Hablando del asunto

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Una novela admirable de Julian Barnes donde el lector tiene protagonismo.
Existe una razón para que este libro del autor inglés ?más afrancesado?, como lo llaman en el ambiente británico, sea una obra particularmente única en la literatura contemporánea. No se trata de cuestiones argumentales (un triángulo amoroso entre dos amigos de la infancia y una mujer que los divide en la adultez, y las consecuencias del conflicto). No es tampoco, aunque nos vamos aproximando, la técnica posmoderna de alternar entre los personajes para que sean ellos quienes nos van contando la historia (el tan en boga Sándor Márai también hizo un libro utilizando como modela la alternancia de discursos). Ni siquiera son ciertas filosas argumentaciones que comparan al amor con un bien de mercado (aquí tocándose con ciertas ideas expuestas por el francés Michel Houellebecq en ?Ampliación del campo de batalla?, de 1994) y que exigen al lector la actividad de revisar ciertos conceptos tradicionales para repensarlos desde una óptica cínica pero cruelmente realista.

La seducción particular de ?Hablando del asunto? pasa por el lugar que le asigna al lector. Si Cortázar decía que al proponer diferentes vías de lectura para ?Rayuela? buscaba que el lector se pusiera un paso más cerca del autor porque podía elegir el camino, lo que hace Barnes es lo más parecido a igualarse directamente, y la forma de hacerlo es mucho más sutil. En esta novela no hay mapas alternativos de lectura, pero tampoco hay narrador objetivo. No existe una sola línea que cuente nada. Excepto las voces de los implicados u observadores secundarios. Pero tampoco, como Márai, se trata de capítulos dedicados a la versión de cada uno. Aquí cada párrafo comienza con el nombre de quién habla, casi como si fuera una obra teatral o un guión de cine. Luego, el personaje (Stuart, Oliver o Gillian) nos cuenta algo de lo que está pasando en sus vidas (el argumento) y con frecuencia uno de ellos pone en duda lo que dijo otro, dejando en manos del lector la decisión de a quién creerle y cómo sucedieron exactamente las cosas (si es que hay un ?exactamente?, porque lo que la novela remarca todo el tiempo es que no existe una realidad objetiva, sino miradas, y que no se trata de qué mirada nos guste más o nos parezca más sensata: todas seguirán siendo aproximaciones a algo que es, finalmente, en su esencia, inasible).

Sigamos esta reseña en el estilo del libro.

Stuart Entre los narradores ingleses de segunda mitad del siglo XX, Barnes es uno de los que tiene mayor destreza a la hora de elegir las palabras para que la narración sea fluida, una complejidad disfrazada de sencillez, capaz de cautivar al lector exigente y también en otro nivel, al ocasional.

Oliver Básicamente se trata de un libro comercial. No le crea al idiota de Stuart, él supone que es una buena novela porque le gustó a él. En realidad, técnicamente está muy bien, pero nadie puede negar que le falta el filo de un Martin Amis o la elegancia macabra de un Ian McEwan, por nombrar a dos de sus compatriotas más reconocidos.

Gillian Desde ya, no me interesa la disputa. La novela se lee de un suspiro. En realidad Oliver le dirá que es un libro comercial porque esa es su pose: le gusta mostrarse intelectual y mordaz. Pero, mientras le recomiendo que encienda un cigarrillo y no se exaspere con nosotros, le digo que tome con pinzas todo lo que escuche de ellos.

Stuart Es verdad que hacia el final pierde un poco de su ritmo, pero hasta entonces es adictiva. Además aparecen otras voces, a modo de coro, que también dan su versión de las cosas. Por cierto, Oliver ayer estuvo queriendo convencer a Gillian de que la novela no tiene la altura de las grandes obras contemporáneas. Tendría que haberla visto a Gillian. ¿La vio? ¿Vio cómo defendió el libro con uñas y dientes?

Gillian Yo no defendí nada y menos con uñas y dientes, solamente dije que a mí me había resultado muy entretenida.

Oliver En ?La información?, de 1995, Martin Amis cuenta la historia de dos autores amigos, uno de ellos aparentemente superficial y exitoso y el otro muy intelectual pero incapaz de vender diez ejemplares de su novela. Se ha especulado mucho que, recién rota entonces la amistad entre Amis y Barnes, esa novela de alguna forma trataba de ellos dos. Amis no necesita de un truquito tan maniqueo como la ausencia de narrador objetivo para ser contundente y posmoderno. Además, tiene el filo y el virtuosismo palabra-por-palabra que la amenidad de Barnes descarta de plano.

Esta breve puesta en escena no es más que una (mala) imitación de lo que hace Barnes en ?Hablando del asunto?. Al poner los personajes frente a frente con el lector, al deshacerse de ellos con cada párrafo para que sea ese lector-testigo-psiquiatra a quien los personajes acuden para contar sus versiones de cada cosa que ocurre, aparece un libro que finalmente sí da con un modo de emparejar (hasta donde es posible) la relación autor-lector. Como la acción siempre transcurre por fuera de la página, sólo quedan las voces de los protagonistas para contarla. Cada uno de ellos está perfectamente delineado, en sus modismos, en su forma de entender la vida (ya sea por ideología o ausencia de ésta, lo que es, obviamente, una forma de ideología), y por supuesto, la competencia de Barnes hace que un personaje nos pueda contar, a raíz de otra cosa, un hecho aislado en el pasado muy naturalmente, como quien cuenta una anécdota en un bar, y así nos enteramos cómo comenzó la amistad entre Stuart y Oliver, cómo conocieron a Gillian, etc. La rivalidad entre amigos, el amor como un commodity y lo que los alemanes (y los ingleses, a modo de préstamo) llaman Schadenfreude (según la RAE: complacerse maliciosamente con un percance, apuro, etc., que le ocurre a otra persona) hacen a la esencia del relato.
Lógicamente, cada lector escogerá a quién le cree más, con quién se identifica más, e incluso es muy posible que cambie de preferencias a medida que la historia corre. ¿Es tan abnegada la pobre Gillian? ¿Es Stuart un hombre tan simplón e ingenuo? ¿Y qué hay detrás del personaje tan flamboyant que hace Oliver? Como en la vida real, detrás de lo que cada uno muestra, hay otra cosa, una esencia que mantenemos oculta incluso a veces para nosotros mismos. La maestría de Barnes está en que no necesita de un narrador externo para desnudar esta condición. Le basta con dejar hablar a cada personaje hasta que encontramos en su mismo discurso las marcas de otra cosa, hasta que las contradicciones se vuelven notorias para nosotros y siguen siendo ilegibles para el personaje. Por eso se habla del lector-psiquiatra. Nosotros interpretamos a los personajes, los leemos hasta donde somos capaces, llegamos a conclusiones quizás diferentes unos y otros.

Como toda novela cuya técnica es el atractivo principal de la premisa, uno termina preguntándose al leer una reseña, ?bueno, sí, todo muy lindo, ¿pero aparte de admirable, la novela es buena? ¿Es entretenida??. Ya lo dijo la Gillian de este texto hace un rato: se lee en un suspiro. Yo agrego: y con mucho placer, lo que no es tan común en estos días.

Publicado en Leedor el 14-02-2011