin escrúpulos, el rey Hamlet, un jefe narco, Hamlet, H, un joven idealista que cae en una realidad desconocida.

La historia comienza en San Pablo donde H, un joven cineasta mejicano que desde hace tiempo está radicado en Argentina, se encuentra realizando un documental. Allí se entera de la trágica muerte de su padre y debe regresar a su país natal donde lo espera una verdad desconocida, una historia familiar no sospechada ligada a una lucha territorial, mediática y política entre cárteles del narcotráfico. Todo lo demás es historia conocida: un tío, una traición, una venganza, un drama.

Conocer el argumento central de la obra no le quita mérito ni intensidad. El espectador no pierde interés porque las escenas se suceden en sólida armonía, los espacios están muy bien aprovechados y las actuaciones se lucen. Destacamos especialmente el trabajo de Lucas Ferraro que logra captar la esencia del héroe shakesperiano con todos sus matices, dudas e interrogantes.

Interrogantes que lo trascienden y se apoderan de la obra y de cada uno de nosotros: ¿Cuáles son los límites de la realidad y la ficción?

Vayan a ver Hamlet, el señor de los cielos.
Son cien minutos sin desperdicios, tiempo aprovechado en la reflexión sobre el teatro y sobre (lo que la hace una obra de gran actualidad) los descarnados gobiernos neoliberales de los 90 que, bajo la mascarada del libre mercado y de una falsa moral, fueron cómplices y ladrones.

Publicado en leedor el 29-5-2011