Gil Vicente

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Asesinar con un lápiz es uno de los gestos utópicos más felices. Cuando la curadora Daniela Labra lanza la pregunta en internet: ?¿Dónde están los subversivos??, la respuesta no se hace esperar. Sus contactos le responden ?En el poder?. La situación nos recuerda una pintada que desde hace años anclaba la lucidez porteña en una esquina de Tacuarí y Alsina: ?Todo el poder a las putas, de hecho son sus hijos quienes lo tienen?.

Entre el arte y la política, está ese gran regulador del mundo que son los medios masivos. Ellos ordenan el pasaje del espectáculo a la imagen a fuerza de repetición: es la garantía del capital. Vemos a sus protagonistas actuar, una y otra vez, y volver a actuar, siendo ese disturbio el mejor reaseguro contra cualquier disturbio.

En la Bienal de San Pablo, muchas de las obras que se presentan tienen que ver con las elecciones, el liderazgo político y la lucha por el poder. A momentos se trata de rituales, que hacen demasiado ruido pero no dicen nada, a momentos nos divierten, a momentos nos aburren. Son espectáculo, sí, un poco más.

Quizás en este escenario hay una de las presencias que logra reunir la sutileza con lo descarnado, la ficción con la verdad, lo lúdico con lo grave, lo estético con lo ético. Es la obra de Gil Vicente, que por encima de todo es… ¡muda! Consiste en diez dibujos.

Vicente se hace cargo y toma su arma para retratarse cometiendo un acto que está en el imaginario de todos. No importa aquí saber si quiere o no asesinar a un líder político. Si eso es apología del delito, es porque encima de todo implica un oficio de artista, un lugar casi olvidado, el trabajo con ese otro nodo donde se distribuye lo sensible: el arte. El uno, lo político.

Asesinar con un lápiz es uno de los gestos utópicos más felices.

Publicado en Leedor el 29-09-2010