II Festival ENDANZA

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El jueves 5 comenzó el II Festival de Invierno ENDANZA, con tres obras bien diferentes, como para tener una idea de la multiplicidad de apuestas que existen en el mundo de la danza porteña.

LINDE

Idea y dirección: Andrea Saltiel || Coreografía: Andrea Saltiel, Paula Müller, Maia Soboleosky, José Arrué, Federico Fontán y Mariela Pujol || Intérpretes: Paula Müller, José Arrué, Federico Fontán y Mariela Pujol.

Una obra que trabaja de manera incansable el espacio (físico, individual, colectivo). En el escenario vacío ? o que se va llenando- los cuerpos repiten secuencias manteniendo sus límites. Frente a la posibilidad de moverse en todas direcciones, el cuerpo busca una coherencia como para hacer propio y reconocible el lugar que ocupa. En el espacio pleno, laberíntico, los cuerpos se transforman en un colectivo, donde unos ayudan a los otros a saltar, a aparecer y desaparecer, a encontrar su sitio.

En este laberinto del espacio cerrado y cercado, el cuerpo se mueve eufórico, sin secuencias rígidas como al comienzo de la obra, pero sin embargo los límites fueron construidos y ese movimiento fluido y acelerado respeta los lindes establecidos. Sólo cuando el cuerpo esté manso, sereno, arrasará y destruirá esos límites autoimpuestos. La comunión entre los que estaban allí atrapados será entonces completa.

HÁBITO DE CHICA

Coreografía, intérpretes y vestuario: Virginia Ravenna y Paz Ladrón de Guevara.

Los años cuarenta como una década que marcó generaciones. Los mandatos sociales acerca de qué es lo femenino, desde el vestuario a cómo moverse, está problematizado en esta obra de manera risueña pero crítica. Muy bien logrado el despliegue de situaciones y entornos sólo con la música, dos baúles y el cuerpo de las artistas. El espectador se deja llevar y se sumerge de lleno en la década de los sombreros y el auge del jazz.


ÁRTICA

Coreografía: Jazmín Llovet || Intérprete: Damián Poggio || Música en escena: Patricia Miranda Nardelli.

Esta obra, atravesada por la concepción del cuerpo de la danza butoh, nos propone un viaje cíclico, sintetizado en el único elemento escenográfico, una alfombra redonda en el piso. La historia, si es que cabe imaginar alguna, es la de un aviador en el ártico. Su cuerpo pasa por los estadios de congelamiento y descongelamiento, se hace uno con la naturaleza, se transforma en ella. Un recorrido del mundo animal al humano, pasando por las diferentes etapas (niñez, juventud, vejez) y de vuelta al reino animal.

Una danza donde el énfasis está puesto en los equilibrios y en las aislaciones del cuerpo. El trabajo de Poggio en este sentido es admirable, incluso cómo logra gestualidades con el rostro hasta desfigurarlo. La música en escena aporta una magia ritual única y se amalgama de manera fundamental con los dictados de lo corporal. Una excelente demostración de lo universal del lenguaje de la danza.

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Publicado en Leedor el 10-08-2010