Y al final la vida sigue igual

0
10

Y al final la vida sigue igual (salvo Perrone, que sigue cambiando).
A más de uno le cayó como una taza de café caliente derramada por el mozo en sus
pantalones: después de mucho tiempo, Raúl Perrone no presenta su última película en
el BAFICI. Y al final la vida sigue igual tuvo su discreta proyección dentro del ciclo
Fispreci en el Cosmos UBA. Íntima, para una mayoría de alumnos, amigos y seguidores
incondicionales, mientras en México se realizaba una retrospectiva de su obra como se
le ofrece actualmente a pocos realizadores argentinos.

Ser cambiante, el Perro como le gusta que le digan. Inquieto. De su pasado como
caricaturista en diarios pasó por sucesivas etapas tanguera y rocker, que sirvieron
para construir una imagen que fue consumida y admirada por cierta crítica intelectual,
alejada de todo lo popular y espontáneo. Lo genuino de su obra más esa imagen y lo
marginal de ese origen suburbano (para esos impulsores de su obra), cerraron bien y
nutrieron programaciones de festivales, notas y elogios por casi dos décadas.

Hoy tal vez no esté de moda, pero sigue estando ahí en plena ebullición y movimiento.
Maestro de decenas de realizadores espontáneos, principal no consumidor de su status,
Perrone es un creador inquieto y sensible. Tal vez el único realizador que cuando deje
de filmar, si es que existe ese día, deje una Obra. Como creativo que es, el cambio es
una de sus constantes.

Y al final vida sigue igual completa la trilogía de los Galván después de la muerte del
patriarca. La película nos deja dos perfiles del afán creador del director, uno esperado y
otro que tal vez pocos puedan llegar a notar.
Esos personajes que viven recortados sobre colores chillones, fumando y engordando
mientras ven cómo la vida les pasa como un tren ajeno entubado e intocable en otra
dimensión paralela, deben observarse como objetos integrantes de una de las pinturas (o
fotos, para mejor decir) más gráficas y reveladoras de la claustrofobia en que vive gran
parte del GBA.

La presencia-ausencia del viejo Galván es algo conmovedor y hábilmente insertado en
la película. Su ausencia-presencia remite a un común denominador a varias películas argentinas de la última década: la marca dejada por un momento de la vida que fue mejor, la imposibilidad de superar el hito dejado por una generación pasada o siquiera tomar las herramientas para seguir esa huella, por humilde que sea.

Esa es la tristeza de la historia y motivo de análisis de la Argentina post 2001.

Auténticamente recreada por Perrone, con un clima opresivo, como pocas películas
locales pueden transmitir hoy. Y a la vez, aquí es donde el creador surge con una
especie de aire indispensable para la vida del film. Los cielos insertados como
separadores (superando aquellos de Peluca y Marisita) están entre los de mayor belleza que se hayan fotografiado en el cine argentino. Los rincones de las locaciones, viviendas precarias y en vías de descomposición, están mirados con una suerte de poesía visual fuera de lo común. Fuera de los cánones habituales del director de fotografía.

Tal vez pierdan luminancia en la proyección con un cañón de video, tal vez requerirían
el uso de una pantalla gigante de led que aprovechase toda esa luz.

Raúl Perrone sigue su camino y su obra, retratando lo que conoce y rodea.

En este final de la trilogía vemos surgir, más allá de la aspereza que a veces cultivó o le
colgaron, otro tipo de poesía, delicadeza y estética, a la altura de su espíritu innovador y
creyente de la pasión de final. Quizá este fin sea una liberación para el mismo creador,
una puerta a nuevas formas e historias.

Publicado en Leedor el 3-04-2011