Niño perdido

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Ilán Lieberman replantea el sentido del retrato y la fotografía el alcance de cierta producción del arte contemporáneo, que no deja de producir vueltas de tuerca.
Una exposición muy particular sucede en 2009. Primero, en el Museo de la Ciudad de México (del 4 de febrero al 31 de mayo) y luego en El Paso Museum of Art de Texas (del 14 de junio al 13 de septiembre).
RM ha editado en México y Cúspide importado en Argentina el catálogo de esta exposición. Como siempre en este fondo editorial, sus publicaciones de arte o fotografía cuentan con estudios críticos que suelen estar entre los mejores abordajes teóricos que pueden encontrarse en ese tema.

En este caso acompañan la obra los trabajos de Fabrizio Mejía Madrid (?Los rituales de la desaparición?), Itala Scmelz (?El todo, por sus partes?) y Christian Gerstheimer (?Sentido magnificado, memorias desvanecidas?).

En Niño Perdido, el artista mexicano Ilán Lieberman expone 100 retratos dibujados a partir de los medios sobre 100 niños desaparecidos, actualizando estéticamente una tragedia urbana creciente, relativa a la vulnerabilidad infantil.

El tema de la ausencia forzada es un tema central de nuestras sociedades latinoamericanas. Distintxs artistxs han elaborado su corpus estético a partir de estas experiencias traumáticas, como Doris Salcedo o Beatriz González en Colombia, Teresa Margolles en México.

En todos los casos, se trata de elaboraciones del presente a partir de una imagen aparecida como noticia policial o comunicado judicial. El artista trabajando con recortes de papel. Cada rostro de niño copiado se acompaña de la ficha técnica.

Lieberman tiene un talento extraordinario para la copia fiel hiperrealista. Para realizar esta serie trabajo aproximadamente 3 años. Con la ayuda de un microscopio, amplía el recorte del periódico y va copiando en una hoja, punto por punto, con el lápiz, reproduciendo su forma, color y textura, hasta colocar miles.

Es interesante porque también trabaja con su memoria, bocentando en copias de otra copia hecha previamente. Para realizar el retrato de su padre (2002) plasmó 16 bocetos, siempre comenzando uno nuevo a partir de la última versión.

La historia del retrato como género se remonta al renacimiento. Se suele decir que es Rafael Sanzio quien le da su forma moderna, al convertirse en uno de los principales retratistas de su época. Es por ejemplo quien consolida una forma visual que hoy existe en uno de los soportes legales para identificarnos, al menos en occidente: el retrato a tres cuartos de perfil, base de la foto carnet. Base de la identidad del rostro con el espíritu, y claro está, el estatus social; el origen del retrato tiene que ver con el culto a la personalidad. Rápidamente se convierten en objeto de encargo por la burguesía consolidada y como tal completan las principales galerías, academias y museos desde entonces hasta ahora.

A este culto de la personalidad habría que agregarle el feedback aurático, es decir este aspecto extra que tiene la imagen en sí misma, la obra en sí, más allá de su modelo o de la persona de carne y hueso. Aura recargada, potenciada, infinita en este tercer milenio, reconcentrada por la iconicidad asombrosa y hechizante de la imagen.

Ver estos cien retratos como objetos de culto artístico en un libro, reproduciendo una pequeña cara infantil (2,5 cm o 2,6 x 2,1 cm), hechos a lápiz, de niños de clase baja es una experiencia que reproduce una particular literalidad, una manera de ver arte sin olvidar que en su origen hay una pérdida, un secuestro, una personalidad que falta. Las salas de los dos museos que las han expuesto se convierten en un medio de búsqueda que intenta dar una respuesta estética, llevando nuevamente los límites del arte a otras tensiones.

Publicado en Leedor el 26-01-2011