Fiesta en la terraza

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Con un eclecticismo sistémico esta obra a la gorra de Mariano Moretti tiene mucha parodia y arranca risas en toda la terraza del Paseo La Plaza.Brillo, amor y cariño: Fiesta en la terraza

Todo condensado en lo que dura el show. Siglos y esfuerzos que caen desde el escenario aunque no se los explicite. El teatro a la gorra tiene el sabor de lo antaño. Entronca con la vieja tradición, aquella en la que el escenario era el objetivo y el centro de gravedad. El espectáculo arranca con las presentaciones de rigor. La reina transformada, Marian@, introduce a los actores. El francés, Hervé, pleno de expresiones; el argentino, Federico, que rezuma energía y la princesa, Débora, hija de la Belleza y de la Técnica. Juntos, los cuatro, conforman el equipo que dispara risas para los cuatro costados.

El espectáculo tiene un eclecticismo sistémico, completo. Pueden leerse, o mejor dicho, puede uno reirse de todas las referencias que evocan. Tiene algo de las funciones infantiles el diálogo con el público. El coro responde tímido al principio y luego adquiere un poco más de fuerza, mediante las arengas graciosas de la reina del tablado. La música disco invade luego el espacio y nos transportamos a la década del ’70, con bola de espejos incluída y el espíritu del mítico estudio 54. La parodia es un recurso recurrente, el sapo pepe que tiñe todo de verde; el concurso de baile con música de películas famoooooosas, donde las parejas compiten descarnadamente entre ellas y contra ellas.

Párrafo aparte para el striptease con alma de bandoneón. La música por excelencia del baile sensual siempre fue el blues. En la ruptura, la cadencia del tango, en este caso electrónico, cuadra con los movimientos y las rítmicas exhalaciones (del público).

El show debe continuar y así sucede sin que medie solución. La interacción con el público se agudiza y sube al escenario un matrimonio, escudriñado previamente durante los escarceos interactivos. Valeria Lynch pone la música y Marian@ es la reina to night. Las risas cruzan el espacio acribillando un poco la vergüenza de los improvisados espectactores que nos muestran, por contraste, lo fácil que es sentarse en la butaca y lo difícil que es pararse en el tablado. El cha cha cha golpea en el arcoiris del vestuario y continua la parodia en donde la coreografía sirve de base a la expresión de alegría.

Hacia el final, el momento íntimo, recursivo. Allí nos enteramos del repentino esfuerzo, del director, los actores y el resto, para poner en marcha un espectáculo que no iba a ser, pero que, por suerte para quienes lo presenciamos, se materializó y nos alegró un jueves por la noche. La canción, el cover, tiene un carácter estoico y optimista que es expresado, sin fisuras, a través de la mímica. La atmósfera tiene, a esta altura, algo del cabaret, que uno imagina, en la Alemania de la década de 1920. La perseverancia está en la letra de la canción y el vodevil descansa en la música. Así estamos todos, actores y público, perseverando en la risa, mal que le pese a los amargos. El final es de teatro de revistas con colores y plumas, aplausos y despedidas.

Publicado en Leedor el 28-02-2011

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