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El último libro de la artista Patti Smith recuerda a Robert Mapplethorpe.Éramos unos niños
Patti Smith
Editorial Lumen

Parental advisory explicit lyrics:

Toda historia de amor es atravesada por la ficción y su puesta en escena abraza todas las variantes imaginables. A éstas historias les prestamos pacientes oídos, las recreamos para íntimos y cómplices auditorios, las vemos sorteando acertadas o detestables elipsis en las pantallas o las leemos imaginando los lugares y las épocas donde han acontecido. Hay personas que aspiran a ver en ellas el amor ideal, otras las prefieren para aprender un modelo adaptable a los ritmos sociales; las hay también para quienes desean capturar algo de la emoción que el periódico tedio les suprime y por supuesto, hay historias intrascendentes y otras con luz propia que se resisten a las convenciones.

Cuando hacia fines de los noventa llegó a mis manos – no por mera casualidad sino por obra de la encantadora protagonista de una de estas ficciones- la rigurosa biografía de Robert Mapplethorpe escrita por Patricia Morrisroe, no sólo entré en contacto con una obra fotográfica admirable que hasta entonces desconocía, sino que pude tener acceso a una de las aristas más conmovedoras de su vida como la fue su historia de amor con la poeta y cantante Patti Smith.

Desde entonces, y muy a pesar de la lectura de Éramos uno niños, estoy convencido de la belleza de ese vínculo que afortunadamente resulta difícil de adjetivar.

Side One:

En simultáneo con la exposición Eros and Order de Robert Mapplethorpe que se desarrolló recientemente en el MALBA, se publicó Eramos uno niños donde Patti Smith traza un recorrido autobiográfico de la relación que la unió con el fotógrafo fallecido en 1989.

El libro está estructurado de manera tal que, independientemente de la cantidad de capítulos que lo integran, tres son las etapas que se destacan con claridad. La primera es muy breve y nos introduce en episodios significativos de la infancia de ambos. De inmediato describe los primeros años de la relación, sus vacilantes búsquedas artísticas y las experiencias que compartieron en la ciudad de Nueva York mientras vivieron en el célebre y extravagante Hotel Chelsea y por último, narra acontecimientos que pertenecen a los caminos profesionales y sentimentales que cada uno siguió por separado y a los días que tuvieron como desenlace la dolorosa muerte del fotógrafo.

Puede pensarse al título de este libro como una toma de posición por parte de la artista estadounidense en lo que respecta al modo en que recuerda y narra todos aquellos años. Es así como esta autobiografía adolece en el amplio alcance del término de un tono que resulta sorprendente en el caso de la creadora de joyas como Horses o Wave y que es posible asimilar y comprender en sus primeras páginas, pero que ya una vez superadas, decepciona.

Prevalece así una naïve visión del mundo en general y del arte en particular, como si Patti hubiera optado por realizar una regresión hasta su juventud y desde allí, desde sus veintitantos años, darnos a conocer su interpretación de la historia relegando a la actual mujer madura a un segundo y desconcertante plano.

Las debilidades de Éramos unos niños radican además en la acumulación de detalles anecdóticos triviales como pueden ser las vestimentas que llevaban en ocasiones que hacían a su vida de pareja o a los circuitos sociales que frecuentaban, más propios de un diario personal que de una atinada biografía. En la ligereza para inclinar sucesos hacia costados místicos y en las conclusiones apresuradas y teñidas de corrección política acerca de temas escabrosos como la sexualidad, las drogas, la muerte o la enfermedad, el texto evidencia un tratamiento precario que dista mucho de lo que se puede pretender de alguien que cuenta con un millaje vivencial frondoso y que en lo literario tiene a Arthur Rimbaud como pilar indiscutido de sus preferencias.

Side Two:

La contracara favorable que ofrece Éramos unos niños es la increíble y hasta envidiable red de relaciones que es posible reconstruir a partir de los recuerdos de la autora; que desborda la omnipresencia de Mapplethorpe, y que emerge página tras página iluminando direcciones hacia prácticamente todas las disciplinas artísticas.

El itinerario de esta red es nada menos que el perteneciente a la escena neoyorquina ? y aledaños- entre 1968 y 1988. Traer a esta reseña una muestra ejemplar de los personajes que la integraron y que transitan el libro es en verdad una tarea dificultosa y a la hora de citar algunos me remito sin remedio al dictado de mi caprichosa subjetividad: Jimi Hendrix, William Burroughs, Sam Sheppard, Tom Verlaine, Allen Ginsberg, John Cale, Gregory Corso, Andy Warhol, son algunas de las celebridades que junto con otras de menor cartel, pero con estratégica ubicación en el espacio y en el tiempo, han dejado una huella incomparable en la cultura universal. La sucesión de nombres y situaciones específicas que enumera Patti, y que en este caso ya no son pura proliferación de datos insustanciales, permiten tomar conciencia de los lazos asociativos y conflictos entre ellos, de las trastiendas y personajes olvidados de los bares y clubes en los cuales se reunían, de las condiciones en que surgieron espacios como por ejemplo el emblemático CBGB y por supuesto, las tragicómicas condiciones de vida de quienes se alojaban en el Chelsea. Lo sorprendente de todo ello es el proceso de naturalización de todos esos vínculos, cómo fue que todos esos nombres pasaron a formar parte de una vida en particular.
Coda:

Decía Susan Sontag que las fotografías participan de la mortalidad de las personas y que éstas poseen un doble carácter: son signo de ausencia y a la vez una pseudopresencia. Encontrarse con fotografías mientras transcurre la lectura, con formas de enunciar diferentes pero enlazadas al texto, materializan la temporalidad de los protagonistas de esta historia bajo esas dos premisas y nos crean la paradójica y efímera ilusión de participar de esa otra realidad.

En la página 217 hay una imagen, allí están ambos, Patti y Robert, bellos y seductores: la mirada de Mapplethorpe, siempre inquisidora, nos recuerda la mirada que luego volverá a estar presente en sus autorretratos, incluso en los que ya se adivina la proximidad de su muerte. En cambio, el candoroso gesto de ella con su brazo rodeando a Mapplethorpe, concentra el afecto en ese instante, parece resguardarlo de los acontecimientos por venir; pero cuidado, no se trata de que estas impresiones que menciono sean completamente ciertas, son sólo las líneas finales de una ficción.

Publicado en leedor el 22-8-20
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