Muñeca

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La amistad manda, los amoríos torturan, la existencia es una caída tragicómica, en la que sólo cabe la carcajada sarcástica.Designios porteños

Sobre Muñeca, de Armando Discépolo

Años 20. Lo porteño (y cómo no decir lo argentino) representado, constituyéndose. Lo argentino, lo porteño, zona indescifrable, pero de señas incontrastables. Donde la amistad manda, los amoríos torturan, la existencia no es sino una caída tragicómica, en la que sólo cabe la carcajada sarcástica, la máscara, la simulación, para intentar remedar lo irremediable.

Años 20. Lo europeo, fundamento negociado. La fusión con otros, con lo otro: lo bajo, el subsuelo, junto a la petulancia tilinga; el río, el puerto, con la intuición de la pampa, de la metafísica trágica de la pampa y su desierto. Necesitados, indefensos, pero (al mismo tiempo, un pequeña mueca impostada basta) arrogantes, autosuficientes. Sociables y ensimismados. Pasionales, y arrojados a una rumia complotera (incluso, o sobretodo, de sí mismos)

Y el tango, marcando la cancha, dibujándola. Configurando un lenguaje de palabras, pero sobre todo de cuerpos, que arrojados por algún deseo, se les interpone siempre una (su propia) imposibilidad. Lo inescapable de quien elige ese destino, y el tango como la puesta en escena rioplatense de la tragedia. Elegir es una quimera, desear el escenario mismo de lo que está por estallar.

Y la máscara salvando. Ocultando y salvando, al menos mientras tanto. La máscara, el ser otro para sobrevivir: tintineante, pendenciero, piola, canchero, otario, compadrito.

Muñeca habla de una (digamos, ?nuestra?) esencia. Del ser porteño, como cifra íntima e inescapable de nuestro ser, siempre en negociación, discusión, taimada o fulgurante aceptación, pero clave irreductible de lo que somos, de lo que intentamos, lo que no podemos dejar de ser.

Publicado en Leedor el 23-08-2010