La carretera (II)

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Se reedita esta ficción apocalíptica, de Cormac McCarthy, considerado hoy uno de los 4 grandes escritores norteamericanos contemporáneos. La carretera
Cormac McCarthy
(2006; Mondadori, 2007, 216 págs.)

La tercera edición del libro en la Argentina lleva una ilustración de la película en la tapa. Probablemente, algún despistado compre este libro pensando que su lectura será esclarecedora, luego de ver la versión cinematográfica de John Hillcoat. Pero si la película tiene sus tiempos muertos (más a la europea, incluso, en cierto modo nos recuerda percepciones del Antonioni de ?El desierto rojo? o ?Zabriskie Point?), la lectura de la novela es aún mucho más árida. En gran parte, porque el sistema de escritura que usa McCarthy requiere una adaptación por parte del lector: no hay guiones de diálogos, la narración en tercera persona pasa muy de vez en cuando a la primera por apenas una oración (dejando bastante difuso el enunciador), y sobre todo, en la estructura interna de cada línea, la puntuación se desvía de aquella a la que estamos acostumbrados.

?Tenía una baraja de cartas que encontró en el cajón de una cómoda en una casa y las cartas estaban gastadas y ahusadas y no había dos de tréboles pero aún así jugaban a veces a la luz de la lumbre envueltos en sus mantas.?

La ausencia de comas que vayan indicando las pausas y subordinaciones correspondientes obliga al lector a repensar su aproximación al lenguaje de la novela, en el que los tiempos están siempre trabajados bajo un efecto que podría ser similar al ralentizado en el cine. Si el lector ya conoce otros trabajos previos del autor, sabe a lo que se atiene.

La aspereza de la construcción lingüística de los textos de McCarthy siempre estuvo vinculada a la imaginería propia de las tierras norteamericanas más áridas y a sus personajes impenetrables (el caso icónico podría ser el Anton Chigurh de ?No es país para viejos?, que luego sería interpretado por Javier Bardem en la adaptación al cine de los hermanos Coen).

?La carretera? ha sido (mal) leída en países de habla hispana como una novela de ciencia ficción. En Estados Unidos algunos la han emparentado dentro del subgénero ?ficción post apocalíptica?, descripción bastante más acertada, y es un primer abordaje a su lectura. La trama en un sentido netamente argumental, es bastante simple: un padre viaja hacia el sur con su hijo, siguiendo el camino de la carretera, en un territorio norteamericano hecho de cenizas y aire contaminado, producto de algún tipo de desastre nuclear reciente. McCarthy nunca nos cuenta qué pasó, pero el lector puede rellenar esos aspectos fácilmente. Y hay una razón para que el autor no nos cuente la historia de un holocausto sino apenas el intento de supervivencia de un padre y su hijo: el paisaje desolador es apenas la escenografía, la metáfora. De lo que realmente está hablando McCarthy es del pasaje de las tradiciones y las conductas aprendidas de los padres a los hijos, aquí centrados en estos dos personajes que caminan y caminan por la interminable carretera que da título al libro, y se sabe que los pasillos, túneles, calles y rutas siempre sirvieron como metáfora también de la transformación. Desde un punto de vista absolutamente científico, no somos los mismos cuando entramos a un túnel que cuando luego salimos: aunque más no sea, ha habido un transcurrir en el tiempo y en el espacio. La apoteosis de esa idea está representada por la carretera.

El padre cuida de su hijo, como indica el mandato ancestral, pero el chico está en esa edad en que no deja de ser un niño pero ya comienza a ser un adolescente. Cuestiona y sufre los procedimientos del padre, pero los acata, a veces comprendiendo que debe haber alguna sabiduría en la experiencia, otras por pura cuestión jerárquica. Por momentos encuentra contradicciones en el discurso del padre (y el discurso no es sólo lo que dice, es lo que hace) y aunque lo ama y se siente seguro al tener esa figura como estandarte contra todo lo horrible que habita o agoniza en la carretera, también empieza a sentir la incomodidad de tener su propio punto de vista, su necesidad de una experiencia propia.

Las circunstancias hacen que los dos tengan que estar siempre juntos, sobreviviendo (por la falta de alimentos, por las toxinas, por el acecho de hombres caníbales que son supervivientes como ellos), y el padre, que está enfermo desde el comienzo, desconfía de todos y de todo. Intenta evitar todo contacto con los demás, y parte de razón no le falta, porque a lo largo del camino vemos una serie de cosas terribles y amenazantes que casi le cuesta la vida a ambos. El padre ni siquiera siente deseos de vivir ya, pero sí siente la responsabilidad de cuidar al chico, de llevarlo a algún lugar donde pueda estar sano y salvo y si esto no ocurriese, de mantenerlo vivo el mayor tiempo posible. El chico, en cambio, vive a la sombra de un mundo que nunca conoció realmente, y su naturaleza es más ingenua, pero a la vez, menos rígida. Para el chico, entrar en contacto con alguno de los otros es vital.

Este es el escenario en el cual hay otro nivel de lectura, finalmente: la forma agonizante de un paradigma envejecido, que viene de una tradición que se ha perdido definitivamente con el fin del mundo, una forma enfrentada ahora a la búsqueda de un nuevo paradigma, uno que todavía no tiene formas, uno que está en su primer proceso de formación. Porque si hay que sobrevivir, entonces alimentarse y evitar el peligro no será suficiente: va a haber que encontrar algo por lo que vivir, un nuevo modo de vincularse con el mundo y los demás. Este es el conflicto abstracto pero central del libro. Las cenizas y la imaginería post apocalíptica dan un trasfondo visual acertado: todo lo que nosotros aún conocemos, ya está muerto entonces.

Pero como toda buena novela de estos subgéneros, la metáfora funciona para dotar al texto de varios niveles de lectura, aunque finalmente, se trata de hablar de lo que ya ocurre hoy. No tenemos holocaustos nucleares, ni un mundo inhabitable (aunque sí las condiciones para que eso pudiera ocurrir eventualmente), pero sí el agotamiento de un sistema y la incertidumbre de una juventud desorientada, que comprende que el paradigma anterior está caduco y sin embargo no logra romper con la tradición definitivamente, porque en esa ruptura hay una suerte de desolación que no logra confrontar. (Y en este aspecto es que asoman resquicios de ese viejo mundo, como la famosa lata de Coca Cola que tanto ha dado que hablar ?basta leer los foros de discusión en la web?: un fósil de la era del consumo. En la película aparece también, y muchos creyeron que se trataba de un caso más de product-placement, cuando no sólo es un elemento propio de la novela, sino que incluso la afamada compañía yanqui hizo todo lo posible por evitar la inclusión de su bebida estelar en una película con un tono tan nihilista).

Denostada localmente por la parte de los intelectuales de museo, la novela ha sido ganadora del premio Pulitzer entre otros, y señalada por el London Times como uno de los mejores cien libros de la década. Javier Marías señaló a McCarthy para el Nobel de Literatura y Harold Bloom lo incluye dentro del selecto grupo de los cuatro grandes escritores norteamericanos contemporáneos (siendo los otros tres Philip Roth, Don DeLillo y Thomas Pynchon). La novela ha despertado comparaciones con los mejores trabajos de Faulkner y Melville, entre otros.

En un párrafo aparte, una suerte similar tuvo la adaptación cinematográfica, llena de sutilezas e ironías, es casi la adaptación soñada de una novela de esta complejidad. Internacionalmente tuvo un reconocimiento positivo casi unánime, con medios especializados norteamericanos y europeos incluyéndola inmediatamente entre las mejores películas de los últimos tiempos. Después de ver el trabajo que hicieron los Coen con su libro anterior, McCarthy es uno de los pocos autores que ha tenido la suerte de ser filmado por gente idónea que no tiene miedo de asumir los riesgos que presenta su literatura.

Publicado en Leedor el 16-09-2010