Caer en amor

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Gran labor de investigación y de puesta en esta obra poco transitada de Shakespeare que incomodará a unos y maravillará a otros.
Esta nota tenía otro comienzo. Hablaba sobre Shakespeare, sobre su magistral forma de construir personajes universales y a la vez únicos, personajes sin tiempo y, a la vez, de todos los tiempos. Y, sobre todo, hablaba de la belleza que le imprimió a fuego a la lengua inglesa al escribir, quizá, la mejor prosa y la mejor poesía en su lengua. Esa lengua que dice ?to fall in love? para dar cuenta de que el amor es el sentimiento más profundo, contradictorio e intenso de todos aquellos que un ser es capaz de sentir. El dramaturgo inglés, mejor que nadie, supo representar el amor como caída, como rodar en abismos sin fin.

Pero no. El comienzo debe ser otro. Una anécdota menor pero significativa rodeó nuestra noche de teatro. Al final de la función, en medio de la calle, una señora se nos acercó para preguntarnos cuál había sido nuestra impresión de la obra. Yo, que nunca puedo hacer valoraciones al momento, sin haber procesado, digerido, pensado, le respondí generalidades. La mujer buscaba complicidad, alguna mano amiga que haya experimentado la misma sensación de desazón, el mismo desamparo. La obra no sólo no le había gustado sino que también le había generado una furia incontrolada, se sentía defraudada, con ganas de llorar de pura rabia.

Discutimos entonces con una amiga las causas de tal desmedida y apasionada reacción (tan de personaje shakesperiano, por otra parte). Se nos cruzaron, sin ninguna intención, conceptos como ?horizonte de expectativas?, ?Catarsis? ?vigencia de una obra?, ?adaptación?, ?lenguaje?, ?´época?, ?recepción?. Nada pareció quedar claro, sólo una serie de preguntas que rodaron en una cálida noche de otoño. No es poco mérito para un dramaturgo que murió hace cuatro siglos, eso de seguir generando pasiones desmedidas, discusiones y recepciones disimiles.

Caer en amor no es para cualquier espectador (en eso si coincidimos). Para quien la obra de Shakespeare es casi desconocida, la puesta le puede resultar tediosa, incoherente, una sucesión de palabras en una lengua (aunque sea nuestra lengua) desconocida, caída en desuso, con personajes no reconocibles y a leguas de distancia. En cambio, el que conozca los textos, algunos o la gran mayoría, disfrutará del espectáculo, podrá reconocer en cada fragmento recogido la voz, el cuerpo y la intensidad de varios personajes shakesperianos que han caído en amor. Romeo y Julieta, Cómo gustéis, Sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra, Noche de reyes, entre otras, son las obras que se van sucediendo durante unos 45 minutos, en forma de instantáneas que retratan el eterno rodar en caída libre de cualquier enamorado.

Caer en amor es estéticamente bella, tiene tras de sí una gran labor de investigación de un dramaturgo y su época que le ha permitido a la directora recrear movimientos, expresiones y formas del decir del Teatro Isabelino. La escenografía despojada (un banco y un espejo), la música y el canto (Sergio Pelacani recrea con su preciada voz de contratenor, algunas piezas del Barroco Medio que le dan a la puesta un ajustado clima de época), la danza, el vestuario, la iluminación (que oscila en claros y oscuros que nos ubican en tiempos remotos o sin tiempo) y las buenas actuaciones nos demuestran el conocimiento cabal de una obra y la claridad de una idea, que no es teorizar sobre las formas de amor, sino mostrar, poner de manifiesto.

Shakespeare es sin duda uno de los escritores más conocidos de la historia de la literatura universal. Todo el mundo sabe que escribió Romeo y Julieta y que esa es una obra que habla de amores contrariados, imposibles. Pero Shakespeare es mucho más que eso; es, y en esto seguimos fervorosamente, a Harold Bloom, quien inventó lo humano en el teatro, esos personajes que cambian porque se desarrollan, porque devienen otros en el intento de conocerse a sí mismo, de concebirse de nuevo como otros.

Habrá que ver qué tan lejos de los nuevos lectores y espectadores quedó aquel lenguaje y aquella dramaturgia. Habrá quienes opinen que los textos deben adaptarse para hacerlos comprensibles a las nuevas generaciones o, por el contrario, otros que dirán que la adaptabilidad debe estar correr por cuenta del receptor, que deberá hacer el esfuerzo intelectual de entender lo que ve o lee, para abrazar los modos de decir y entender el amor (o el odio, o la culpa, o la venganza, todo, absolutamente todo lo humano) que llegaron a nosotros, en otras formas, pero con la misma esencia.

Quizá lo mejor de William Shakespeare, y también de Caer en amor, sea esta posibilidad de abrir caminos, de generar preguntas y de pensar el teatro como campo de fuerza de las pasiones.

Publicado en Leedor el 1/05/2011