El Ahorcado

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Contundente trabajo textual y actoral en el teatro Cervantes, acerca de nuestra Historia en el año del Bicentenario. Ganadora del Segundo Premio del Concurso Nacional de Obras de Teatro por el Bicentenario organizado por la Secretaría de Cultura de la Nación, El Ahorcado, Historia de una pasión es una pieza donde teatralidad absoluta e historia se suman una a la otra espesando el signo teatral de un modo acertado y singular.

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Situada en diciembre de 1953, Leandro Antonio Alén, en la piel de un Héctor Bidonde impecable, escrupulosamente orgánico y coherente hasta el final, espera en una celda una condena por su accionar durante el período que integró la Mazorca, brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora. Su pasión por el orden que imponía el Restaurador lo ha llevado allí.

Sólo lo visita su hija Marcelina, en un muy buen trabajo de Heidi Fauth. Pero Leandro Antonio está confuso, desesperado a veces, fuera de la realidad otras. Por eso el bufón salido debajo del catre donde duerme, encarnado por Cutuli, en un trabajo sobresaliente, cada tanto lo asedia para mostrarle cuáles son las posibilidades del hoy. El líder ya está exiliado en Londres y quien llega a verlo no es Manuelita, la niña de los sueños de todos, tampoco es posible que Encarnación Ezcurra pueda regresar del reino de los muertos a mediar. Nada ha quedado. Estos tiempos son otros. Y la Patria Grande se institucionaliza con otros códigos, aún falta mucho tiempo para el orden si es que éste llega alguna vez. A punto tal que su hijo Leandro, de once años quien estará presente el día que se cumpla su condena, cambiará su apellido por Alem, para dejar de ser de una vez y para siempre, el hijo del ahorcado.

Pero hay algo del orden de lo espectral que permea en toda la obra de Stela Camilletti que es capitalizado con gran acierto por su director Andrés Bazzalo, hay algo además de muerte anunciada que llega casi susurrado. En El Ahorcado, locura y coherencia forman un par en la que el sentenciado y su hija están mediados siempre por la figura del bufón que como una conciencia ?otra? de clase y origen, es lazo insoslayable como la divisa punzó de aquello que atado a un destino se desentraña cuando las reflexiones dejan paso a la emergencia de la muerte.

Pulpero devenido en mazorquero, autorizó la muerte de Camila O?Gomarn o al menos no la impidió. ¿Hasta dónde llega la fidelidad? ¿Hasta dónde la verticalidad? ¿Hasta dónde el sicario es más importante que su jefe a la hora de matar?

La confusión que experimenta al ver a su hija. Ese desorden que lo hace llamarla Manuelita, desconociéndola, aunado a la presencia del bufón, quien como una conciencia liberada colabora desde el lugar más externo/interno y no cumple aquí la vieja función del teatro Isabelino, es decir, la de proporcionar el alivio de mermar la tragicidad, sino más bien de aportar ironía y más tragedia, colabora con lo narrado brindando economía narrativa y efectividad diegética.

Como se verá hacia el final, el bufo como salido de la propia ensoñación de Leandro A., muestra el costado invisible pero real de un estado de cosas. ¿El futuro ahorcado le entregaría a su hija a cambio de ser salvado por los mulatos amigos mulatos del bufón?

¿Cuántos culpables hay? ¿Y cuántos de ellos pagan, exorcizan o lavan sus culpas?

Pero el cauce de las cosas no tiene retorno. Por eso, morir es una salida y la resolución se precipita.

Entre los muchos aciertos de la puesta de Bazzalo, el diseño espacial merece una mención ya que la disposición de los dos trastos del mobiliario están colocados sobre una tarima giratoria que cumple doble función: por un lado sus giros van rotando a los personajes haciéndolos enfocar el afuera, desde el que llega a veces el candombe, otras sólo los susurros de la agitación desde distintas perspectivas que, acompañadas por la luz dan cuenta de las horas del día y por otro, genera una sensación de temporalidad que retorna sin cesar al punto de partida, como si el tiempo hasta este Bicentenario que nos encuentra institucionalizados y firmes en democracia, hubiera dado antes muchos rodeos, ambages, digresiones y vueltas con el costo que eso nos ha significado.

La música, que en vivo es ejecutada con precisión milimétrica, aporta al espesor del relato, la cuota de suspense, indicio o realidad exacta. El vestuario compone a la perfección las imágenes del naufragio de los que se encuentran esperando morir y colabora con el personaje femenino, destacando no sólo su condición femenina, libre y en una posición que se encuentra fuera de esta realidad aunque lacerada por el porvenir de su padre.

El Ahorcado, Historia de una pasión es un gran trabajo conjunto que merece ser apreciado debidamente, no sólo por los argumentos que invitan a reflexionar en tiempos del Bicentenario y del pasado que nos construyó como somos hoy, sino además por ser un ejercicio de exhibición de la teatralidad que el elenco que se presenta en el Cervantes, realiza con maestría interpretativa.

Publicado en Leedor el 2-07-2010