Todos eran mis hijos

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La versión del drama de Arthur Miller llevado a escena airosamente por Claudio Tolcachir vuelve a presentarse en Buenos Aires.
El realismo de Arthur Miller que dio sus frutos en diversos intertextos del sistema teatral rioplatense parece a priori un desafío muy arduo por la traslación de situaciones propias del Imperio que Miller critica desde adentro. Sin embargo, el desaparecido autor ha subido a los escenarios porteños con éxito en distintas puestas en escena porque su trasfondo moral es el ineludible superobjetivo de todos los directores. Ese mensaje que quien hace la puesta en escena desea que el público se lleve, excede cualquier innovación porque más allá de las intenciones de quien dirija, hay un estado de cosas que se re-presenta que tiene un anclaje en el contexto histórico de esos seres que Miller describe a la perfección. Si Brecht hablaba de gestus social como el comportamiento ético de un personaje que se traslada a la acción, Miller otorga a sus personajes toda una impronta que es inmanente a los diversos avatares de la economía de los EEUU y los modos en que sus criaturas establecen, vulneran o manipulan sus vínculos en base a la circulación de la moneda. Si el naturalismo se creía fenecido hace más de 100 años, en las puestas millerianas, regresa con potencia porque no hay modo de desvincular los modos de producción de cada época con lo que se narra en cada obra.

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Todos eran mis hijos presenta una familia que ha perdido un hijo en la guerra hace tres años. La madre encarnada por Ana María Picchio no pierde la esperanza de recobrarlo, amparada en una intuición materna. El padre, a cargo de Lito Cruz se debate entre conseguir cierta paz para su mujer y mantener un status quo que permita que el hijo menor se quede a cargo de la fábrica ya que es el único heredero. La llegada de la ex novia del desaparecido hijo, irá desanudando las mentiras y omisiones que desde hace tiempo encierran a la familia en un mar de silencios.

El padre de la joven que ya no se casará con el hijo ausente para siempre, se encuentra preso pagando las culpas por la caída de 21 aviones militares debido a las fallas que sus cilindros llevaban de fábrica.

Un retardo de la resolución, previsible y única pone de manifiesto que el culpable no es nada más ni nada menos que su socio, la cabeza de esta familia, el padre del hijo perdido. De nuevo, el dinero que por su falta destruye a Willy Loman desde el paratexto que le da título a la obra ?La muerte un viajante?, el mismo dinero que se necesita para ascender y conseguir la nacionalidad norteamericana en una familia como la de ?Panorama desde el puente?, circula por la obra como causa, móvil y prueba final de la desaparición del hijo hasta entonces desconocida. La esperanza última se pierde por una carta que la novia del fallecido entrega a la familia provocando el desenlace.

Es claro que Miller escribió ?Las brujas de Salem? para poder hablar del macartismo, que también lo persiguió y que asoló a los EEUU tildando de comunistas a todos aquellos que no adherían a ciertos modos de manejo de una sociedad que se ascendía a través del capitalismo a la vez que desmoronaba sus valores morales y que en sus obras se nota claramente cómo ese sistema erosionó a la familia americana hasta volverlo todo relativo.

En Todos eran mis hijos, Claudio Tolcachir logra dar en el tono de aquello que se quiere narrar, la densidad de lo ocurrido circula como el dinero por toda la puesta, hay aciertos de dirección notables y así el hijo, heredero y sobreviviente de la guerra en la piel de un excelente Esteban Meloni, la nuera, a cargo de una correcta Vanesa González juegan escenas que alcanzan los puntos más dramáticos de la obra, acompañados por un bien jugado papel de Federico D?Elia que como hermano de la novia, llega para desbaratar una mentira y acelerar una verdad que se aproxima.

La madre interpretada por Ana María Picchio se luce por encontrar el exacto punto de los personajes femeninos embragues de las obras de Miller. Esas mujeres que se debaten siempre entre la verdad y la necesidad de sostener una familia a cómo dé lugar, porque en ellas reposa cierta estrategia que las lleva a querer obtener una estabilidad tan precaria como la felicidad que se podría alcanzar, un american dream de hojalata.

Tolcachir logra además, quitarle por momentos, sólo por momentos, ese tono tan rioplatense que es una marca de Lito Cruz y que tan buenos resultados ha dado pero que en Miller no siempre concuerda con la inflexión necesaria para alcanzar organicidad. El resto del elenco cumple my bien los objetivos de acompañar este drama que tiene como trasfondo una guerra que ha mutilado algo más que cuerpos.

La guerra hiere de muerte a esta familia porque como la industria que es, la involucra.

La escenografía también naturalista, es sobria y colabora con la diegésis porque, para contar esta historia, un jardín por el que puedan transitar vecinos y amigos y una casa detrás donde se desarrollarán escenas que inquietan y determinan, es suficiente. La iluminación juega su papel con acierto en los claro oscuros de la planta escénica y de la historia. El vestuario, maquillaje y peinados reproducen una época y coadyuvan a la consecución de un momento histórico determinado.
Claudio Tolcachir, consagrado y joven director, nos ha entregado trabajos excelentes como Tercer Cuerpo, La omisión de los Coleman, Agosto y con Todos eran mis hijos sale airoso otra vez, pues dirigir a algunos monstruos sagrados de la escena nacional no debe ser tarea fácil, más tratándose de Arthur Miller, en donde fama y trayectoria no alcanzan para salir triunfantes del reto y la puesta logra la emoción y empatía del espectador y consigue que éste aplauda calurosamente por volver a tener un Miller bien montado, en escena.

Publicado en Leedor el 15-05-2010