Google: el nuevo oráculo

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En la era de los nuevos oráculos, todos los caminos conducen al usuario.El nuevo oráculo

La necesidad de conocer, que llevó a la humanidad a la invención de los oráculos sigue presente. Al parecer, mientras sigamos en la faz de la tierra, nunca se extinguirá. A los oráculos se los consultaba para conocer el futuro, pero también para esclarecer dudas o certificar decisiones.

En este siglo XXI ese espacio está siendo ocupado, básicamente, por Google. Toda pregunta, toda inquietud, toda duda es rápidamente digitalizada. Las respuestas son abrumadoras. Suele haber más de un millón de resultados. Claro que la naturaleza sintáctica de la búsqueda compromete seriamente la potencia de los mismos.

Al igual que sucede con los oráculos tradicionales, en Internet también hay que ejercer las artes de la interpretación. No todas las informaciones son iguales en calidad y es necesario discernir utilizando un buen criterio, cuando menos consistente y riguroso. ¿Cuántos imperios se perdieron por interpretar erróneamente la predicción del oráculo? ¿Cuántas zonceras se dicen a diario, erosionando así el imperio del sentido común, simplemente porque aparecen en Internet?

Voy a referir un caso que ilustra el punto al punto de la puteada. Una amiga mía, docente de computación de un colegio primario, mandó a sus alumnos a buscar información para hacer un trabajo sobre el Holocausto. Grande fue su sorpresa cuando revisó el material y se dio cuenta que la mayoría de sus alumnos había encontrado la información en sitios nazis. La alarma social se encendió, la misma que a veces parece dormida, y los padres se llevaron a casa una buena toma de conciencia.

Mal que le pese al marketing virtual, las búsquedas en la web 2.0 de ningún modo son semánticas. Si bien toma en cuenta lo que se llama meta información, es decir información que refiere a otra información, el análisis prescinde necesariamente del significado.

Las claves en el ranking de Google pasan por la cantidad de enlaces que tiene un sitio, por la cantidad de enlaces que tienen los sitios que se vinculan con ego, por las palabras claves (que poco tienen que ver con los conceptos) y con la descripción del sitio. Tanto las palabras clave como las descripciones no son analizadas en su connotación, ni siquiera en su denotación. Apenas existen las comparaciones carácter a carácter y las equivalencias (para evitar problemas de mayúsculas y acentos). El significado, que siempre le fue esquivo a la lingüística, continúa causando problemas, ahora en la red de redes.

Sin embargo, lo antedicho, no es un obstáculo, si se aprende a usar la herramienta, para acceder a un conocimiento certero, plausible y variado. Para escuchar múltiples puntos de vista y por qué no, para afinar el criterio, descartando la basura informativa y quedándose con aquella información que puede alimentar al conocimiento.

La red de redes ofrece desafíos inquietantes desde el punto de vista de las búsquedas que pueden realizarse. En primer lugar los millones de páginas que pueblan la web no pueden ser revisadas una a una. No existe potencia de cálculo en todo el Universo que permita semejante escrutinio. La única forma de tener posibilidades de encontrar algo es usando una heurística; es decir, un procedimiento que sólo puede asegurar una respuesta óptima. Nunca una exacta. Dado el tamaño del espacio de búsqueda, la manera de encontrar algo es escogiendo porciones y evitando caer en óptimos locales que reduzcan la posibilidad de lograr el objetivo. En segundo lugar está el problema de cómo identificar cuçal página es importante y cuçal página no lo es. Dada la naturaleza sintáctica de las búsquedas en computación, la definición de la importancia pasa por el lugar que ocupa la página en relación con las otras. Ese lugar está definido, a su vez, por la cantidad de visitas. De algún modo, el procedimiento de búsqueda de Google, pondera a los sitios en función de los clicks que tuvo, aplicando el principio de “majority rules”, es decir la mayoría gobierna.

La primer gran ventaja es que las búsquedas son direccionadas por los criterios que el usuario va escribiendo, alegremente, en la caja de texto del buscador correspondiente. Esto permite navegar por esa selva virtual, usando lianas a lo Tarzán, con grandes probabilidades de éxito. Triunfos que se acrecientan con el uso y la experiencia, o como solía decir un gran profesor de matemáticas por la relación horas/silla. La segunda tiene que ver con el dinamismo del crecimiento en contenido de la Internet. Cada vez hay más sitios y eso es bueno por sí mismo, más allá que la calidad deje mucho que desear. La acumulación de cambios cuantitativos provocan cambios cualitativos, como dijo Engels a propósito de la segunda ley de la dialéctica y suena muy actual si se aplica a la world wide web. Los contenidos, en definitiva, son generados por los usuarios y a ello apuntan nuestras búsquedas cotidianas. Las experiencias de los trabajos colaborativos son cada vez más exitosas y los movimientos por el software libre ganan cada vez más adeptos.

La distinción entre lo público y lo privado, tan querida al capitalismo, amenaza con borrarse, dejándonos expuestos ante los millones de usuarios de Internet. Peor aún, nos deja a merced de las empresas y de los estados, que ya sabemos, no ponen el acento en el bien común, sino en el lucro las primeras y en el oportunismo los segundos.

Todos los caminos conducen al usuario, podría ser el lema del siglo XXI, ya que nuestras búsquedas y visitas quedan todas registradas en las bitácoras de los servidores. No es imposible componer un perfil a partir de las conductas en la web. De algún modo eso es lo que hace Google cuando envía publicidades orientadas y relacionadas con las búsquedas que se realizan y con los sitios que se visitan.

Existe, por lo tanto, un doble juego. Por un lado la posibilidad de comunicarse instantáneamente con una inmensa cantidad de gente, nos protege de las arbitrariedades, ya que es muy difícil, hoy día, mantener sostener las mentiras sociales desde los centros de poder. El caso que mejor ilustra esto, fue el que sucedió luego de los atentados de Atocha, en España, y del fracaso del Partido Popular en imponer su versión de los hechos. Por otro lado quien controle los servidores puede identificarnos, relacionando todas nuestras conductas virtuales. El inconveniente no es que nos vendan publicidad u orienten nuestros deseos hacia el marketing. El problema es que quedemos expuestos en nuestras preferencias, sociales, sexuales, religiosas, políticas, económicas, culturales, etc. En un mundo que secuestra gente por el simple hecho de profesar la religión del Islam y en donde la prevención es el eufemismo predilecto de la represión, la protección de nuestros datos es fundamental.

Será la sociedad civil quien, como siempre, luche por sus derechos y se los imponga a las clases dominantes. Mientras tanto podemos continuar disfrutando de los clicks. Eso sí, que la frivolidad del Gran Hermano televisivo, no nuble la profundidad del relato orwelliano.

Publicado en Leedor el 26-08-2010