Celebración de la diversidad

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Como en la naturaleza, en la humanidad, la diversidad cumple un papel fundamental. Es el resguardo de la supervivencia.
Diferente, distinto. Cada instante y cada espacio es único e irrepetible. Todo cambia pese a nuestros empeños por derrotar la entropía. Los conservadores saben, de antemano, que la batalla está perdida. Continúan luchando por pura necedad. No importan los motivos o los argumentos. No pueden permitirse que nada perturbe el estático orden del cosmos. Y así la frustración genera más odio. Porque el propio cosmos es movimiento.

Mal que les pese, al final, la propia malasangre les provocará úlceras, aumento del colesterol y alguna que otra peste moderna. Porque su propio cuerpo, conservador y cristiano, también está sometido al ritmo loco del caos, del azar y de la incertidumbre. Salvo al final, donde todos concluimos en el mismo lugar, en el estómago de algunas larvas, o como decía Edgar Allan Poe, el vencedor es el gusano conquistador.

Pero celebremos la diversidad y dejemos que la envidia los carcoma. El devenir temporal y la variabilidad espacial forman la sustancia misma del universo. Todo es raro y complejo, azaroso y extremo. En el origen fue la explosión creadora. En la trayectoria continúa siendo del mismo modo.

Pensemos en la naturaleza. El mecanismo de la evolución no es otra cosa que la suma de variabilidad y selección. Primero se tiran los dados químicos y luego se eligen a los ganadores de acuerdo a un conjunto de reglas que cambian con bastante frecuencia. Un ganador de hoy puede ser un perdedor de mañana. Eso sí (y sería bueno que los liberales tomen nota), el triunfo es siempre de la especie, nunca del individuo.

En la cultura las cosas son bien diferentes con respecto a la naturaleza. La variabilidad no es producto de una fuerza ciega, la evolución, sino de los propósitos e inventiva de los humanos, en su afán por dar solución a una serie de problemas. El azar se expresa en general como la sucesión de acontecimientos inesperados, producto de las consecuencias no previstas de los actos. La conducta se ejerce teniendo en cuenta un objetivo (la cultura es teleológica, la naturaleza no), sin embargo, dada la particular estructura sistémica y relacional de la sociedad, nuestras acciones, materiales y simbólicas, se expanden por caminos no planificados. Existen los efectos deseados y los nos deseados, pero también los impredecibles.

Si observamos las culturas en su conjunto notaremos que frente a los mismos problemas se encontraron soluciones diferentes y que el mismo tipo de soluciones se aplica a problemas diferentes. Tal es el grado de elasticidad de esa invención humana llamada cultura.

Frente a lo diferente la ignorancia suele ser una mala consejera. La historia está plagada de aniquilamientos y destrucciones en nombre del miedo que provoca lo distinto. Es cierto que en el ser humano conviven la neofobia y la neofilia. Estas cualidades son parte de esa flexibilidad en la conducta que heredamos en nuestra biología. Pero las consecuencias del miedo a lo nuevo suelen ser nefastas cuando se aplica al encuentro de grupos culturales diferentes. Próximamente, el 12 de octubre, tendremos un triste recordatorio de lo dicho.

Al igual que en la naturaleza, en la humanidad, la diversidad cumple un papel fundamental. Es el resguardo de la supervivencia. En la evolución biológica, el azar se encarga de generar todas las clases de individuos que puede; de ese modo se asegura que frente a los ajustes que sufrirá la especie, siempre habrá algunos que puedan superar la prueba. En el Homo sapiens la variabilidad no se produce por azar, sino que es motivada por la razón y la experiencia. Estas herramientas constituyen la base para la solución a los desafíos internos y externos que se le plantean a la sociedad. Claro que estas respuestas no son necesariamente ni infalibles ni adaptativas y una prueba contemporánea y palpable de ello es el propio capitalismo. Pese al ejemplo y ojalá que mal le pese, las respuestas de las culturas que componen la humanidad van mucho más allá de la paupérrima estrechez de mirada que impone el sistema de mercado globalizado. Es allí, en las experiencias locales y en la diversidad cultural, que se encuentran las claves de nuestra supervivencia.

Es necesario realizar una advertencia antes de proponer el brindis por la diversidad. El peligro consiste en caer en el relativismo extremo. El relativismo debe reconocerse como una herramienta metodológica, que tome en cuenta las emociones (ethos) y las normas (eidos) que rigen en una sociedad, pero nunca puede aplicarse a la ética o a la moral.

Los derechos humanos son universales. Desde Kant y su imperativo categórico conocemos, en Occidente, que la ética puede fundarse en la razón, que la universalidad se expresa en la obra y que la cualidad se encuentra en la especie como categoría general. No pueden justificarse las atrocidades en el nombre de la diversidad. Lo que hicieron los nazis no tiene perdón, tampoco la antigua costumbre de algunas regiones de la India de matar a la viuda. El camino no es fácil y exige siempre una toma de consciencia basada en una investigación que contextualice el fenómeno y que priorice la reflexión por sobre la reacción. Las explicaciones nunca pueden usarse como justificativo moral.

Hecha la aclaración levantemos nuestras copas por lo que nos hace diferentes, que al fin y al cabo esa diversidad, paradójicamente, es la que nos hace humanos.

Publicado en Leedor el 4-10-2010