Daniel Alarcón

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Modos cinematográficos para los cuentos reunidos en El rey siempre está por encima del pueblo
que pueden conseguirse a precio irrisorio.Desde que su primera ?y hasta el momento única? novela, Radio Ciudad Perdida, entró en librerías locales, algo está claro: a Daniel Alarcón no le interesa el cuento fantástico, la ciencia ficción o el realismo mágico.

El joven escritor peruano trabaja con la arcilla de la realidad de su país natal, aún si vive en los Estados Unidos desde chico. Esto no quiere decir que, por ejemplo, escriba sobre Sendero Luminoso. Pero en el mundo ficcional de su novela ?en un país sin nombre, ubicado en una Latinoamérica reconocible? podíamos ver pasar una serie de secuencias sobre gente que ha sobrevivido a una suerte de interminable enfrentamiento entre el ejército y las guerrillas al punto que aún en tiempos de cierta paz sigue estando presente la herida de un pueblo destrozado y sometido. Y no es gratuito hablar de ?secuencias? ya que la novela está escrita de un modo cinematográfico, casi se puede palpar el corte de planos entre diferentes lugares y situaciones: un estilo que es a la vez moderno, pero en manos del autor, sutil.

A Alarcón no le interesa el relato fantástico porque, en cierto modo, él logra los mismos elementos desde el realismo transfigurado. Lo mismo sucede con los cuentos de su último libro, El rey siempre está por encima del pueblo. La provocación del título es imposible de obviar, pero aún más, el mismo concepto podría haber sido enunciado con alguna diferencia en el orden de las palabras y no tendría la filosa contundencia que tiene. Al disponer las palabras como lo hace, Alarcón nos dice desde la portada que El Poder (?Rey?) Eternamente (ese enfatizado ?siempre?, incluso antes del ser, ?está?) pisoteará al pueblo. Depende quién lo lea, puede encontrarlo desde anarquista hasta reaccionario; ya sabemos que la lectura que se hace de un libro suele decir mucho más de uno que del libro en sí.

Este volumen, que nunca se editó propiamente en la Argentina ni pasó por el circuito de librerías comúnmente utilizado, se consigue hoy, importado en la edición peruana de Seix Barral, nuevo y aún en celofán, en los saldos de las librerías de la calle Corrientes por 11.90. Aclaramos esto de entrada para enfatizar que, aunque el libro tiene sus más y sus menos, es excelente material de lectura a un precio irrisorio.

Ahora sí. Si bien el índice muestra nueve títulos, dos de ellos son apenas casi interludios. Luego hay siete cuentos propiamente dichos, todos anteriormente publicados en revistas como Granta o The New Yorker (Alarcón escribe en inglés y luego supervisa la traducción al castellano de su obra). Cabe aclarar de entrada que este libro no tiene la precisión de su primera colección de cuentos, Guerra a la luz de las velas (2007), y que si bien los entramados del poder y su relación con la vida del individuo es la temática que hace de escenografía tonal, los resultados son muy variados.

El cuento que da título al libro, por ejemplo, cuenta la historia de un muchacho que quiere escapar de una vida previsible, ya decidida casi por una suerte de lotería metafísica, y decide abandonar un día a sus padres y su novia para irse a vivir a la ciudad, donde mintiendo consigue asilo en casa de gente acaudalada y hasta ciertos trabajos con los que se hace un pasar. La novia, incluso, ha tenido un hijo suyo, pero como el narrador sintetiza, hasta esa relación se le hace líquida: ?Ella colmaba a nuestro hijo de tanto cariño que yo apenas sentía que también era mío?. Este es uno de los fuertes de Alarcón: resumir en una pincelada sensaciones que son parte de un inconciente colectivo moderno, ya sea respecto al rol del padre en una sociedad que ya no precisa de ellos, como los aspectos cotidianos de la vida en los que la política está instalada, incluso cuando no tiene nada que ver con gobiernos o emisión de votos.
El segundo cuento, ?República y Grau?, nos pone del lado de un viejo ciego y un niño que piden monedas en la calle cuando los autos paran frente al semáforo. Relatado desde el punto de vista del chico, el objeto del relato no es la mezquindad de la clase pudiente (tentación de cualquier escritor más torpe) sino las mezquindades humanas presentes en toda relación. El padre del niño exige que éste controle mejor que el ciego reparta el dinero como corresponde, y a la vez, a modo de Bildungsroman (normalmente aplicable a novelas en las que el argumento es básicamente el crecimiento de una persona y los cambios en la percepción y la ética desde su infancia hasta su adultez), el chico aprende algunos gajes del oficio: qué ropa inspira mayor compasión, por ejemplo. Preocupado por un escupitajo sin intención, el niño se disculpa en un momento. El ciego le responde: ?Vas a hacer cosas mucho peores aquí, niño. Vas a toser, orinar y cagar, y a nadie le importará.?

En el medio están los cuentos menos afortunados. ?El puente? es una historia enrevesada que comienza con la caída del mentado puente y la muerte de una pareja mayor para llegar a un narrador que es el sobrino de estos y a partir del velorio, repasar una situación familiar que en un cuento de casi 50 páginas parece más largo que Cien años de soledad. ?El presidente idiota?, que tiene un título explosivo, se queda sin dinamita cuando comprendemos que alude a una obra de teatro y el protagonista del cuento es un actor que representa un papel y luego el relato sigue sus desventuras mientras éste intenta dejar de lado aquellos sueños artísticos que creía suyos por otros más acomodaticios. No es un mal cuento, pero sucede que el resumen del argumento de la obra de teatro (un presidente que cada día le da a un ciudadano diferente la oportunidad de ser su servidor, vestirlo, peinarlo, atener sus caprichos) es más interesante ?más seductoramente arrogante, también? que el relato en sí. Sin embargo resaltan observaciones agudas sobre las épocas de la guerra y el terror de estado y el modo en que opera la intención de olvido: ?Pero, claro, esos son los efectos narcóticos de la paz, y por supuesto nadie quiere volver al pasado?.

Dejando de lado un cuento eficaz que desentona con el resto (?El vibrador?, acerca de un muy irónico suceso de reemplazo de la parte por el todo), los otros dos relatos que cierran el libro vuelven al nivel del comienzo. ?El presidente Lincoln ha muerto? cuenta a dos tiempos la relación homosexual del narrador con a un compañero de trabajo en el presente y con el famoso Abraham Lincoln en el pasado. Alarcón utiliza todos los medios para hacernos entender, sin lugar a dudas, que Lincoln es ESE Lincoln, pero jamás pone fechas, dejando que el lector reconstruya los tiempos entre ambas historias que tienen por nexo al narrador. Si bien el affaire presidencial es más colorido, es en la relación contada en presente donde encontramos las ideas más fuertes. No son novedosas: los amantes hablan de que no hacemos otra cosa que destruir aquello que amamos, que le extirpamos la belleza hasta que no queda nada y entonces nos deshacemos del que fuera objeto tan preciado. Pero si bien no son conceptos revolucionarios, el contexto les presta cierta amenidad, del mismo modo que las ideas encuentran diferente recepción cuando son leídas en las páginas de un ensayo y cuando, en cambio, son discutidas en el seno de un grupo de amigos (Carver construyó uno de sus cuentos más famosos, ?De qué hablamos cuando hablamos de amor?, haciendo básicamente eso: trasladar una idea cuasi filosófica al debate propio de una reunión de amigos). De cualquier modo, no faltan esas frases memorables a modo de latigazo, como cuando el narrador expresa, sin emoción particular, que ?El lugar en el que te toca nacer no es más que el primer lugar de donde huyes?.

Finalmente, ?Los sueños inútiles? es el cuento por lejos más bizarro, casi una suerte de ?Bestiario? cruzado con un documental de Michael Moore sobre la administración Bush. Escrito en época del segundo término del anterior presidente de los Estados Unidos, y sin bien en ningún momento se nombra al mandatario ni se especifica el momento en el tiempo en el que la historia transcurre (un lugar común en Alarcón: la libertad que provee el no-lugar), el cuento comienza con la siguiente premisa: en medio de una caza deportiva junto a un senador de Arizona, el Presidente es herido por error y llegado el momento, un especialista recomienda la amputación de la pierna desde la cadera. A partir de entonces, y en un tono que por momentos recuerda al más filoso Saramago, suceden una serie de eventos ridículos pero narrados con total seriedad: se decide ocultarle al pueblo que tiene un presidente desmembrado, éste pasa a dar los discursos sentado y sin jamás moverse de detrás de su escritorio, y para colmo, un grupo subversivo se hace con la pierna amputada y televisa el rebanado de cada uno de los dedos del pie. El relato juega con una estructura no lineal, con un final inconcebible, sorprendente y pantagruélico, creando una suerte de grieta ?aunque más no sea en la absurdidad más desmedida? en la frase que el libro elige como tesis: su título: El rey siempre está por encima del pueblo.

Publicado en Leedor el 18-023-2011