Las islas

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Una adaptacion tan monumental como su libro para dar cuenta de la violencia de nuestra historia.Monumental tarea la de adaptar para la escena aquella obra monstruosa (no sólo por sus 600 páginas sino también por el tema abordado y, más aún, por el modo de abordarlo) que Carlos Gamerro editó allá por 1998. Cuando Alejandro Tantanian se lo propuso, ambos estaban trabajando en una versión de Hamlet pero el proyecto quedó trunco y ochos meses de trabajo sobre la obra de Shakespeare se transformaron en una adaptación sobre la propia materia, sobre la propia escritura. La empresa parecía imposible y quizá por eso hoy la versión teatral de Las islas es un hecho.

Estrenada para el público el pasado jueves 28 de abril, la obra respeta en esencia el efecto que a la mayoría de los lectores que se atrevieron a transitarla les provocó la novela: el pasmo, la incómoda sensación de extrañeza que nos invade cuando nos lean las entrañas, como ciudadanos, como pueblo, como argentinos. La sensación también de la herida abierta, de las respuestas que no llegaron, de las preguntas que no nos atrevimos (ni nos atrevemos) a hacer. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Malvinas? ¿De soberanía? ¿De los pibes que murieron por nada, de frío, de hambre, de indiferencia? ¿De los que volvieron pero tampoco pudieron salvarse? ¿De los que gritaron a voces que íbamos ganando? ¿De las aberraciones de los militos y los poderosos? ¿De un fetiche que los gobernante siguen usando para ganar adhesiones populacheras? ¿De un significante gastado, vacío? Porque detrás de todas las preguntas está el olvido, el silencio que atraviesa lo inexplicable, lo imposible de asir y que trasciende toda explicación económica, política o social, un lado oscuro: ¿Por qué Malvinas?

Lo brutal, lo intenso y lo verdaderamente interesante de Las islas (la novela y su versión teatral) es que nos sumerge de prepo en estos interrogantes no para darnos ninguna respuesta sino para hacerlos evidentes, para quitarnos la venda de los ojos, para pensar. Y pensar a veces duele como un cros en la mandíbula. Darse cuenta del absurdo, de la violencia de nuestra historia.

La acción comienza en 1992 cuando el hacker Felipe Félix (Diego Velázquez) llega a las oficinas recién estrenadas de Fausto Talermán (un genial Luis Ziembrowski), en Puerto Madero. Puede que lo único que una a estos dos personajes sea el desvelo, la existencia inútil y fantasmagórica y una herida de Malvinas. Una herida física en la cabeza de Félix y una emocional en el amor propio de este empresario, magnánimo y sin escrúpulos, que busca a su hijo, un hijo montonero que lo enfrentó y que fue capaz, en los setenta, de colaborar en su secuestro. Años después, su primogénito rebelde se alista como voluntario (otra provocación al padre) para ir a Malvinas y se pierde allí sin dejar rastros. Diez años más tarde, Talermán comienza a recibir anónimos de un tal Capitán X que le pide dinero a cambio de información sobre su hijo. Félix deberá encargarse de averiguar quién envía los anónimos. Sabemos además que una zona oscura une a ese hijo perdido y a aquel veterano; Felix no recuerda nada (un pedazo de casco incrustado en el casco le obturan los recuerdos de la guerra) pero Talermán le asegura que ambos estuvieron juntos en las islas.

La novela transita ciertos visos del policial que la adaptación deja de lado para centrarse en la tensión dramática (aunque también hay un vasto espectro genérico que se intentó respetar). En ese sentido se acerca a los parámetros shakesperianos que parecían haber enterrado en aquel proyecto fallido: la estructuración de las escenas, el cruce (casi natural, no forzado) de lo cómico y lo dramático, la interpelación a un público atónito y cierta tensión condensada en los personajes parecen ir por ese camino.

Las islas es una historia sobre Malvinas y es mucho más que eso. Es una oscura reflexión sobre el ser argentino que nos deja al descubierto en nuestras contradicciones, contrariedades, complicidades y en nuestros abismos (¡Tantos agujeros negros!). Es la puesta en escena, la materialidad literaria de eso que ya sabíamos: que el menemismo y la dictadura son hijos de la misma madre: el neoliberalismo, la indiferencia y falta de respeto hacia el hombre. En el medio, la guerra como punto ciego, como la ceguera de un pueblo que festejó lo siniestro, que cultivó el individualismo como máximo valor. Es una obra sobre los abusos de poder, sobre la violencia de los cuerpos, sobre los cuerpos violados para ejercer el poder, sobre la violencia en el cuerpo de la historia, en el cuerpo de la patria, en un cuerpo sin voz.

Hay que festejar que una obra así integre la cartelera porteña desde un teatro que sufre los envistes de un gobierno inescrupuloso que cree que la cultura, la salud y la educación son sólo motivos del déficit. Hay que celebrar por los artistas y los trabajadores del teatro que luchan con mínimos recursos para ofrecer espectáculos de calidad, que invitan a la reflexión, al buen gusto y a la profunda humanidad que implica una buena función de teatro.

Leé la entrevista a Matías Barki, uno de sus actores, aquí

Publicado en Leedor el 1-05-2011