No es país para viejos

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Un escalón más arriba de su versión cinematográfica de los Coen, vale la pena revisitar la novela de McCarthy que le dio origen.La gran mayoría de aquellos que ahora mismo estén empezando a leer esta reseña seguramente haya visto la adaptación cinematográfica de los Coen.

Que no carece de méritos: los hermanos hace rato que dejaron de preocuparse por ser pomposos en los movimientos de cámara para dedicarse a filmar de un modo para muchos más convencional, para otros más maduro. La aridez de las locaciones y el modo en que están retratadas reflejan tanto el mundo exterior como interior de los personajes. Y por supuesto, cuenta con un elenco espléndido, con actuaciones memorables de Tommy Lee Jones ?por la sutileza? y de Javier Bardem ?al borde de la caricatura, pero tan inolvidable como aquel Malcolm McDowell que le prestaba el cuerpo al Alexander DeLarge de la ?Naranja Mecánica? de Kubrick.

Y aún así, aunque la película logra extraer del libro la esencia y dotar a los personajes de una tridimensionalidad normalmente ausente en el cine yanqui (e incluso muchas veces, en el de los Coen), la novela de Cormac McCarthy está un escalón más arriba, y no se trata de la típica queja de la supuesta ?pérdida? en la traducción de dos lenguajes (literatura, cine), después de todo, basta volver al ejemplo de Kubrick para refutar esta idea (que se ha metido con otros escritores de renombre ?dicho sea de paso?: Arthur Schnitzler, Vladimir Nabokov, William Makepeace Thackeray). Luego de una breve síntesis argumental, veremos el por qué de la premisa anterior:

«El cazador y veterano de Vietnam Llewelyn Moss descubre por casualidad la sangrienta escena de una carnicería entre narcos en algún lugar de la frontera entre Texas y México. Entre los cuerpos y los paquetes de heroína, descubre también algo más de dos millones de dólares. A partir de este momento comienza la violenta carrera de Moss por escapar de los que quieren darle caza: Wells, ex agente de las Fuerzas Especiales contratado por un poderoso cartel; Antón Chigurh, una implacable máquina de matar, para quien recuperar el dinero de sus jefes es apenas la excusa para descargar una y otra vez su arma y poner en práctica su máxima: no dejar nunca testigos; y un sheriff veterano de la segunda guerra mundial que añora los buenos tiempos y esconde un doloroso secreto que lo mantiene vivo.»

Algo tienen en común los personajes más relevantes de esta novela: haciéndole un guiño al ?Ecce Homo? de Nietzsche, podríamos decir que ninguno de ellos puede dejar de ser lo que es. Moss, además de un cazador es un trotamundos, atrapado en una vida cotidiana sin mayores sorpresas. Por supuesto que quiere conservar el dinero que encuentra, pero es también la excusa para embarcarse en una aventura que por una vez sale de lo previsible. El sheriff Bell, ya entrando en la vejez, cuenta que dos generaciones atrás su abuelo, que también era sheriff, ni siquiera necesitaba salir con un arma. Él mismo se jacta de no haber tenido que matar nunca a nadie. Ha visto ejecuciones y homicidas, pero como dice en uno de sus varios monólogos, respecto del asesino que pone en jaque a toda la comunidad: «Dicen que los ojos son el espejo del alma. No sé qué podían reflejan sus ojos y creo que prefiero no saberlo. Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo, y a eso es a lo que voy. Esto me ha puesto en una situación a la que nunca pensé que llegaría. En alguna parte hay un verdadero profeta viviente de la destrucción y no quiero enfrentarme a él. Sé que es real. He visto su obra.» No se trata de falta de valentía, al menos no de ese coraje sureño para enfrentar un crimen o a un criminal. En todo caso, aquello con lo que no puede lidiar el Sheriff Bell es con el cambio de paradigma al que hace referencia el título de la novela: no es país para viejos, no es ya un país para esa gente acostumbrada a que matar era un último recurso desesperado, en el que había un orden y una fe en el valor esencial del la vida. Dígase lo que se diga sobre los horrores del siglo XX, todos hemos conformado una sociedad que, particularmente en el siglo pasado, en occidente, edificó una tradición de convivencia, un modo de civilización. En ese paradigma, la matanza solía ser un último recurso (al menos en la cuadra de uno). Al sheriff, quién le ha terminado de despojar de su ocaso sereno es Anton Chigurh, un matón sádico, capaz de una crueldad seca como pocas veces se ha visto. No es el típico asesino ?creativo? de los thillers de Hollywood, no hace fiestas sangrientas de desmembramiento ni paladea la tortura de sus víctimas. Chigurh directamente no tiene ningún apego por la vida. Es una máquina perfecta de matar, como el tiburón, capaz de comerse sus propias tripas si es necesario, con un objetivo siempre en mente y una filosofía que tiende al caos y a la anarquía: «Ese es el problema: disociar el acto de la cosa» según sus propias palabras.
«La razón de que nadie sepa qué cara tiene es que ninguno ha vivido lo suficiente para decirlo».
Chigurh no es un bruto. Es instinto puro, sí, bien entrenado sin respeto alguno por su vida ni por la de ningún otro. Incluso lleva consigo como arma de ejecución una pistola de aire comprimido, conectada mediante una manguera a un tanque de oxígeno. Chigurh representa de un modo existencial pero muy tangible todo lo que los hermanos Nolan quisieron lograr con el Joker de la segunda entrega de Batman, ?The dark knight? o ?Caballero oscuro?: la imprevisibilidad absoluta que representa aquél que mata fuera de toda moral y ética social, y más aún en éste caso, sin ninguna resonancia emocional.
Hay una escena en la que Chigurh incluso se toma el trabajo de ir en busca de una persona a la que no tiene ninguna necesidad objetiva de matar: no hay dinero de por medio, ni venganza, ni siquiera conoce a su víctima. Pero habrá de ir por ella sólo porque, según explicará, siente que debe hacerlo: se lo prometió a un muerto en caso de que éste no cumpliera con una entrega.
Ante esta situación, el cada vez más estéril y paralizado sheriff Bell ?siempre siguiendo un paso atrás una hilera de muertos que no parece tener explicación racional?, reflexiona sobre el momento que le toca vivir: «Loretta me dijo que había oído por la radio que no sé qué porcentaje de niños en este país son criados por sus abuelos. No recuerdo qué tanto por ciento. Bastante alto, me pareció. Los padres no querían educarlos. Estuvimos hablando de eso. Lo que pensamos fue que cuando llegue la próxima generación y tampoco quieran educar a sus hijos, ¿quién lo va a hacer? Sus propios padres serán los únicos abuelos a mano y ellos no querrán hacerlo. No se nos ocurrió ninguna respuesta.»
Y es que hay una serie de rasgos particulares en la escritura de McCarthy, que lo separan de la mayoría, y que puede ser incluso tediosa para muchos, así como lo ha sido la incorporación del diálogo al párrafo descriptivo en Saramago o Restrepo. En el caso del norteamericano, el abuso de las conjunciones en lugar de las comas, el diálogo superficial, que sólo deja ver en sus grietas la verdadera naturaleza de sus personajes, son algunas de ellas. En ?No es país para viejos?, esto último funciona más claramente que nunca: todo lo que es esencial está en los intersticios. No se plasma en un diálogo ?casi nadie tiene nada muy importante que decir?, sino en lo que sucede entre los diálogos, lo que no se dice, lo que se calla, lo que se oculta detrás de la repetición de fórmulas repetidas ad infinitum. Incluso sucede con parte de la acción. Si bien la novela no carece de escenas violentas, la muerte más significativa de todas transcurre fuera de la página. Llegamos a un clímax y entonces luego cortamos y nos enteramos de cómo terminó el asunto. Elecciones como esta, o la suerte de ciertos personajes, que salen del relato sin tener una resolución tradicional, son suficientes indicios no tanto de la categoría del escritor, o de su instinto posmoderno, sino de una postura ante la literatura: ya no necesitamos que nos cuenten una historia cerrada en sí misma, en la cual cada elemento está aplicado con precisión para tener su golpe de efecto más tarde. Si vivimos en este país sin lugar para viejos, para la vieja tradición, para la civilización que creímos que estábamos construyendo, si reina una anarquía azarosa y se ha perdido todo respeto por la vida, ¿qué sentido tiene contar aquellas historia anacrónicas, de causa y efecto, psicología cerrada y diseñada y plan arquitectónico narrativo? El mundo es un caos, y la novelística de McCarthy refleja la apatía conducente, la sensación casi apocalíptica de desmoronamiento de una sociedad.

No es casualidad que su siguiente novela fuera ?La carretera?, que arranca directamente luego de un evento apocalíptico que ha diezmado la población del mundo. Mientras tanto, ?No es país para viejos? es mucho más que una historia bien narrada: por un lado es una mirada más sobre el fin del sueño americano. Por otro, una serie de reflexiones escudadas detrás de la forma del thriller, de un escritor que, por suerte, tiene muchas más preguntas que certezas.

Publicado en Leedor el 25-05-2011