El joven Morábito

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Dos libros tiene ya editados en Argentina. La prosa de Morábito es formidable, de estilo ameno y en constante búsqueda sobre los problemas de la literatura.Hace poco estuvo en Argentina Fabio Morábito, escritor latinoamericano por elección, ya que nació en Alejandría, vivió en Italia hasta la adolescencia y luego pasó 40 años en México, aprendiendo a dominar una lengua que aún siente que no domina (y esto debiera ser condición para cualquier escritor activo de cualquier lengua) y escribiendo algunos libros excelentes que hasta hace poco eran un secreto a voces.

La apuesta de la editorial argentina Eterna Cadencia le dio un impulso en el país al editar en un año dos de sus volúmenes más festejados: ?La lenta furia? (1989, Eterna Cadencia 2009) y ?Grieta de fatiga? (2006, Eterna Cadencia 2010).

Distantes y distintos, el primero tiene la contundencia y la frescura de un primer libro, mientras que el último maneja el oficio y la sutileza del autor que ya conoce su labor y está en su mejor momento.

También se consigue en el país, aunque con un poco de dificultad, ?La vida ordenada? (2000, Tusquets editores), libro que tiene la particularidad de estar compuesto, a diferencia de los otros, de seis cuentos, la mayoría de ellos bastante largos. Si le agregamos a esto que de tanto en tanto Cúspide trae la única novela de Morábito hasta el momento, ?Emilio, los chistes y la muerte? (Anagrama, 2009), se puede decir que la narrativa de este autor único y maravilloso (en el sentido de la maravilla alucinada y fantástica, hijo de Calvino, Carver y Cortázar) ya ha logrado una sólida penetración en el mercado literario del país.
Si aquí mismo dijimos una vez que podíamos establecer un vínculo entre ?Grieta de fatiga? y ?El Aleph? de Borges (no tanto en las ideas, sino en la forma, en la libertad para manejarse cada uno en diferentes universos de tiempo y espacio, saltando con la fluidez natural de un maestro), ?La lenta furia? podría ser un ?Bestiario?. En ese libro delirante hay madres que una vez al año entran en un celo fatal y se suben a la copa de los árboles para lanzarse sobre chicos desprevenidos; también una familia de traductores cuyo trabajo es conjunto, y la armonía de las relaciones se sostiene mediante el sacrificio de la individualidad en pos de la identidad grupal; un hombre cuyo oficio es el de huir de todos lados, todo el tiempo, y así se lo conoce en su ciudad, como el ?huidor?. Y también hay niños, con sus puntos de vista siempre frescos y su imaginario tan bien rescatado por el autor, viviendo y soñando mundos, así como también un cuento que hace las veces de coda al narrar desde el punto de vista de un temblor en la Tierra.
Quizás la única huella de pecaminosa juventud esté en el cuento ?La perra?, en el que se narra la paranoia de una pareja adulta respecto de su nueva mucama, a quien llaman por el apodo del título, sospechando todo el tiempo sobre lo que habrá de robarles. El cuento no es malo, simplemente le falta la sutileza que tendrán sus obras posteriores. Aún se lo siente un poco panfletario, pero no es más que una nota desafinada en un gran y memorable concierto.

?La vida ordenada? podría ser el Morábito Carver. No porque el autor deje de lado su juego con el extrañamiento, esa cosa cortazariana que está siempre presente en su trabajo, sino porque en este libro los cuentos tienen algún contagio de ese realismo sucio que tan populares hiciera a Raymond Carver y a su editor, Gordon Lish. En realidad, a nivel tonal, se podría decir que está más cerca de un ?Inquieta compañía? de Carlos Fuentes. Los desencuentros inexplicables de ?El arreglo? o la odisea de ensueño de ?La renta? son cuento largos de excelente factura, que empiezan ambientados en un realismo palpable y cuyo vuelo hacia tonos más enrarecidos, a veces casi góticos (dentro de lo que supone el mundo de una urbe en plano siglo XXI) pasan de la influencia de Carver a la sensación siniestra, siempre erótica también, del libro de Fuentes. Estos pasajes son particularmente notables en los cuentos ?Las llaves?, en el que una mujer es internada y mientras el resto de la familia espera por las noticias del hospital, terminan enredados en bailes y pequeños cruces sensuales. ?Flores y frutos? trabaja con el viejo concepto de la puerta que esconde un secreto (pero aquí utilizado de forma engañosa, sin jamás revelar lo que todos esperamos que revele, sino tal vez otra cosa, más sutil, más terrible, más humana). Por último, ?La luna y las ratas? cuenta una historia tormentosa, casi de filo policial negro, en la que un hombre recién salido de la cárcel tiene que confrontar la misteriosa aparición de ratas en un departamento que ha heredado y no se atreve a pisar. Este último tal vez sea el cuento más forzado del libro, que de cualquier manera es una lectura placentera y diferente.

?Grieta de fatiga?, que ya fue reseñado en Leedor, sigue siendo probablemente su obra maestra. Allí los cuentos retoman el andar del volumen ?La lenta furia? (más cortos, más directos) con una agudeza nueva, una pluma afinadísima para la descripción sugerente y la elipsis en el momento justo.

Con todo, cabe lamentar el tiempo que le lleva a Morábito cada libro de cuentos. Quizás porque también es poeta, y sus poemarios (que no llegan al país) han consumido la mitad de su vida literaria (decía el autor en la presentación en Argentina que siempre que termina un volumen de cuentos supone que ya nunca más escribirá prosa, y que a su vez, siempre que concluye un poemario, jamás volverá a escribir poesía; en esa tensión se maneja su obra, que también incluye un libro de ensayo titulado ?Caja de herramientas?).

Carver, Cortázar, Calvino, Fuentes, Borges… hay muchas influencias que pueden trazarse en la obra de Morábito. Como en la de cualquier autor, incluso los antes mencionados. Lo importante es que, como en el caso de esos otros autores, Morábito es una identidad literaria en sí mismo? como aquellos personajes entrañables que luchan por preservarse de la identidad grupal, Morábito lo ha logrado a base de una prosa formidable, un estilo muy ameno pero que a la vez se presta a la ambigüedad, y esa búsqueda constante sobre los problemas de la literatura. Como dijo cuando estuvo de paso, a él no le interesa escribir una autobiografía disfrazada. Le interesan los problemas propios de la literatura, los misterios de la forma del cuento. Y allá va, buscando las respuestas, mientras deja a su paso, como huellas imborrables, un fabuloso camino hecho de relatos alucinados.

Publicado en Leedor el 30–11-2010