Roberto Bolaño: Sinsabores

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¿Cómo no ceder ante el encanto moderno de las grandes novelas interrumpidas por la muerte de su autor?Mapas del policía abortado

¿Cómo no ceder ante el encanto moderno de las obras inconclusas, de las grandes novelas interrumpidas por la muerte de su autor? Como La sagrada familia, como En busca del tiempo perdido, la ?novela de la vida? de Bolaño puede fascinarnos con la vista de una gran catedral abortada, de la que 2666 es el edificio principal y está enigmáticamente (como esa arquitectura de pesadilla imaginada por Borges/Lovecraft para la ciudad de los inmortales y para R?lyeh, donde todavía duerme el gran Cthulhu) conectado a otras estructuras más ?terminadas?, Estrella distante, Los detectives salvajes. Y sólo podemos imaginar cómo hubiese lucido la catedral completa, de haber vivido su autor para terminarla o, al menos, esbozarla con claridad. Navegando un poco por Internet es fácil encontrar reconstrucciones esquemáticas (tan parecidas a los proféticos esquemas de Amalfitano en la segunda parte de 2666) de las interconexión entre las ficciones de Bolaño, que es más evidente y no menos interesante que las pautas metaficcionales que vinculan los cuentos de Ficciones. Quienes se divierten creando esos mapas (¿qué más hay para hacer, después de todo, que dibujar mapas y armar modelos a escala?) pueden ver a Los sinsabores del verdadero policía ?la ?última? novela de Bolaño, recién editada por Anagrama? como un manojo de pistas y enigmas, como una nueva pauta de complejidad en el plan abortado del autor de Llamadas telefónicas y Putas asesinas.

La novela sigue más o menos linealmente la llegada de Amalfitano a Santa Teresa, la ciudad-núcleo de 2666, derivada de la real Ciudad Juárez, en Méjico. A Amalfitano, por supuesto, lo conocemos por su participación en la búsqueda del novelista Arcimboldi a cargo de un grupo de críticos europeos que viajan a Méjico. En 2666 lo sentimos una muestra de la ruina de todos los sistemas de pensamiento, de todas las filosofías; lo vemos colgando de la cuerda de tender ropa de su casa páginas de libros, lo acompañamos dibujando extraños esquemas que vinculan pensadores y escritores de todas las épocas en pautas laberínticas, rizomáticas, pautas sin centro o de centro oculto, recombinando los nodos de un saber quizá cancelado o a lo mejor a punto de pasar a otro nivel, como en un enorme y caótico videojuego en el que todos jugamos sin saberlo. Pero en Los sinsabores Amalfitano es un poco diferente, o quizá lo parezca, porque se lo ilumina bajo otra luz. Viudo, padre de una hija encantadora, descubre pasados los cuarenta que se siente atraído por los hombres y se vincula al ambiente under-gay-poético de Barcelona, lo que le vale una renuncia forzada a su cargo en una universidad. El único lugar que lo recibe es esa especie de patio trasero (o mejor de patio trasero del patio trasero) de la civilización occidental que es Santa Teresa, y allí parece suspendido, paralizado ante la posibilidad de reconstruir su vida y la certeza de que no hay ni tal vida ni tal posibilidad, de que no hay reconstrucción posible (como con sus esquemas en 2666), de que sólo hay limbo y asombro.

Alrededor de esta historia aparecen entrelazadas las de la hija de Amalfitano, la de los mafiosos pintorescos de la ciudad, la del poeta gay barcelonés que fuera amante de Amalfitano y, especialmente, la de J.M.G. Arcimboldi. Pero atención: no es el mismo Arcimboldi de 2666; no es exactamente el mismo, aunque algunos títulos de sus novelas (La rosa ilimitada, por ejemplo) sí se repiten. Aquí Arcimboldi no es alemán sino francés, y eso lo cambia todo. En ese sentido, Los sinsabores del verdadero policía (que en cierto modo conserva algo de la estructura por ?partes? ?nouvelles casi independientes? de 2666) funciona como una variación del motivo principal de 2666, y nos hace pensar si no lo serán también otras esquinas del universo Bolaño, esquinas que de otro modo parecerían contradictorias entre sí y que lo son si no pensamos de acuerdo a una lógica digamos ucrónica. Es cierto que Los sinsabores quizá no sea otra cosa que un estado embrionario de lo que sería (de lo que confluiría a) 2666, pero ahora podemos también percibir las ruinas de lo que pudo ser Bolaño como otra cosa, como una serie de simultaneidades, y así Los desvaríos y 2666 pueden coexistir como obras ?deliberadas? y ?separadas?, no como un montón de tejido (Los desvaríos?) que fue desgajado de un embrión o feto (2666) y no llegó a configurar del todo a un nuevo individuo. Supongo que los interesados en una pesquisa biográfica (y detectivesca) de Roberto Bolaño preferirán leerla justo de esa manera, pero también es posible la otra, la de las variaciones, las ucronías, los mapas y los esquemas de Amalfitano con Estrella distante reemplazando a, digamos, Nietzsche y 2666 a San Agustín.

Y además: ¿qué es una obra terminada? ¿Cómo terminan las ficciones? ¿Cómo se ?cierra? una novela y cuál es el verdadero estatuto de la obra ?completa? en oposición a la abortada, la inconclusa? En El secreto del mal, otra de las ?postumeces? o ?postumeadas? de Bolaño, hay más de una clave al respecto. Y más preguntas.

Nota relacionada: Recordando a Roberto Bolaño

Publicado en Leedor el 11-04-2011