El tamaño del prejuicio

0
8

En las tomas del Parque Indoamericano y Villa Soldati reaparecieron los espantos por la diversidad.
El tamaño del prejuicio es directamente proporcional al grado de ignorancia de la propia ignorancia. La frase anterior no es un trabalenguas. Es simplemente el resultado de considerar que la ignorancia no es algo malo en sí mismo; sino que lo malo es simplemente no darse cuenta.

Hace pocos días y frente a los hechos de público conocimiento en el barrio de Villa Soldati, escuchamos azorados como el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri, culpaba de los sucesos a lo que denominó una inmigración descontrolada relacionada con el “narcotráfico y la delincuencia”.

El prejuicio no posee ni bases racionales ni fundamentos empíricos. Su único origen es el miedo. De allí el sufijo que casi siempre se utiliza: fobia. De allí que Bertolt Brecht dijera que un nazi es un burgués asustado.

La concatenación de argumentos con que se suele estigmatizar a la inmigración no resiste el menor análisis. Muchos de los que se quejan de la inmigración descontrolada, suelen confiarles el cuidado sus propios hijos. Los emplean en sus empresas (en negro o en blanco). Se alimentan de lo que, con esfuerzo, producen las manos extranjeras. Conviven día a día con gente que proviene de los países limítrofes. Para poder aplicarles la fobia es necesario masificarlos, eliminarles los rostros, quitarles todo signo de familiaridad. Profundizando les brotan las excepciones, que, al contrario de lo que sostiene el sentido común, no confirma la regla sino que la elimina, la contradice y por ende la descarta. La relación que establecen entre pobreza, inmigración y delincuencia tampoco tiene un sustento racional. Simplemente reflexionando acerca de los miles de millones de dólares que maneja el narcotráfico, uno de los negocios más rentables del planeta, se cae en la conclusión que el problema no se acaba con los delincuentes de poca monta. Es una zoncera tan grande como aquella que afirma que muerto el perro, se acabó la rabia y sino que le pregunten a Pasteur.

Los datos históricos también desmienten los dichos del jefe de gobierno porteño. En la década del ’10, del ’20 y del ’30, cuando muchos de nuestros abuelos llegaban al país, escapando del hambre y la guerra, las hordas fascistas de la Liga Patriótica perseguían y castigaban a la chusma ultramarina a la que tildaban de delincuentes y comunistas. Existe, en el imaginario, una leyenda blanca acerca de la generosidad del país para con aquellos extranjeros que llegaron al país entre el final del siglo XIX y mediados del siglo XX. Los documentos históricos muestran la otra cara de aquella leyenda, la del desprecio, la pobreza y la discriminación.

Los datos demográficos también son contundentes y echan por tierra cualquier análisis del concepto usado: inmigración descontrolada. Observando los datos de los censos desde 1869 hasta el 2001, puede corroborarse que la población de los países limítrofes siempre se mantuvo por debajo del 3% del total.del país. Con respecto a la expresión (no me atrevo a llamarla idea) que sentencia que la inmigración le quita el trabajo a los nacionales, sólo basta para refutarla, mirar las series que muestran el índice de desocupación y compararlas con los datos demográficos. No existe ningún tipo de correspondencia (correlación es el término técnico) entre una y otra variable. El empleo no depende, malthusianamente, de la demografía, sino del tamaño de la economía. Por otra parte, cualquier repaso sobre la situación inmigratoria de aquellos países que restringen su entrada, demostrará el fracaso total de las leyes restrictivas. Ni siquiera el muro, el desierto o las bandas paramilitares pueden frenar el ingreso de latinoamericanos a los Estados Unidos. Por cierto, alguien dijo alguna vez que cuando un imperio comienza a contruir un muro, comienza también a construir su decadencia.

Imaginemos por unos segundos una ucronía horrible. Los nazis ganan la guerra y la solución final es llevada a cabo. Sólo quedan blancos y rubios en todo el mundo. Podemos afirmar, la biología da pruebas de ello, que en la franja de la tierra encerrada dentro de los trópicos, no viviría casi nadie. Se encontraría vacía. Todos estarían concentrados en las zonas más frías del planeta, debido a la epidemia de cáncer de piel que la exposición al sol del trópico les hubiera producido. Por suerte perdieron la guerra.

La variabilidad es necesaria como resguardo de la supervivencia, pero también de la belleza. La xenofobia busca la uniformidad y se espanta de la diversidad. En la disyunción se encuentran las opciones. Al parecer el jefe de gobierno ya eligió el camino del prejuicio.

Publicdo en Leedor el 17-12-2011