La muerte de Bin Laden

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Argumentaciones y falsedades del aparato comunicacional norteamericano ponen en común la muerte del Che y la exhibición de su cadáver y la muerte de Bin Laden y la “no exhibición” de su cadaver.El cuerpo de Bin

En la primera parte de ?La hora de los hornos? (versión 1968), se muestra durante varios minutos la cara del cadáver del Che. Su rostro como símbolo de rebelión representa, quizá por primera vez, una contradicción simbólica con el cometido expreso de su asesinato: el debilitamiento de la lucha guerrillera. Para Solanas y Getino esa imagen es símbolo de la lucha armada, una muerte que invierte su sentido, un mensaje para las masas invocadas en la película y una asignación a ser discutida por el público que asiste a cada proyección. El cuerpo del Che resulta en el film, un hilo transmisor del subtítulo del film ?violencia y liberación?, no como resurrección ni muerte mística, ni siquiera de encarnación del Che en cada revolucionario, sino como el anuncio de una futura victoria, con la foto como prueba de lo tangible de una historia irrebatible. En este sentido, lejos de toda nocturnidad, su muerte es victoria, el principio lírico de una secuencia de impulsos colectivos.

Este 1º de mayo, luego que Barack Obama confirmara en cadena nacional que agentes de la CIA habían asesinado a Bin Laden, inmediatamente proliferaron las dudas por la decisión de no publicar imágenes del líder muerto.

Con tantos años de distancia, un extraño lazo une al Che Guevara con Osama Bin Laden. Perseguidos por la CIA, se declararon enemigos de Estados Unidos y viceversa, y el paradero de Guevara y Laden en vida, fue tratado como un asunto de inteligencia internacional. Uno estaría escondido en la selva boliviana con el objetivo de conducir las fuerzas guerrilleras, el otro en las oscuras cuevas del desierto afgano dirigiendo la organización terrorista de Al Qaeda. Cuando EEUU rastreó al Che y lo mataron en 1967, el secreto envolvió las circunstancias de su muerte y la disposición de su cuerpo acribillado de la misma forma que asoman las contradicciones y la desinformación en la muerte del líder musulmán.

Sin embargo, el Che muerto fue puesto para la demostración pública durante varias horas en la casa de lavandería del hospital de la ciudad. Durante esas horas de luz fue visto por cientos de vecinos curiosos y un puñado de periodistas que lo fotografiaron y lo filmaron. Entre ellos, estaría Freddy Alborta quién fotografiaría el cadáver del Che e inmortalizaría esa mítica imagen que se mostraría en ?La hora de los hornos? y otras tantas referencias más. Es posible que con la foto de Alborta mostrando al Che muerto, se esperara que la imagen del hombre destruido diluya su leyenda. Pero un error básico se produjo luego del asesinato: el trato del cadáver. Maquillado como un Cristo, un halo envolvente de sacrificio le otorgó resabios de una religiosidad fatalista y oscuro erotismo. Según trascendió en su momento, un periodista norteamericano que asistió a la autopsia tuvo la misma sensación que Alborta cuando sacó la foto: el cadáver del Che tiene vida, una fuerza inusitada, una potencia contagiosa. Este influjo, desde luego, ya no sorprende.

En ese entonces, el alto comando militar de Bolivia había publicado un comunicado que decía que el Che había muerto de heridas sufridas en la batalla. Pero Guevara había muerto de heridas de bala pero no en batalla. Más tarde se supo que el agente de la CIA responsable, ordenó al verdugo de Che pegar un tiro en el cuello de modo que pareciera que murió resistiendo.

Bin Laden tampoco murió en combate. De hecho el vocero de la Casa Blanca declaró que estaba desarmado aunque Obama en el comunicado que anuncia su muerte aseguró que se lo ejecutó porque ?había resistido en un tiroteo?. El cuerpo sin vida de Bin Laden obviamente también fue fotografiado junto con tres hombres también acribillados pero sólo las imágenes de éstos trascendieron simultáneamente la mención oficial de la no publicación de fotos de Laden muerto por considerarlas ?truculentas?.

Más contradicciones enlazan las muertes.

Las manos de Che fueron amputadas, puestas en tarros con formol y colocadas en la custodia del jefe de inteligencia de Bolivia. Creyendo que ningún ADN lo develaría, su cuerpo fue llevado a una pista de aterrizaje donde una excavadora cavó un hoyo grande y fue vertido dentro junto con los cuerpos de varios compañeros muertos. Sin embargo esa no fue la primera versión. Primero se dijo que el cuerpo de Che había sido llevado por un helicóptero, largado en la selva. Luego se afirmó que había sido incinerado y sus cenizas dispersadas.

¿No hay acaso demasiadas coincidencias con el supuesto ?entierro en el mar? de Osama Bin Laden? ¿Por qué tanto apuro por precipitar la inmersión de su cuerpo en el mar declarando respetar el rito musulmán?

El cuerpo de Che finalmente fue encontrado, exhumado y repatriado a Cuba, donde fue enterrado con honores estatales en 1997.
“¡Que nos muestren el cuerpo!”, claman de un lado y de otro. Los habitantes de Abbottabad, ciudad paquistaní donde Bin Laden fue encontrado muerto, quieren las reliquias como bandera y los norteamericanos que lo indican como el culpable del atentado del 11 de septiembre del 2001 quieren desfiles, festejos, genuflexión, declaraciones en voz alta y sí, documentos que indiquen que todo eso es cierto a modo de la ejecución de los condenados de la plaza pública a la vista de todos. Muchos otros multiplican las dudas por todas las veces se ha dicho que Osama estaba muerto y razonan que si Estados Unidos está seguro de haberlo matado y cree haber cerrado con su muerte una etapa de terror en el mundo, por qué no precisar las circunstancias de su muerte.

La justicia norteamericana se muestra a través de una parafernalia armada rodeada de un despliegue militar que puede destruir lo que se proponga. Tienen el poder de la fuerza pero la debilidad de un discurso que justifique esa fuerza. No consiguen un relato que pueda legitimar sus actos. Tampoco saben prevenir, de acuerdo a las históricas decisiones poco sagaces en ese terreno, la proliferación de la simpatía de quiénes ellos marcan como sus enemigos cuya re significación luego coloca como mártires. La disimetría entre fuerza y discurso, el irreversible desequilibrio de sus fuerzas, forma parte de la segura preocupación de Washington.

Como los restos mortales de los santos de la cristiandad, los cuerpos yacientes del Che y de Bin Laden, obviamente cada uno a su tiempo, representan un poder que sirve para interceder, para recordar y crear una proximidad más tangible con los valores simbólicos que los constituyen. Resulta una huella de individuación que descuartizado, amputado, marcado en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto sería ofrecido para su veneración en inespecífico espectáculo. Un cuerpo anulado y reducido a polvo, arrojado al viento o al agua, destruido trozo a trozo por el infinito de la fuerza, constituye el límite no sólo ideal sino real que no hace otra cosa que desplegar sobre el cadáver su teatro magnífico, el elogio ritual de su fuerza.

Para que Osama no se conviertan en un ícono en contra de la política norteamericana, como es la imagen del Che contra el imperialismo, Obama decide no mostrar evidencias del cuerpo yaciente de Bin Laden, aún a costa del descreimiento que esta decisión conlleva. A cambio, nos ofrece animaciones que reconstruyen la masacre, las fotos ya mencionadas de los acompañantes y el rostro conmovido de Hilary presumiblemente viendo el horror de la muerte, aunque sea la del enemigo.

Es posible que la falta de pruebas sobre la muerte de Bin Laden se inscriba en línea con todas las argumentaciones y falsedades que el aparato comunicacional norteamericano suele construir (las armas de destrucción masiva, Saddam asesinando bebés, iraquíes festejando la caída de las torres, etc., etc.). Vivimos rodeados de suposiciones. Puede que la muerte del ?terrorista más buscado? sea una operación rescate de la alicaída imagen de Obama. Puede que la figura de Bin Laden valiera más muerto que vivo y que ya no tuviera la influencia ni el poder de antaño por lo que su muerte aun podía ser presentada como un trofeo antes que su efigie se diluyera en el tiempo.

Indudablemente sopesando pros y contras, aún alimentando la mente de los escépticos, mostrar huellas de su deceso fue evaluado como una posibilidad de enaltecerlo a un nivel no bienvenido de símbolo anti norteamericano.

Muerto Saddam y Bin Laden, ¿quién será el próximo alter ego yanqui?

Publicado en Leedor el 5-05-2011