Solar

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O futuro clásico o ejemplo de declive, aunque la nueva novela de Ian McEvan divide aguas es un libro que invita a pensarlo después de haberlo leído.
Dicho por el mismo autor, a McEwan le gusta escribir libros cortos, ?que se puedan leer casi de una sentada o dos?. Sus dos primeras novelas (?El jardín de cemento?, 1978, y ?El placer del viajero?, 1981) cumplen perfectamente con este concepto: novelas breves, con densidad narrativa a la vez que capaces de invocar una suerte de hipnosis que vuelve adictiva la lectura. Lo mismo ocurre con su ahora anteúltima novela, ?Chesil Beach? (2009). La diferencia es que en aquella lejana primera novela encontrábamos a un escritor joven e impulsivo, interesado en el mundo interno de personajes que caminaban por una fina línea entre la inocencia y la perversión. Y por supuesto, un tema que se repite en casi toda la obra del escritor: la mirada de una sociedad mucho más tradicional de lo que se reconoce sobre individuos que no terminan de encajar en ella.

En el caso de ?Chesil Beach?, McEwan maneja una extensión similar, pero allí las palabras acarician los climas y las descripciones. Todo el libro está enmarcado dentro de la duración de una noche de bodas a principio de los años 60 y si bien, a primera vista no hay nada particularmente revolucionario en la novela, la decisión de tratar la intimidad de esa velada y casi ninguna otra cosa que eso mismo, logra que nos encontremos con personajes inmensamente fallidos y tiernos, intrigados y temerosos ante la iniciación sexual. Cada movida exitosa se siente casi como un logro propio; lo mismo con cada fracaso.

?Solar? es otro monstruo completamente. Si nos guiamos por la contratapa (que no resume más que las primeras páginas) sabremos que hay un personaje, Michael Beard, Premio Nobel de Física, que ha tenido cuatro matrimonios fallidos y está a punto de perder el quinto. Sus escapadas con otras mujeres han sido una constante, pero esta vez es él quien sufre el engaño de su joven objeto de deseo. Su ego está herido en lo más íntimo, pero a la vez, su celebridad es incuestionable y la demostración teórica que le ganó el Premio sigue siendo estudiada en todas las universidades. Pero mejor que resumir será directamente citar el arranque de la novela. Nótese el poder de condensación en la afilada narrativa de McEwan:

?Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos, inteligentes, que inexplica¬blemente atraían a determinadas mujeres hermosas. O él pensaba que las atraía, y al pensarlo parecía que así era. Y le convenía que algunas mujeres creyeran que era un genio al que había que salvar. Pero el Michael Beard de esta época era un hombre de mentalidad estrecha, anhedónico, mono¬temático, afligido. Su quinto matrimonio se estaba desinte¬grando y debería haber sabido comportarse, tomar distancia, asumir la culpa. ¿No eran los matrimonios, los suyos, como las mareas, en las que al reflujo sucede inmediatamente el flujo??

«Mi personaje más desagradable»

El autor inglés es conocido por saber despegarse lo suficiente de sus personajes para permitirles experimentar todo tipo de desgracias y cometer las peores transgresiones; a su vez, en lugar de intentar justificarnos el comportamiento de su protagonista mediante una serie de muñecas rusas psicológicas (tentación de casi todo escritor menor no puede contener), McEwan elige mostrarnos a la persona, como queriendo decirnos: «este hombre es así, usted, lector, puede seguirlo, admirarlo, denostarlo, pero no espere de mí que justifique su naturaleza humana». En una entrevista, el autor dijo, sin embargo, que con Michael Beard, se había propuesto crear a su personaje más desagradable. Invirtiendo otra fórmula clásica, en lugar de presentarnos a un hombre querible para luego sorprendernos mostrándonos que es capaz de actos espeluznantes, ?Solar? nos presenta a un tipo cínico, humanamente desagradable (incluso su aspecto físico y su dejadez contribuyen a la imagen), con un ego enorme, incapaz de querer realmente a nadie y tan sólo interesado porque le quieran, o al menos, por tener una mujer deseable que le caliente la cama. Ha evitado tener hijos convenciendo a sus anteriores conyugues de abortar simplemente porque sospecha que un hijo sería un estorbo: algo que le quitaría tiempo. Y él, Michael Beard, sospecha que su tiempo vale oro. Por supuesto, si bien el libro transita entre la comedia, el policial y el drama, su protagonista es, en definitiva, uno de nosotros. Es decir: un ser humano. Tiene algunas ideas brillantes, su incapacidad de amar es también una limitación, cuando habla apasionadamente en una conferencia es imposible no verse seducido por su discurso, y además, de tanto en tanto, se esfuerza (poco, pero lo hace) por lograr encaminar una vida que sólo funciona en el mundo de la física y el hedonismo.

Y si bien el relato se centra en lo que le sucede a Michael Beard, el tema de la novela, el trasfondo, es el cambio climático y la posibilidad de encontrar nuevas formas de energía menos contaminantes y más baratas (de modo que sean accesibles para todos). Quien encuentre aquí un eco del movimiento Zeitgeist no estará del todo equivocado. Pero McEwan, que dedica largos párrafos al tema, no hace panfleto. Incluso se pone de ambos lados, es la voz de los alarmistas y también la de los conservadores. ?Solar? no se propone transformar al lector en un activista conciente que abogue por la energía a base de fotones, aunque es probable que muchos de los lectores que se interesen en la novela luego quieran investigar un poco más las teorías que se agitan en el libro.
Pero el autor titular ?Solar? al libro y la tapa misma nos muestra la imagen impertérrita del sol. Esto no es casual: McEwan juega con la relación entre lo inmenso, majestuoso e inabarcable en el cosmos y la naturaleza de lo íntimo en la vida del protagonista. Que el ego de Beard tenga proporciones similares es otra cosa.

Es que, sucede que después de un paso de comedia policial con muerto incluido, Beard parece dar con la clave para generar el sistema de transformación energética que ?salvará al mundo?. Nada más y nada menos. En el medio, por supuesto, volverá a separarse, tendrá otras mujeres, será despreciado y acusado (a veces con y a veces sin fundamentos) y es en la segunda de las tres partes del libro que por momentos pareciera que la novela pierde el registro. No le habría venido mal un recorte de unas 30 páginas, que sobran, aunque la brillante escritura del inglés es suficiente motivo para que se perdonen pasajes intrascendentes. Pero sí, es probable que durante algunas cuantas páginas el lector pierda un poco la paciencia: ¿Adónde me está llevando todo esto? ¿Qué sentido tiene esta descripción de viajes en avión y aeropuertos, más que mostrarme algo de la vida del personaje que de cualquier modo ya sé?
Sucede que el autor es el más netamente británico del trío pródigo de su generación (Martis Amis es el inglés que mirá hacia Norteamérica y Julian Barnes el que pone el ojo en Francia). Y con todo su talento, el autor de ?Solar? no tiene la brillantez posmodernista de Amis (en cierto modo, se puede comparar esta novela con ?La información? de Amis, 1995, pero aquel libro incierto e incómodo se salía de la narrativa clásica siempre con un virtuosismo que pocos autores logran manejar con maestría y ciertamente, excede el estilo más clasicista y ameno del autor de ?El jardín de cemento?).

Pero la paciencia se ve recompensada ya a la mitad de la segunda parte y prepara la escena para un final contundente que nos devuelve en la tercera al mejor y más afilado McEwan. Si antes hablábamos de Martin Amis, sobre el final podríamos encontrar algo de la árida tensión de Cormac McCarthy yuxtapuesto con el vuelo epifánico de ciertos finales de Paul Auster (caso ?Invisible?, para más datos).
Tal vez ?Solar? haya sido, hasta el momento, la novela del autor de ?Expiación? que más ha dividido a la crítica. Algunos la han pronunciado ya un futuro clásico de nuestro tiempo. Otros hablan de un declive que ya se venía anunciando en ?Chesil Beach?. Lo cierto es que, más que nunca quizás, McEwan ha escrito un libro que termina en el lector.

Cada uno sacará sus propias conclusiones. Y no será cuestión de amar u odiar: estarán aquellos a quienes les parezca un esfuerzo menor en una carrera distinguida. Ya a nombre propio, si bien sospecho que ?Solar? no tiene la fuerza narrativa de otras novelas del autor, no es menos verdadero que desde que terminé de leer su última (e inmejorable) escena, me ha sido difícil dejar de pensar en el libro. Tal vez se trate de uno de esos casos no tan comunes en los que la novela, como los buenos vinos, necesitan reposar un tiempo (en este caso, en la mente del lector) antes de poder revelar su mejor gusto.

Publicado en Leedor el 19-04-2011