I love death

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Título inquietante para una obra sobre la muerte en tono de danza teatro.Alguien en el teatro ama a la muerte

La otra vez fui invitado a la obra de teatro del director mexicano Saeed Pezeshki: I love death. El título me inquietaba. I love death. I don’t. So I take a breath and went to the theatre. Esa noche estuve esperando el colectivo en forma excesiva. A tal punto que llegué tarde. Con la obra ya comenzada. Dudé. No supe si entrar o no. No me gusta ingresar a ninguna sala con la función en marcha. Uno interrumpe a los espectadores, pero también a los actores, sobre todo en teatro…

Al final entré. Tuve que hacer una acrobacia para poder acceder a la grada más alta sin pasar por toda la escala. Casi muero en el intento, lo que hubiera sido una situación paradójica. Sobre todo porque llegué en la escena en que la velaban. En fin. Me propuse volver para verla completa. Aún así, lleno de dudas y culpas, me quedé. Ya un mínimo, un algo, había interrumpido. No iba a volver a arriesgar mi físico por realizar un magistral mutis por el foro.

Volví y ya sin preámbulos y a horario, como los trenes imaginarios, pude ver la obra completa. La música en vivo de un piano en una death jam session recibe a los espectadores. Risas de histeria y risas etéreas. No hay ningún antes pero me queda la sensación, culposa, que otra vez llegué tarde. A partir de allí se suceden una serie de escenas, protagonizadas por Carlos Cuadros, Julia Tchira, las hermanas Magui García Blaya y Clara García BLaya y por Mariana.Amanto.

Un velorio que se transforma en una resurrección. Una danza cíclica fundamentada en el eterno retorno. Crucifixiones con Cristo y las Ladronas. Situaciones ridículas como la muerte misma. Pero no todos se mueren de risa. Una encantadora niña adulta es torturada hasta la muerte. Recordamos lo que no vivimos pero tenemos siempre presente en la memoria. Luego nos exorciza, con deleite rítmico, cuando baila la danza de la vida. Los textos de Milton describen la pavorosa figura. El irresestible Príncipe maneja el cuchillo con infernal alevosía. El hada de la música se hace presente. Del violín al ukelele. Del arco al reggae. El hada de la música endulza la muerte representada. Interviene y observa con la precisión de una caja de música. ¿Es el hada o la máquina?

La sensual languidez de la viuda provoca cardiopatías. Por suerte resiste. Sobrevive y sobrevienen las risas, como mariposas de la noche. Después llega el verano y la playa se explaya en la maravillosa chica de la propaganda del bronceador. Quien habla solo espera a Dios hablar un día, decía Machado y ella lo logra en ese instante. Una cotidiana conversación sobre la cotidiana muerte. Así el sabio diablo nos organiza el ciclo de la vida, boqueando a Victor Hugo. En otra parte alguien se queja de la muerte de los muertos. Los muertos se mueren porque los entierran, Porque no los invitan a volver a la vida. Hagan la prueba, desafía el poeta Sabines..

Al final asesinan a la muerte. El lema fascista del General Millán Astray “Viva la muerte” queda conjurado, vengando la muerte de Unamuno, con la roja voz del andaluz rebelde. Por si faltara algo, el ritual mexicano coloca la corona de colores al despreciable gris de la muerte. Al final van los aplausos.

Publicado en Leedor el 8-12-2010