Vacaciones permanentes

0
19

Entre el libro de relatos y la novela estallada, la escritora boliviana Liliana Colanzi promete buena literatura para el futuro.Vacaciones permanentes
Liliana Colanzi
(Editorial El Cuervo, 2010, 128 págs).

Liliana Colanzi nació en Santa Cruz, Bolivia en 1981. Con apenas 29 años ha sido publicada en revistas y antologías, y finalmente la editorial El Cuervo ha editado su libro ?Vacaciones permanentes?, al que muchos catalogarán como libro de cuentos (incluso en la contratapa) y en realidad se suscribe dentro de esa categoría narrativa que está en el borde entre el libro de relatos con eje conceptual y la novela estallada.

El libro comienza con ?1997?, en el que asistimos a una introducción al momento histórico que sirve de contexto subjetivo a los personajes que poblarán casi todas las páginas.

?Ese año sucedieron muchas cosas. McDonald?s abrió el primer restaurante en el país y la gente acampó en la puerta del local desde las dos de la mañana. Una mujer y su hijo de ocho años se convirtieron en los primeros clientes en probar una cheeseburger. Era imposible pasar por la rotonda de El Cristo sin quedar atrapado en un tráfico espantoso: todo el mundo hacía fila para ser atendido en el autoservicio. Andrés y yo llegamos tarde al colegio tres días seguidos pese a las maniobras de Segundo, el chofer, por evitar la congestión.
¿Es buena esa comida, señora?, le preguntó el chofer a mamá a la hora del almuerzo, cuando tuvo que explicarle la razón de los retrasos. A mamá no le importaba mientras no la llamaran los curas de La Salle.
Es una porquería, dijo, pero si ellos han venido significa que por fin llegó la civilización.?

Esta introducción tiene algo del Terranova wikipédico, pero más importante, el remate del párrafo sienta un tono para lo que vendrá. Y es que Analía ?suerte de protagonista de los cuentos más largos, incluso en ausencia? parece un alterego de la autora desde el momento en que observa todo lo que la rodea con el descreimiento del joven latinoamericano, pero también con el ojo casi científico del cirujano (¿del escritor?). A lo largo de las páginas, en cada cuento, vemos a los personajes hacer poco y dudar mucho: un reflejo de la juventud de estos tiempos globalizados: ¿cuál es el camino que realmente me hará libre, pero también me dará de comer? ¿Qué quiero? Y finalmente, ¿quién soy?

Ninguno de los personajes se hace estas preguntas directamente. Colanzi maneja bien la sutileza, deja que los temas del libro se perfilen como la escenografía por donde andan sus personajes desorientados, incapaces de comunicarse realmente unos con otros. Cabe preguntarse si la autora habla de estos tiempos, o si en realidad nos está diciendo que al fin y al cabo, estos son tiempos sinceros, dado que por primera vez podemos asumir como algo normal la imposibilidad de una comunicación total/real entre dos personas. Incluso dentro del marco del amor ?retratado magistralmente en el que tal vez sea el mejor cuento del libro, ?Banbury Road?, en el cual Analía ha viajado a los Estados Unidos, trabaja de mesera y convive con Paul, un tipo que la acompaña sin que se sepa muy bien qué hay entre ellos más allá de una rima circunstancial?. Este tal vez sea el más carveriano de los cuentos, y encierra dentro de su estructura, una miniatura del libro entero: varía cuatro veces de punto de vista, nos muestra como cada personaje ve a los demás, sin comprenderlos, sin siquiera interesarse demasiado: la vida pasa, hay cuestiones cotidianas urgentes como atender a la clientela, poner en vereda a los empleados, alquilar la película para ver a la noche en casa.

Este mismo recurso es utilizado con gran destreza en ?Retrato de familia?, que recuerda en cierto modo a ?La señorita Cora? de Cortázar (?Todos los fuegos el fuego?, 1966). Pero lo que Cortázar hacía de modo barroco, Colanzi lo hace casi como sin querer: después de la obra precedente, este sobrevolar los ?flujos de conciencia? (en un sentido menos abstracto que el de Faulkner) se lee natural y lo que podría ser un experimento interesante es además un cuento muy bien logrado.

El relato homónimo es la pieza central en cuanto a que todo está, por una vez, en movimiento continuo. La reflexión que se completa con el imaginario del lector aquí queda en segunda plano para mostrarnos el drama central que pone luz sobre lo ocurrido y lo que ocurrirá. Sí el libro funciona tan bien en su totalidad es debido a la tensión dinámica entre (y dentro) de los cuentos. Las vacaciones permanentes terminan teniendo mucho menos del sueño hippie de los sesenta que de la realidad capitalista salvaje de los noventa.
Siguiendo el diálogo entre los relatos, más tarde uno de los personajes mencionados al pasar en ?Banbury Road? tendrá su propio protagónico en el cuento que cierra el libro, ?Tallin?.

?Me quedé callada.
Traigo cargamentos de cobre desde Rusia. Sin permiso del gobierno.
¿Ilegales?
Es una forma de llamarlo.
Me preguntó si estaba sorprendida. Le dije que no. Para mí, lo mismo daba que fuera profesor o ingeniero informático o contrabandista. Cada uno se gana la vida como puede.?

Sí: Colanzi no pone guiones de diálogo ni aclara quién dice qué. No hace falta. La lectura es clara y el recurso no parece forzado. Pero más importante que eso, en la última línea está presente, está impregnada, esa mezcla de resignación y desesperanza que hace tan reales a los personajes. Sí hubiera que criticar algo de este muy buen libro ?aparte del título, que remite a una canción de Aerosmith?, es que tal vez podría haberse beneficiado de estirar la apuesta un poco más. Si son siete cuentos casi sin tropiezos, podrían haber sido una decena, porque al final, no es que sean insuficientes, sino que el lector se queda con ganas de más.

Ahora habrá que esperar a ver qué se trae la autora en el futuro. Su primer libro es toda una garantía más que una promesa.

Publicado en Leedor el 17-12-2010