Más alla del Mall

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En Quito, Ecuador, el Festival Latitud Cero nos permite conocer la realidad del cine de aquel país. A propósito, entrevistamos a Miguel Alvear, director de Más allá del Mall, una película que habla de películas.Festival CERO LATITUD 2010 8ª. Edición

Entrevista a Miguel Alvear, a propósito de su último filme, “Más allá del Mall”. Ecuador, 2009

Ecuador es un país, que poco a poco viene implementando políticas de difusión y distribución de su cinematografía. Una muy reciente es la creación de Andén Latino, una propuesta, que Isabel Dávalos, actual directora del Festival Cero Latitud, le propuso a Juan Martín Cueva, director a su vez de la Fundación homónima, a la que se sumó la Corporación Cine Memoria. El objetivo a implementar es por ahora trabajar con las televisoras.

Los EDOC se han unido a Cero Latitud para sentar las bases de un mercado, cuya necesidad es imperante. El nacimiento de las televisoras es absolutamente diferente al de Europa, donde las nacieron como nacionales-públicas y en los 80 arribaron las comerciales.

En Ecuador inversamente, todas surgieron como iniciativas comerciales de carácter privadas. Por lo tanto es importante vincularlas a una creciente producción audiovisual independiente, ya que la televisión es el puente obligado, por ser el único medio masivo de comunicación. Y por otra parte es un modo de enriquecer sus contenidos con un producto nacional.

De hecho Ecuador está felizmente dando sus primeros pasos en materia de Políticas Audiovisuales.

Si pensamos que hasta aproximadamente 1999 se producía un film anual, cifra que ha aumentado a cinco en la actualidad, comprobamos que existe una realidad imposible de soslayar, y es que sólo el 5% de sus cineastas han logrado trascender sus fronteras, en términos de estrenos comerciales fuera de su país. Lo que habla de un grupo aproximado de un 70% de realizadores, que se tienen que conformar, con que sus filmes sean presentados en algunos festivales. En consecuencia, ninguno de estos realizadores recupera jamás una inversión.

Pero he aquí, que un documental próximo a estrenarse en la ciudad de Quito, ha logrado dar cuenta de otra realidad, hasta entonces desconocida y con características más que particulares. Me estoy refiriendo a “Más allá del Mall” de Miguel Alvear, cineasta, artista plástico y Programador de Cero Latitud. Film que sin lugar a dudas puede contribuir a repensar varias cuestiones(mercado, producción, distribución, difusión, subsidios nacionales y extranjeros), que ayuden al crecimiento de las políticas audiovisuales y fundamentalmente a sus cineastas.

¿Cómo surge este proyecto?

Hace algunos años organicé con Ochoymedio (una sala de cine arte en Quito) un festival de películas caseras y fotografía familiar. Me interesaba visibilizar material audiovisual que no tenía interés ni para los historiadores, los críticos, ni para los archivadores de la Cinemateca. Las películas caseras que recopilamos (casi doscientas cintas en formato fílmico, producidas para consumo familiar entre las décadas del 50 y 80) nos parecieron muy ricas en muchos sentidos. Presentaban por un lado vestigios de una época perdida, y por otro, constituían una mirada de una clase social sobre sí misma y sobre su entorno.

Terminado ese proyecto, nos preguntamos si en Ecuador habría películas hechas en vídeo que no habían circulado por los espacios culturales. Habíamos escuchado de películas producidas por indígenas, por ejemplo, o por un grupo de productores de provincia fanáticos de los géneros de acción. Cuando terminamos la investigación sumamos alrededor de cincuenta largometrajes realizados en los últimos diez años. Sobre la mayoría de ellos no teníamos referencias previas. Era una señal de alarma que en un medio tan pequeño como el ecuatoriano, existiera un circuito paralelo y desconocido para nosotros. Algo importante estaba pasando y nadie le estaba prestando atención.

Con toda esta información publicamos un libro (“Ecuador bajo tierra“, de Ochoymedio editorial) y organizamos un festival. Era la primera vez que estas películas se presentaban en salas de cine y era la primera vez que muchos de los realizadores se conocían entre ellos. Fue un encuentro muy interesante, un cruce de miradas que por momentos producía chispas.


¿Cómo se transforma en un documental?

Por sugerencia de un amigo argentino que estaba fascinado con el proyecto de investigación. La verdad, yo pensaba que todo terminaría con el libro, pero su entusiasmo me llevó a pensar que de esto se podía hacer una película de interés.

¿Quieées participan en la investigación y en cuánto tiempo se realiza?

La investigación la dirijimos Christian León (un crítico de cine de Quito) y yo, apoyados por investigadores en diferentes regiones del país. En total duró como seis meses.

¿Con qué fondos se produce?

El libro y la investigación principalmente por la Fundación Príncipe Claus de Holanda y el documental fue producido por la red DocTV Latinoamérica y la empresa productora Ochoymedio.

¿Cuáles fueron los tiempos de rodaje?

Escribí el guión en dos meses y lo rodamos en 25 días. En realidad rodamos pensando en un largometraje. La versión para DocTV dura 52 minutos. Esperamos tener una versión más larga, para salas, a mediados del año próximo.

¿Qué implica este descubrimiento en políticas de producción y distribución?

Bueno, eso es todo un tema. Por un lado, creo que no es exagerado decir que los resultados de esta investigación patearon el tablero sobre cómo se discuten las políticas públicas de fomento al audiovisual. Entendimos que existe en Ecuador un sector “profesional”, que aspira a la industrialzación de la actividad audiovisual, un sector modelado a partir del cine argentino o francés de autor, que quiere tener sus películas en los grandes festivales, que quiere reconocimiento internacional…. y por otro, encontramos “esto”: una producción extensa de películas que imitan los géneros más violentos de Hollywood o los melodramas más lagrimosos de la televisión mejicana, películas técnicamente limitadas, con actores improvisados, películas que sinembargo se venden como pan caliente en los mercados informales.

A raíz de la publicación de nuestra investigación el CNCINE destinó una parte pequeña de sus fondos concursables a una categoría de películas que denominó “comunitarias”. Por un lado asume la existencia de este “otro” cine, pero al mismo tiempo lo margina ontológicamente del modelo industrialista al que prefiere. Me parece que debe haber una reflexión más profunda sobre el tema.

Otro punto importante es que más de la mitad de la población del país no asiste a las salas. Su fuente de consumo audiovisual es la televisión y el dvd pirata. El Consejo de Cine invierte en Ecuador cerca de un millón de dólares al año en películas que a duras penas aguantan dos semanas en las salas comerciales. El Estado ecuatoriano no tiene espacios de difusión propios y tampoco existen políticas de difusión de la producción nacional, ya sea a través de cuotas de pantalla u otros mecanismos. Esto no tiene singún sentido, así como tampoco lo tiene el hecho de que el gobierno esté totalmente ausente del debate sobre piratería y los derechos de autor.

¿Qué consecuencias tiene para el resto del cine de Ecuador?

Por un lado es como reconocer que tienes un hermano bastardo que vive con otra familia, en otra ciudad. Te recuerda a ti más de lo que te gustaría admitir. Por eso no lo invitas a cenar en casa con tus amigos. Te gusta, pero te asusta. Te crees superior porque estudiaste en la universidad pero envidias su soltura y su popularidad. En el fondo, no son tan distintos. Una vez que lo conoces más empiezan a hacer cosas juntos.

¿Qué tipo de reflexiones pueden hacerse a partir de estas formas de hacer cine?

Creo que la más importante remite a esta pregunta: para quién hacemos nuestras películas? Para jurados de festival? Para un público nacional que mira con apatía lo que no viene de Hollywood? Es la sala de cine del mall el lugar para nuestras obras? Necesitamos de rigor un medio millón de dólares y cinco años para producir un largometraje? ¿Qué es el cine ecuatoriano? ¿Dónde está la marca que nos puede constituir y generar una identidad? Son algunas de las preguntas que me he venido haciendo.

¿Qué se podría rescatar de ellas, en términos de aprendizaje?

Lo que nos une a todos: la pasión que hay detrás de todo empeño cinematográfico. También me encanta como los cineastas de Chone, por ejemplo, desarrollaron formas de producción y de distribución totalmente creativas. Modelaron sus estrategias a su realidad. Entre otras cosas, han hecho pre venta de entradas para proyecciones en coliseos, pre venta de DVD’s, han salido con un proyector ambulante a recorrer los pueblos y recintos de su provincia. Al mismo tiempo debo insistir en que la distribución de filmes en DVD y los mercados informales o piratas son una parte de la ecuación que a estas alturas no debemos ignorar. Más que entrar a reprimirlos, creo que tenemos que empezar a negociar con ellos. También me parece muy interesante que haya películas de género en Ecuador, que nos remiten a ese lado popular del cine, sin pretensiones autorales, películas hechas para el disfrute, sin culpa por imitar. Ecuador es un país experto en practicar la codigofagia.


¿De qué modo han influido en estos realizadores, el hecho de hacer pública su práctica? Respecto de su crecimiento personal, autoestima, reacción de los medios, y reacción del resto de los cineastas.

A partir de este proyecto muchos de los realizadores populares han tenido mucha exposición en los medios y finalmente han obtenido reconocimiento desde el campo de la cultura. Fernando Cedeño, el director de “Sicarios manabitas” está muy cerca de cerrar un convenio internacional de coproducción. Durante el festival Cero Latitud vi a Fernando Chapussi, del equipo de programadores del Bafici, disfrutar de una película de artes marciales de Nixon Chalacamá, hecha con $100 dólares. En ese momento me di cuenta de que hemos caminado un largo trecho. Ecuador es un país muy divido social y económicamente. Lo que más me ha gustado de todo este proceso es contribuir a cerrar la brecha, en el campo del cine y del arte que es donde me muevo.

¿En qué categoría podría ubicárseles?

Esta es un pregunta imposible… Cuando empezamos la investigación utilizamos el término “Bajo tierra”, que nos remitía a ciertas actitudes del ‘underground’. En el camino nos dimos cuenta de que nosotros estábamos más bajo tierra que nuestros sujetos de estudio. Ellos eran mucho más conocidos que nosotros, y sus películas también. Ensayamos por ahí el término ‘videografías populares’ o ‘videografías paralelas’, pero ninguno calzó bien. Lo que sí puedo decir con seguridad es que encontramos como dominante discursiva el tema de la fe y de la redención. Estas películas me ayudaron a entender que Ecuador ha dejado de ser un país mayoritariamente católico. Ecuador es ahora un país evangelista.

¿Qué lugar tendrían en la historiografía del Cine de Ecuador?

Las cosas no existen hasta que aguien las menciona verdad? No sé muy bien qué lugar tienen estas producciones, pero ahora existen. Está en manos de los críticos y teóricos de la imagen elaborar sobre ello.

¿Es un cine para exportar?

Algunas películas ya se han vendido fuera del país. Fernando Cedeño me contó que encontró una copia de “Sicarios manabitas” doblada al portugués. De todas maneras me parece que por el momento estas producciones tienen una relevancia local, pero eso puede cambiar. Creo que estamos asistiendo al nacimiento de una industria gestada ‘desde abajo’. En los próximos años veremos cómo evoluciona y hacia donde.

¿Cuál es tu búsqueda y a que apunta en un futuro?

Fernando Cedeño me pidió que realicemos juntos “Sicarios Manabitas 2“. La idea me encanta porque juntaríamos saberes y gente -por primera vez- de ambas orillas del cine ecuatoriano. Es otra manera de ir cerrando la brecha. Cada vez veo mi oficio de artista más alejado de la producción de ‘obras’. Me gusta pensar mi trabajo como el de un facilitador, alguien que puede colocar temas nuevos o distintos sobre la agenda cultural, reunir gente e ideas que normalmente no irían juntas. “Sicarios manabitas 2” cabe en este concepto. Estoy pensando también en un nuevo proyecto cinematográfico llamado “El tesoro de Atahualpa según San Miguel“. San MIguel es el pionero del cine ecuatoriano. Filmó tres largometrajes -ahora perdidos- en los años 30. Uno de ellos, “El tesoro de Atahualpa“, es un western andino. La cosa es volver a filmarla, en formato silente (35mm), imaginándome cómo se la imaginó él. No existe ni una sola imagen de este filme.

¿Crees que algún organismo debería comenzar a subsidiar estos proyectos? ¿Y por qué?

Como dije antes, creo que el CNCINE debe pensar mucho en cómo incorporar a este gran cuerpo de directores en la colada. Muchos de ellos están ansiosos por instruirse, por ejemplo, aprender muevas técnicas, hacer estudios de escritura, etc. La cosa es que se debe eliminar de esta posibilidad, toda agenda civilizatoria. Debe implementarse un programa de acuerdo a sus intereses y necesidades. Y no juzgar, sobre todo, no juzgar. Primero entender y luego actuar.

¿Cuáles son tus expectativas con este proyecto y a que público crees que va a llegar, o este trabajo es para algún espectador en particular, además de la gente que hace cine?

Más allá del mall” es una película sobre cine, y naturalmente creo que interesa mucho a quienes trabajamos en esto. Pero también es una película que la puede ver cualquiera. A la gente le interesa saber cómo se hacen las películas. Y los personajes que salen en esta son fascinantes y encantadores. En el fondo, creo que la hice para que ellos me quieran más.

Publicado en Leedor el 21-10-2010