Koba el temible

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Un ensayo biográfico sobre Stalin de autor inglés al que vale la pena asomar.

El autor comienza el libro presentando sus credenciales, y con justa razón, porque cabe preguntarse, ¿por qué un escritor destacado de ficción como Martin Amis decide emprender un ensayo sobre vida y obra de Iósif Stalin? El inglés no pretende escribir una biografía y mucho menos una novela histórica, incluso el mote de ensayo no es del todo indicativo. Lo que Amis intenta es abordar la figura de Stalin desde varios ángulos, siempre con la gran pregunta sobre la mesa: ¿cómo pudo un pueblo entero adorar al mismo hombre que los mataba día a día, sin tregua?

La historia de Rusia está plagada de sangre. Desde el primer zar, Iván el Terrible hasta Pedro el Grande, que a caballo de sus hazañas de guerra contra los suecos y sus no menores logros de expansión cultural y social (quería ?una Rusia menos pueblerina, más europea?), se autodeclaró primer emperador, basta un breve repaso para asombrarse de la cantidad de muertes, traiciones, conjuras y la gran constante siglo a siglo: la masacre del pueblo, generalmente del campesinado, que siempre representó ?al menos hasta la última etapa antes de la muerte de Stalin?la gran mayoría de la población fuera de Moscú.

Amis no bucea demasiado en la historia previa al siglo XX: su objeto de estudio tiene nombre y apellido. Lo que ha hecho es informarse muy bien. Cita a menudo una inmensa cantidad de libros (de todos los orígenes, incluyendo las mismas actas soviéticas) de autores norteamericanos, ingleses, rusos, sobre la URSS y sus nombres más ?ilustres?: Lenin, Trotski, Stalin. Y su presentación personal tiene una razón: el padre del autor fue afiliado al Partido Comunista cuando él era chico y ambos veían con buenos ojos la imagen mundial que se propagaba desde Moscú. Después de todo, convivieron dos realidades por mucho tiempo en la URSS sino es que tres: por un lado, lo que realmente ocurría, por otro lado, lo que el pueblo ruso creía que estaba ocurriendo, y finalmente, la imagen de la Rusia idílica que se intentaba proyectar hacia el resto del mundo.

Martin Amis escribe como el hijo de un gran desencantado, pero no se guarda la fiereza (siempre apuntalada por una estadística tan cruenta que llegado un momento, ya ni siquiera sorprende) y dejando de lado a Marx (después de todo, se sabe, el comunismo soviético terminó pareciéndose más a un capitalismo industrial oligárquico que a la teoría del alemán, para quién el estado debía volverse insignificante, y no como ocurrió en la URSS, el principal aparato del Terror y la explotación), apunta sus dardos contra casi todos los que tuvieron mano en lo ocurrido a partir de la revolución bolchevique. Hay que comenzar por dar la derecha a Amis en una cosa: el mismo pueblo ruso, encuestado a fin de siglo, declaró que la única figura de la política local rescatable del siglo XX había sido Nicolás II, quién justamente fuera derrocado por Lenin y fusilado junto a su esposa, hijos, sirvientes y perro (también, con ciertos reparos, se destaca la contribución de Khrushchev ?nombrado Jrushchov en la edición española? que aportó en sus años de gobierno a la des-estalinización de Rusia, primero denunciando las barbaridades cometidas y luego intentando derrocar el culto a una persona).

Iósif Stalin eligió ese nombre (también el apodo Koba, que hace al título del libro) no por mera casualidad. ?Stalin? significa ?hombre de acero? y como dijo Martin Amis en una entrevista tiempo después, la única cosa que hace más terrible al régimen nazi que al soviético, es que el segundo tenía explicación ?por perversa que fuera?, mientras que buena parte de las acciones de Hitler son directamente herméticas: más allá de los estudios y teorías, nadie sabe bien qué componía el delirio del Führer sobre las razas superiores y demás (y, acota el autor, quizás es mejor no poder imaginarlo, porque de poder hacerlo, ese es el momento en que uno comienza a transitar el mismo camino). El régimen soviético tiene al menos una explicación de base: generaba dinero (o al menos, eso creyó Stalin, ya que nadie se animaba a decirle lo contrario).
Mientras que Stalin es una figura sin ningún respeto a nivel mundial hoy en día, todavía muchos rescatan a Lenin y Trotski. Queda claro, con sólo la cita a las cartas y actas firmadas por Lenin, que el principal promotor de la Revolución Rusa estaba mucho más cerca de lo que terminaría siendo el Terror que de la ideología de Marx, de la que supuestamente partía. De haber vivido y sostenido el liderazgo, probablemente Lenin hubiera sido un Stalin más juicioso, menos volátil, más pensante y culto, pero ni de casualidad el líder justo e idealista que muchos creyeron ver en él. En el material citado ya se lo puede leer dispuesto a dar cárcel y pena de muerte sin mayor miramiento y explicando muchas veces que el Terror es una forma de disciplinar al pueblo y acabar con cualquier oposición. Trotski, por otro lado, sí tenía ideas (?la revolución permanente?) más comunes a la supuesta ideología de los bolcheviques (entendiendo que toda ideología que llega al poder se corrompe tarde o temprano). Pero no era ningún inocente. Era de Trotski y no otro la innovación de «la unidad de bloqueo» (pag. 215), por la cual cualquier repliegue de los soldados en las posiciones, aún en condiciones imposibles, era castigada con fuego amigo. Y las familias de los soldados capturados por el enemigo, detenidas y acusadas de traición (con lo que solían terminar en algún gulag o directamente fusilados).

Sin embargo, Lenin, antes de morir, pensaba en Trotski y no en Stalin para la sucesión. Pero cierta astucia arribista de Iósif en medio del caos (y cierta torpeza de León en sus movimientos políticos) logró posicionarlo en el lugar ideal y partir de entonces, por poco más de un cuarto de siglo, la URSS se transformó en un gran matadero y en la aniquilación del sueño utópico de los primeros bolcheviques (también asesinados por Stalin, como forma de evitar que denunciaran públicamente las notables diferencias). «Lenin rechazaba totalmente a Stalin, su bajo nivel cultural y su lumpeninestabilidad. Intuía que el poder (?un poder inmenso?) se estaba concentrando en Stalin y parece que de súbito se dio cuenta del efecto que ese poder le había producido y le estaba produciendo. La verdad es que el poder, más que corromper a Stalin, lo reinventó por simbiosis» (p. 118).

Como hemos dicho, el abordaje sobre la figura de Stalin se segmenta en muchos ángulos diferentes, como si Amis quisiera armar un rompecabezas cuya imagen final es mundialmente conocida, pero cuyas piezas y su encastre es el verdadero misterio. Hay varias entradas sobre el hombre: marido de dos mujeres (la segunda terminó suicidándose pocos años después del matrimonio) y padre de un hijo de la primera y un hijo y una hija de la segunda. Como anécdota de ?color?, el libro cuenta lo que sucedió con Yakob, el hijo de su primer matrimonio. Abandonado a la familia de la difunta esposa por años, el chico se enlistó en las tropas que pelearon la Segunda Guerra Mundial. Cayó preso del ejército alemán al mismo tiempo que un importante oficial nazi era capturado por los soviéticos. Hitler le propuso a Stalin el trueque. Iósif ?el hombre de acero? no lo aceptó. Yakob murió en un campo de concentración alemán.
Incluso la relación Alemania-URSS es peculiarmente interesante, porque conlleva el primer gran error de Stalin. Habiendo pactado un tratado amistoso Hitler y Stalin en los años 30, ambas partes se ocupaban de devolverle a la otra los ciudadanos refugiados y supuestos traidores. Stalin fue advertido, hacia 1941 de que Hitler estaba desplazando tropas hacia el Este y que era sólo cuestión de tiempo hasta que invadiera territorio soviético. Stalin siempre había temido más la insubordinación interna que un ataque desde el exterior. Por esos años había decapitado a la cúpula del ejército, temiendo una desobediencia. Al hacer esto, subieron lógicamente los jóvenes capitanes sin experiencia que veían en él la figura paternal, al gran general y estadista de la nación. ¿Los resultados? «En las primeras semanas de la guerra la Unión Soviética perdió el 30 por ciento de sus municiones y el 50 por ciento de sus reservas de comida y combustible. En los tres primeros meses la aviación perdió el 96.4 por ciento de los aparatos» (p. 210). A los tres meses en Washington, Londres y Moscú, daban por perdida la guerra.
«El 1 de julio se presentó una delegación en la dacha. ?¿Por qué habéis venido?, preguntó Stalin con una cara ?rarísima?. Está claro que esperaba el derrocamiento o la detención; y se habría ido sin rechistar.» (p. 215). Esta delegación en realidad venía a poner en aviso a Stalin de que la guerra aún podía ganarse y que había que actuar cuanto antes. Quién terminó dando vuelta la guerra no fue el generalísimo sino el pueblo ruso ?hecho para sufrir? como dicen los sobrevivientes. El mismo campesinado que había sido expropiado y enviado a los terribles gulags rusos, que había pasado miseria y hambre y hasta situaciones (como en Ucrania) de canibalismo, fue el que peleó la guerra junto al remanente del ejército. Con la ayuda inmensa del mítico frío que ya había detenido a Napoleón Bonaparte y el absoluto delirio de poder desbordante de Hitler, fueron aquellos hombres y no Stalin la causa de una victoria que parecía imposible.
Más allá de las cuestiones históricas, que pueden encontrarse en cualquier Historia Universal, el fuerte de Amis es la relación de los elementos. No es casualidad que en cualquier acto de Stalin apareciera la imagen de Lenin a su lado en grandes banderas. En otro dato de ?color?, era siempre Stalin quién apaciguaba las ovaciones del pueblo en cualquier asamblea. Cuando se hacía un acto homenaje al estadista sin su presencia, la gente no sabía cuándo dejar de aplaudir, por lo que la ovación no terminaba hasta que alguien caía desmayado (generalmente un ciudadano mayor). Aquél que dejaba de aplaudir primero era considerado ?traidor? y fusilado inmediatamente.
Los fusilamientos y la tortura fueron tantos que los números aún hoy están incompletos. Amis habla de los 23 millones que se estiman según lo que se ha encontrado en excavaciones, pero aún queda mucho por excavar. Se fusiló primero al campesinado (algunos dicen que a un tercio aproximadamente), luego a toda oposición política, luego a los propios miembros del partido, luego a la propia cúpula militar, luego a los prisioneros de guerra, luego, y ya sobre el final, a los médicos y científicos (Stalin estaba convencido de que conspiraban contra él) y la muerte le privó de llevar a cabo su propio Holocausto, ya que hacia los últimos momentos de su vida había llegado a la conclusión de que los judíos eran una amenaza para el comunismo soviético.

El autor inglés George Orwell publicó dos libros ya clásicos, ambos a modo de denuncia de lo que ocurría en la URSS: ?Rebelión en la granja? (en el que los animales esclavos se unen para derrocar a los granjeros que los explotan, pero apenas tomado el poder, comienzan a adoptar los mismos métodos, esclavizando unos a otros y silenciando con la muerte a cualquier voz discordante) y ?1984?, libro en el cual introduce el concepto del ?doblepensar?. Con una relación más oblicua, en la URSS ocurría algo similar:
«Gente medio muerta de hambre, que ni siquiera tenía lo básico para sobrevivir, asistía a mítines donde se repetían las mentiras del gobierno sobre lo bien que les iba a todos, y por no se sabe qué mecanismo, medio se creían lo que estaban diciendo [?] Sabían que la verdad era asunto del partido y por lo tanto las mentiras se convertirían en verdades aunque negaran los hechos escuetos de la experiencia. Conseguir vivir en dos mundos distintos a la vez fue una de las conquistas más notables del sistema soviético.» (p. 164).
En efecto, como se cuenta en numerosos pasajes, la gente creía que las políticas del Terror de la ?Checa? (lo que más tarde terminaría siendo la KGB) se hacían a espaldas del Gran Líder. A menudo la gente que era fusilada o enviada a campos de trabajo exclamaba entre sí: ?si tan sólo Stalin supiera??.

Esta fue una diferencia sustancial entre Alemania y la Unión Soviética. La primera tenía campos de exterminio que funcionaban como trabajo esclavo por un tiempo. La segunda tenía campos de trabajo esclavo que terminaba generalmente por aniquilar a los hombres (por falta de comida, higiene, etc.). Los gulags tenían la ?suerte? del recambio constante y por eso (y por la matanza de niños, ya avalada por Lenin, quién había sugerido bajar la edad de imputabilidad a los 12 años), en los años 30 la población de Rusia cambió su tendencia y decreció por primera vez en su historia.
El tema es virtualmente inagotable. Amis no intenta cerrar ni la historia ni las posibles interpretaciones. A su trabajo exhaustivo de investigación y documentación le debemos un volumen que nuclea muchísimos otros. A su inteligencia, el modo de abordaje y relaciones sugeridas. Algunos años después publicó una novela titulada ?La casa de los encuentros? (Anagrama, 2008) en la que cuenta la historia de un anciano ruso que vuelve a la tierra madre y durante cuatro días recuerda su paso por un gulag ruso, junto a su hermano menor. En aquel libro el protagonista pide al lector una y otra vez que deje de lado sus ?ojos occidentales? para juzgar la historia.

¿Por qué volver una y otra vez sobre este tema, tanto en el ensayo como en la ficción? Responde Amis: «Todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz y Belsen. Nadie sabe nada de Vorkutá ni de Solovetski. Todo el mundo ha oído hablar de Himmler y Eichmann. Nadie sabe nada de Yeyov ni de Dzeryinski. Todo el mundo ha oído hablar de los 6 millones del Holocausto Nadie sabe nada de los 6 millones de Terror del Hambre [?] Parece que no se puede expulsar al humor del espacio que hay entre las palabras y los hechos. En la URSS, espacio abarcaba once zonas horarios. El enemigo de pueblo era el régimen. La dictadura del proletariado era mentira; Unión era mentira, de Repúblicas era mentira y Soviéticas era mentira. Camarada era mentira. La Revolución era mentira.» (p. 270-272).

Quizás la necesidad de escribir este libro cierre perfectamente con el título del capítulo final, una suerte de lírica plegaria, de poética incitación a la conciencia, que se pregunta qué pasará «cuando los muertos despertemos».

Publicado en Leedor el 30-03-2011